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Hay muchas coincidencias entre el llamado Trump 2.0 y el modelo populista implementado en países latinoamericanos, claramente en México con López Obrador.

¿Por qué entonces el Presidente de Estados Unidos no logra el mismo efecto de alta popularidad del exmandatario mexicano?

Básicamente porque uno puso en una situación crítica a su país, pero repartió dádivas entre sus seguidores y el otro también ha desatado una crisis estructural, pero a su feligresía le ha tocado sólo la factura.

Hay carisma en ambos personajes, pero por razones diferentes. El mexicano nunca abandonó su imagen de “gente del pueblo”. Claro que usaba trajes y zapatos caros, pero cuando era necesario se presentaba desgarbado, descuidado. Vida de rico para los suyos, pero apariencia de humildad para sus gobernados.

Donald Trump es todo lo contrario, busca proyectar una imagen de superioridad en todos los aspectos. Poderoso, impositivo, millonario, vamos, se dice el mejor candidato para ser Papa de la Iglesia Católica.

Ambas son figuras paternalistas que mienten engañan y traicionan, pero siempre en el nombre de las mejores causas de su pueblo.

Los dos con la omnipotencia como objetivo, pero uno dejó sembrada una bomba para las finanzas públicas con los repartos asistencialistas que serán insostenibles en el tiempo, que desapareció servicios sociales, pero que dejó a sus adeptos con transferencias directas a su bolsillo.

El otro decidió estallar la crisis de forma inmediata con la destrucción del modelo de libre comercio, pero con el objetivo de dar los beneficios a los compatriotas que pagan las más altas tasas de impuestos, a los ricos como él.

Acá no había medicamentos contra el cáncer, se acabaron las estancias infantiles y la ayuda a las mujeres vulneradas, pero había recursos sin estudiar ni trabajar.

Allá, llegaron los aranceles que desataron la incertidumbre, reactivaron la inflación, contrajeron las inversiones y el empleo. A cambio los seguidores tienen el orgullo de llamar Golfo de América al Golfo de México, pero hoy pagan más dinero por la docena de huevo y muchos empiezan a perder sus trabajos.

Hay algo más, una medición de popularidad presidencial independiente puede no arrojar los resultados que quisiera un mandatario, no es lo mismo cuando se pueden mandar a hacer trajes a la medida en materia de aceptación.

Lo cierto es que Donald Trump durante sus primeros 100 días de mandato ha perdido niveles de aprobación de forma acelerada y no parece que haya nada en el camino que pueda cambiar esa realidad.

Sus planes de gobierno no aterrizan en los beneficios que imaginó, quizá porque al momento de estudiar tan meticulosamente los populismos latinoamericanos Trump no tomó en cuenta que para él no resultaría tan fácil cooptar a todas las instituciones y poderes fácticos que le abrieran esas puertas.

¿Por qué le resultaría importante mantener una alta aceptación si ya es el Presidente en funciones de Estados Unidos? En primer lugar, porque allá las elecciones intermedias llegan rápido, tan pronto como el próximo año.

Y también porque allá la opinión pública tiene más acceso a la información masiva, tanto la que está muy a favor del Presidente, pero también la información opositora y eso mueve los ánimos de senadores, congresistas y gobernadores que allá sí pesan.