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Este miércoles causaron revuelo en los mercados financieros los datos revisados al alza del comportamiento de la economía de Estados Unidos.

También ayudaron a esa turbulencia los comentarios del gobernador de la Reserva Federal (Fed), Christopher Waller, quien consideró que, si la inflación mantiene su trayectoria a la baja, podrían empezar a disminuir pronto las tasas de interés.

Claro que una economía que crece más fuerte y que además sostiene un proceso desinflacionario merecería cierta consideración monetaria. Pero ni la economía crece pareja, ni Waller es la única voz del Comité de Mercado Abierto de la Fed.

En cuanto al crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), las cifras revisadas del tercer trimestre mostraron una expansión económica anualizada de 5.2% sobre 4.9% reportado de manera preliminar.

Pero ya sabemos que el demonio está en los detalles. De entrada, el consumo privado, el gran motor de esa economía, no creció 4% como se reportó en la primera lectura del pasado 26 de octubre, sino 3.6 por ciento.

En el comercio exterior se había reportado una expansión trimestral de las exportaciones de 6.2% y la cifra revisada bajó a 6%, las importaciones se corrigieron de 5.7% reportado hace más de un mes a 5.2 por ciento.

Entonces, ¿Cómo es que en la revisión creció tanto la economía estadounidense? Por los esteroides gubernamentales. Por esa sobredosis demócrata de los Bidenomics que buscan electores contentos para dentro de un año.

Gran dato para el potencial futuro de la economía estadounidense ese crecimiento trimestral anualizado de la inversión fija bruta de 10.5% revisado desde 8.4% reportado de manera preliminar el octubre.

Y la inversión gubernamental que creció el trimestre pasado, no 4.6% como se reportó en octubre sino 5.5% en esa forma en que anualizan los datos en Estados Unidos.

Lo bueno, es que son dólares públicos invertidos de forma en que pueden redituar para toda la economía, lo malo es que el gasto público a esos ritmos es insostenible. Lo peor es que aumenta el déficit presupuestal de una economía que es poderosa pero altamente endeudada.

La economía mexicana también tiene en sus venas esos estimulantes del gasto público, que provocan un bienestar temporal, pero que después van a generar un síndrome de abstinencia fiscal.

El PIB de la construcción este año va a crecer a doble dígito en México, quizá superior a 12%, básicamente por la prisa del régimen de no dejar ninguna de las obras faraónicas de López Obrador inconclusas.

Esos esteroides gubernamentales van a hacer lucir el resultado de este año, pero van a ser insostenibles para el próximo año, porque el destino del gasto público se volcará hacia conseguir la gracia electoral de los ciudadanos, lo que tampoco encadenará un crecimiento futuro.

Así que la aportación al PIB de este año sí es muy alta, pero, por la naturaleza de las obras elegidas como emblemáticas, la aportación futura será marginal para el crecimiento del país.

Lo que sí quedará para la posteridad es un endeudamiento público sin precedentes, de la mano del enorme gasto corriente para el 2024 y su consecuente déficit fiscal, estimado en 4.9% del PIB, que van a ser un lastre para el gobierno que tome posesión dentro de exactamente 10 meses.