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Dice mi muy querido, admirado y leído Luis Rubio que hay dos contingentes de nostálgicos en México: el que preside López Obrador, añorantes del México de 1970, y el contingente “disperso e informe”, pero efectivo, que tiene nostalgia del México anterior a 2018 (hasta 2000, creo).

Quienes padecen estas nostalgias militantes, dice Rubio, creen que sus mundos añorados fueron lo mejor y que no hay sino volver a ellos para componerlo todo. El presidente López Obrador es el mascarón de proa del primer contingente de nostálgicos. No me queda muy claro quién abandera el segundo.

Nostalgias aparte, lo que el propio Luis Rubio ha descrito una y otra vez, con reiterada lucidez, es la forma en que, camino a su México de 1970, el presidente López Obrador ha destruido más de lo que ha construido en el México posterior a 2018.

La fuerza del contingente nostálgico opositor, el que querría regresar a antes de 2018, la verdad no se ve muy clara en ningún lado. No tengo en mi radar a nadie que diga un día sí y otro también que quiere volver al sexenio de Peña o de Calderón o de Fox, como López Obrador dice que quiere volver al de Echeverría y López Portillo, el México “anterior al neoliberalismo”.

Lo que sí oigo y leo todos los días, cada vez más, es a mexicanos horrorizados, indignados, temerosos o simplemente inconformes con el país que les va quedando enfrente.

De eso sí veo mucho: gente que consigna lo que había y lamenta lo que ve. No hay que ser un nostálgico para preferir el mediocre crecimiento de 2 por ciento que había antes de 2018, al decrecimiento de hoy.

Ni para preferir los 12 millones de pobres menos que había en 2018, sobre los 12 millones de pobres más que hay en 2021.

Tampoco para preferir el insatisfactorio Seguro Popular que nos heredó el neoliberalismo, a la ausencia del Seguro Popular que nos ha surtido la 4T. Y así una lista larga.

Más que nostalgia opositora, lo que veo es un desacuerdo con las cosas que han sido echadas al barranco sin ser sustituidas por nada que merezca la pena.