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En este momento todas las consecuencias económicas que vemos en el mundo parecen inevitablemente consecuencias de la guerra desatada por Estados Unidos contra Irán.

Pero hay otros jugadores que, con sus determinaciones reactivas, contribuyen a que se puedan agravar las consecuencias en la economía que es lo que más caro puede costarle al gobierno estadounidense de manera interna.

China no está en los titulares en estos momentos, pero su papel es determinante con cada paso que toma en materia económica, sin que tenga necesidad de mover un solo tanque de guerra.

Las señales que esta semana llegaron desde Beijín tienen que leerse con cautela. En la apertura de su Asamblea Popular Nacional, China ajustó su expectativa de crecimiento económico para el 2026 a un rango entre 4.5 y 5.0 por ciento.

Este pronóstico, que para México sería de ensueño, no es algo ligero para un país que ha tenido una expansión frenética por décadas. Llegó el momento hace algunos años en que tenían que subestimar sus tasas reales de crecimiento y maquillarlas a la baja para que el mundo no les reclamara por un sobrecalentamiento.

Claro que una expansión esperada de 5.0% para una economía de ese tamaño sigue siendo un impulso importante para la economía global, pero China no deja atrás sus problemas inmobiliarios y un mercado de consumo interno que no acaba por despegar.

Una desaceleración en el crecimiento económico chino siempre será un evento relevante para el mundo, pero su forma de reaccionar ante la coyuntura geopolítica y la guerra en curso en el Medio Oriente puede ser entendido en un rango que va del exceso de precaución hasta una respuesta diplomática por la vía energética.

Resulta que China decidió cortar de manera inmediata cualquier exportación de gasolinas, lo que claramente tiene efectos internacionales en los mercados.

¿El mayor importador de crudo del mundo reaccionó al cierre del Estrecho de Ormuz o bien decidió enviar un misil inflacionario a los países de Occidente?

China posee la segunda capacidad de refinación más grande del mundo y cuando el gobierno central ordena a sus empresas Sinopec y PetroChina cortar el suministro de gasolina y diésel al exterior, está limitado la oferta global de estos combustibles y presiona los precios.

De la mano de la presión en los costos del petróleo crudo, por el cierre del Estrecho de Ormuz, la combinación es inevitablemente pagada al instante por los consumidores, tanto de logística con el petróleo y el diésel, como de los automovilistas con las gasolinas.

Analistas de Morgan Stanley advierten que, si esta interrupción en las rutas de suministro de 20% del petróleo mundial en el Golfo Pérsico se prolonga, de la mano del cierre de la llave a la exportación de gasolinas chinas, será inevitable que la Reserva Federal, no solo frente las bajas en las tasas de interés, sino que incluso plantee un escenario nuevamente restrictivo.

China, pues, decidió aplicar un plan de “economía de guerra” ante la confrontación militar en el Medio Oriente. Evidentemente que hay una justificación de privilegiar su mercado interno, pero no deja de tener tintes de una respuesta estratégica que pega en Occidente donde más les duele a los votantes: en el bolsillo.