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Dicen que las armas no caminan solas. Mentira. Las que llegan a México desde Estados Unidos deben tener piernas, visa láser y hasta puntos acumulados en alguna aerolínea, porque cruzan la frontera con una facilidad que ya quisieran millones de migrantes.

El dato es contundente, aunque ya ni sorprende: el 78 por ciento de las armas incautadas en México provienen de Estados Unidos. Lo informó el general Ricardo Trevilla, secretario de la Defensa Nacional, al presentar cifras de la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum. En lo que va del gobierno se han asegurado 18,000 armas largas y cortas, y la inmensa mayoría nació del otro lado del Río Bravo, ese lugar donde las armas tienen más derechos constitucionales que las personas.

Uno pensaría que se trata de pistolas discretas o rifles de colección para cazar venados jubilados. Pero no. Entre los decomisos aparecen 250 rifles calibre .50, los consentidos del narcotráfico, capaces de perforar vehículos blindados, muros y hasta discursos oficiales. También figuran 20 lanzagranadas calibre 40, 13 lanzacohetes y 273 ametralladoras de distintos calibres. Es decir, un arsenal suficiente para filmar varias temporadas de una serie bélica sin necesidad de efectos especiales.

La información tomó vuelo tras un reportaje de The New York Times que reveló que en ataques contra policías y ciudadanos mexicanos se ha utilizado munición producida en una planta del propio ejército estadounidense. Balas fabricadas bajo estándares militares que terminaron participando, sin permiso diplomático, en la violencia mexicana. El general Trevilla añadió otro dato revelador: desde 2012 se han asegurado 137 mil cartuchos calibre .50, y el 47 por ciento proviene de la Lake City Army Ammunition Plant, instalación propiedad del gobierno estadounidense ubicada en Missouri. Es decir, las municiones llegan con árbol genealógico conocido.

La pregunta es inevitable. ¿Cómo armas y municiones de uso exclusivo militar cruzan la frontera? ¿Se extraviaron? ¿Se clonaron? ¿Se teletransportaron? O, simplemente está tácitamente convenido que la frontera del lado gringo es muy estricta para los migrantes y la frontera del lado mexicano es muy flexible para el armamento pesado.

Aquí es donde aparece la ironía internacional; Estados Unidos suele exigir a México resultados inmediatos contra el narcotráfico mientras México intenta explicar que buena parte del poder de fuego criminal tiene origen en tiendas legales, ferias de armas y cadenas de distribución perfectamente registradas al norte de la frontera.

Es como si un vecino reclamara por el ruido de la fiesta y él prestó las bocinas.

No deja de ser paradójico que en el país donde un adolescente, en muchos estados, no puede comprar cerveza legalmente, sí pueda adquirirse armamento capaz de alterar el equilibrio táctico de una región completa. Esas armas cruzan a México, donde el ciudadano común apenas puede aspirar a una resortera sin permiso.

La violencia, entonces, se convierte en un producto binacional: unos ponen el mercado ilegal que compra y otros el mercado legal que vende. Y ambos gobiernos anuncian reuniones, mesas de diálogo y compromisos históricos que duran exactamente hasta la siguiente conferencia de prensa. Mientras tanto, las cifras crecen y los decomisos se celebran como triunfos parciales: cada arma incautada confirma, al mismo tiempo, dos cosas: que fue posible detenerla y que fue posible que entrara.

Tal vez el verdadero problema no sea la falta de cooperación, sino el exceso de simulación. Porque reconocer que el flujo de armas es un componente estructural de la violencia implicaría aceptar responsabilidades compartidas, y eso equivale a admitir que nadie tiene completamente la razón.

Así que seguimos en este extraño intercambio diplomático donde México pone los muertos, Estados Unidos expresa preocupación y ambos países prometen reforzar controles que, misteriosamente, nunca parecen suficientes.

Al final, uno concluye que las armas sí cruzan solas. No porque tengan piernas, sino porque existe todo un sistema que les abre la puerta, les desea buen viaje y luego finge sorpresa cuando aparecen del otro lado causando estragos.