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En la jungla de concreto, entre el odio y la guerra, el cambio climático y el supremacismo de raza, de sexo y de origen, surgió un elefante.

Este elefante no era como los que habían aparecido tiempo atrás. Aunque de piel arrugada como los anteriores, era distinto por su color anaranjado producto de la ingesta de las zanahorias que en lugar de ponerlas delante de los burros, como ordena el viejo dicho, prefería comérselas y utilizar con los jumentos únicamente el palo.

Además de ser anaranjado, el elefante odiaba a las otras especies. Era cruel y mentiroso. Usaba a las hembras y luego las despreciaba y exigía su silencio, hasta pagaba por él. Además no dejaba entrar a su territorio a nadie que no fuera de su especie.

El elefante anaranjado tenía dos vecinos: un alce y una hormiga.

Aunque distaba mucho de ser como el elefante, el alce tenía un alto grado de arrogancia. Despreciaba a la hormiga con quien no le gustaba que lo compararan. Sin embargo, el alce ignoraba que para el elefante él era tan útil para sus planes como la hormiga. Detrás de su vieja cornamenta sólo veía lucro y ganancia. Si el alce pensaba que el elefante anaranjado por ser su vecino del norte era su amigo, se engañaba a sí mismo. El elefante anaranjado no tenía amigos, sólo intereses.

Parte de la altanería del alce hacía la hormiga era porque los predecesores de ésta habían permitido, a los ancestros del alce y a él mismo, saquear su territorio por un plato de lentejas. Fueron miles de kilogramos de oro, plata y otros metales, los que los alces han sacado, y siguen sacando, de la comarca donde la hormiga habita, explotando el subsuelo a cielo abierto –cosa prohibida en el mundo civilizado- generando deforestación, contaminación del agua y del suelo, debido al uso del arsénico, cianuro, plomo, sulfato de cobre e, incluso, mercurio.

En el próximo octubre habrá elecciones en el país de los alces, el alce que ha salido en estas líneas quiere reelegirse aunque no todos sus coterráneos están de acuerdo con él, por este motivo lo que lo dejaremos en pausa y aquí terminará su actuación en esta fábula.

Desde el punto cardinal del elefante, la hormiga es su vecina del sur, la cual tiene más conciencia de lo ominoso de su colindante anaranjado. Sus antepasadas habían sufrido, desde siempre, el lindero con los paquidermos del norte, los cuales les arrebataron más de la mitad de sus tierras. Pero nadie tan abominable como el anaranjado que culpaba a la hormiga de inundar su territorio de migrantes. Migrantes sin los cuales los habitantes que el anaranjado decía proteger tendrían que desempeñar trabajos que ellos despreciaban.

Un gravísimo problema tiene el proboscidio color naranja, sus protegidos, sea porque no han dejado de guerrear desde que son ellos; sea por la ansiedad con la que viven para alcanzar los estándares del American Way of Life, o sea por la angustia que padecen al no alcanzarlos, sufren emocionalmente y recurren a las drogas como paliativo. Nadie en el planeta tiene mayor adicción a las drogas que los súbditos del anaranjado. Del cuantioso consumo de estupefacientes que padecen ellos, the orange elephante culpa a la hormiga y a sus conpinches que si bien, producen y logran burlar la frontera para llevarles drogas a esos insaciables consumidores, alguien las distribuye dentro de su localidad. Son hipócritas.

Falta muy poco tiempo para que el elefante anaranjado se reúna con la hormiga. El de los colmillos va a usar su palabra favorita: aranceles.

Pero del lejano oriente, cruzando el Océano Pacífico, va a llegar un dragón que puede quemar al elefante antes que este pise a la hormiga.

Punto final

Doctor, ya no queda anestesia.
Pues se acabo lo que sedaba.