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Cuando terminamos de grabar la entrevista colectiva con Andrés López Obrador en MILENIO Televisión, el 21 de marzo pasado, me preguntó Francisco González hijo qué me había parecido. Le dije que transcribiera la entrevista íntegra en el diario porque valía como un autorretrato.

Oí con atención las cosas que dijo López Obrador, durante la hora y tres cuartos que duró la entrevista, y la leí después despacio. Confirmé mi impresión de estar frente a un autorretrato de por lo menos cinco dimensiones.

Primera, su proyecto de gobierno. Segunda, sus instrumentos de gobierno. Tercera, su idea de la democracia. Cuarta, su idea de la Historia. Quinta, su idea de sí mismo. El proyecto de gobierno de López Obrador es conocido en términos generales, pero quedó dicho en la entrevista de manera sucinta y prioritaria.

El problema mayor del país, a su juicio, es la corrupción y lo resolverá con el ejemplo: no buscando castigos hacia atrás, para legitimarse (no perseguirá a Peña Nieto), sino buscando ”hacia adelante cero corrupción, cero impunidad, un verdadero estado de derecho”. Echará atrás la reforma energética aunque le lleve “todo el sexenio”. “Cancelará” la reforma educativa. Echará para atrás la construcción del nuevo aeropuerto de México. Se hará cargo personalmente de la seguridad nacional, coordinando todas las mañanas una junta al efecto. En esta materia, atacará el problema de fondo,  dando escuela y empleo como aprendices, a los 2.6 millones de jóvenes que no estudian ni trabajan, la actual carne de cañón del narco. Serán “becarios, no sicarios”. Duplicará la inversión pública, de los 500 mil millones actuales a un billón. Decretará una “suspensión provisional”, para que “se queden como están” los polémicos derechos al aborto, los matrimonios igualitarios, la adopción de parejas del mismo sexo. Establecerá la figura de revocación de mandato, a la que se someterá cada dos años.

Quizá la nota psicológica mayor de la entrevista es que este proyecto de cambios mayores, un horizonte de pugnas sin fin, fue transmitido con tranquilidad extraordinaria, en el tono de un hombre que está cómodo en su piel y en su cabeza, extraordinariamente suave y dueño de sí.

El anuncio apacible de una tormenta.

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