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Oigo y leo comentarios sobre el desgaste de los poderes comunicativos del subsecretario Hugo López-Gatell, estrella mediática del gobierno para la fase de contención de la pandemia.

La verdad no me he fatigado del subsecretario porque no acudo a sus conferencias. Lo que veo es que su perspectiva de análisis y de información está quedando atrás como prioridad, a favor de la decisión del gobierno de abrir lo más rápidamente posible la economía.

De un lado las empresas estadunidenses, miembros del Congreso, miembros del gabinete de Donald Trump y hasta el Pentágono urgen a México a abrir de este lado las industrias y las empresas que son indispensables para abrir allá.

De otro lado, panoramas desoladores de industrias como la de la construcción, que tiene a millones de trabajadores en los linderos del hambre, pues no tienen trabajo ni ingresos ni ahorros, son focos rojos de malestar social, asociados a la falta de opciones en el futuro inmediato, mañana.

Lo mismo podría decirse del horizonte del turismo, los restaurantes, el abasto alimentario y la simple posibilidad de trabajar.

Es posible que el gobierno tenga un López-Gatell listo para este otro tipo de emergencia más compleja que es abrir la economía sin descuidar la epidemia.

Quizá tienen ya protocolos precisos para restaurar las cadenas productivas, tomar las precauciones sanitarias del caso, distintas al distanciamiento social, con la gente en la calle, viajando al trabajo y trabajando.

Lo que no tienen por lo pronto es el vocero capaz de esa nueva pedagogía necesaria. Lo que tampoco creo que tengan, dado el espíritu centralizador de este gobierno, es un plan de colaboración con los gobiernos locales que saben mejor que la Federación dónde les aprieta la pandemia y dónde la economía.

A mitad del río. Sin haber completado la pedagogía cabal de la epidemia, sin haber pasado el pico de sus agonías, el gobierno necesita hacer que su economía y su sociedad salgan de nuevo a la calle. López-Gatell no servirá para eso.

El Presidente tampoco ayudará mucho si sigue usando su tiempo de prédica en denostar periodistas y empresarios, amenazar a las antes benditas redes sociales y echarle la culpa al pasado.