El sueño narcotraficante

El sueño narcotraficante - Foto de Ana Paula Cámara
Foto de Ana Paula Cámara

Los narcocorridos han pasado de ser la música que se escuchaba de manera privada a ser el aderezo de la poca convivencia familiar

De regreso al laboratorio de una escena de crimen, pasando por una zona habitacional, el sonido ambiental era una mezcla de niños gritando junto a un autobús de transporte de personal y un género musical que se encarga de vanagloriar a los delincuentes, los narcocorridos.

Han pasado de ser la música que se escuchaba de manera privada a ser el aderezo de la poca convivencia familiar.

Niños que saben qué delincuente es el de moda, sus hazañas y andanzas, las bebidas que prefiere, la ropa que usa, cuántas mujeres gustaba tener al mismo tiempo. Padres que escuchan sin pudor y por ende disfrutan que sus hijos conozcan esos datos.

La televisión no solo de paga, si no la abierta se encargan de producir y transmitir lo que les genera ganancias económicas, en los últimos años una ganancia segura son las series y telenovelas que relatan y retratan la vida de los narcotraficantes, consiguiendo familias enteras añorando vivir la vida que les relata la televisión y buscando la manera de tenerla al precio que sea.

Adolescentes que venden su minoría de edad al grupo criminal que les ofrezca acceso a un whisky determinado, el celular que usaba tal criminal, el vehículo automotor que mencionan en el capítulo que transmitieron anoche cuando toda la familia estaba reunida frente al televisor.

Mujeres adolescentes que han cambiado su perspectiva y ahora su meta es ser tomadas como la mujer de un narcotraficante por que eso les va a garantizar al menos un año de lujos.

Esto ha generado una subcultura, “los buchones”. Surgida originalmente en Sinaloa, pero que se ha expandido al resto de país y según la prensa ha traspasado las fronteras.

Son los jóvenes, que inspirados por la impunidad de la que gozan los “narcojuniors”, se enfilan con los criminales para ser los protagonistas de levantones, ejecuciones, secuestros, extorsiones y todo delito que por su minoría de edad pueda ser bien pagado por los grupos criminales.

La frecuencia suena otra vez una escena de crimen nueva que procesar, acudimos a las coordenadas que nos proporciona la chica de radio, el estacionamiento de un autoservicio.

Un carro compacto se impactó contra un teléfono público, causando daños totales al mismo, en el interior un masculino de 30-35 años, vestido con ropa deportiva, presentaba dos impactos de proyectil de arma de fuego en la extremidad cefálica, había heridas de entrada, a simple vista no había heridas de salida.

Se apreciaba un tatuaje con motivos prehispánicos en el lado izquierdo del cuello, en el asiento del copiloto un masculino de 13-15 años, presentaba una herida por proyectil de arma de fuego en el dorso, con entrada y salida.

Eran padre e hijo, al preguntar a los testigos, refirieron que los tiradores eran dos menores que vestían uniforme de secundaria que bajaron de un carro conducido por un adulto del que emanaba un narcocorrido, que ellos cantaban mientras accionaban las armas de alto calibre.

Se alejaron de la escena sin pudor alguno, tal vez a festejar el trabajo hecho.

Nosotros terminamos de procesar la escena y seguíamos aturdidos con la frase que nos repetía constantemente un testigo, “vestían pants de secundaria, de secundaria, eran niños”.

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