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Una de las afirmaciones menos controvertibles y más plausibles que el presidente López Obrador ha dicho es la de ayer: “Si no terminamos de pacificar a México, por más que se haya hecho, no vamos a poder acreditar históricamente a nuestro gobierno”.

Ante la galopante violencia en distintas regiones, es discutible que se pueda terminar lo que no ha empezado porque sobran acontecimientos que, más allá de cifras, estadísticas y promedios, en la percepción general niegan tal aserto.

Imposible imaginar que su gobierno trascienda tanto como para ser transformador mientras una parte importante de la población siga expuesta a los baños de sangre, como ha estado sucediendo estas semanas en Tamaulipas, Michoacán, Guanajuato, Guerrero, Zacatecas, Oaxaca o Chiapas.

La zozobra que se vive en Aguililla por la imposibilidad de sus pobladores para abastecerse de alimentos y el sospechoso asedio “popular” al cuartel militar basta para probar que los gobiernos municipal, estatal y federal han sido incapaces de cumplir su principal obligación: garantizar la seguridad de los gobernados, y la retención (secuestro virtual) en Textitlán de 44 policías y efectivos de la Guardia Nacional ilustra el grado de contención que las fuerzas constitucionales del Estado padecen para realizar su trabajo.

Debatible también es que el Presidente, hasta para concertar acciones de seguridad con gobernadores en funciones y electos, lo haga a partir de la sectaria división entre los de su partido y los de la oposición, y que se niegue a tratar con los de Michoacán y Tamaulipas que, le guste o no y salvo prueba judicial en contrario, siguen siendo los mandatarios constitucionales de sus estados.

Con el panista Javier García Cabeza de Vaca y el perredista Silvano Aureoles Conejo no aplica la frase presidencial de “seguimos trabajando de manera coordinada para seguir enfrentando la violencia que hay en regiones”, referida solo a los 17 gobernadores electos y en funciones de Morena con quienes tuvo el gregario acuerdo.

¿Acaso en la región michoacana de Tierra Caliente o de las ciudades fronterizas de Tamaulipas no hay alarmantes hechos de violencia?

El razonamiento “ni modo de decir: es culpa de los gobiernos estatales.

No, todos tenemos responsabilidad y tenemos que enfrentarla” es indiscutible… pero excluye no solo a dos mandatarios sino a las poblaciones de esas entidades. “Se ríen, ¿no?, se burlan de que he dicho que abrazos, no balazos.

Y vamos a demostrar que funciona (…). La paz es fruto de la justicia. Es un enfoque completamente nuevo”, dijo. Aunque su estrategia parte de prejuicios ideológicos, acéptese la premisa, apóyesele inclusive en que la Guardia Nacional sea absorbida por el Ejército, y crúcense los dedos por que tenga razón y resuelva lo que no ha podido en dos años y medio.

En lo que sin duda es certero es en reconocer que la cacareada cuarta transformación carecerá de sentido (y peor si la pretende histórica) si su estrategia sigue siendo estéril.