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Cuando lo peor de la pandemia se pueda superar y todos podamos volver de manera paulatina a nuestras actividades cotidianas, la economía del mundo habrá perdido muchos años de desarrollo.

El paro económico mundial tardará años en recuperarse, las investigaciones y desarrollos tecnológicos postergados habrán de retrasar muchos avances para la vida cotidiana y desafortunadamente muchas personas habrán perdidos varios escalones de desarrollo socioeconómico.

Los países que se preparan para esa etapa pos-Covid-19 buscarán que los programas sociales no se interrumpan, que las empresas privadas restablezcan el empleo y las cadenas productivas, que los consumidores tengan recursos disponibles para comprar y que las facturas a pagar por todos los planes extraordinarios que pongan en marcha los gobiernos se puedan pagar sin comprometer las finanzas públicas.

Hasta hoy, México no tiene un plan para enfrentar la actual recesión y la esperada recuperación.

Tendremos que esperar hasta que se cumpla la fecha que tiempo atrás marcó el presidente para presentar su “informe de gobierno trimestral” para conocer su plan contracíclico.

Y la verdad es que poco se espera del mensaje presidencial del domingo. Una larga letanía, eso sí, de sus habituales lugares comunes de “se acabó la corrupción”, “no somos como los de antes”, “no más Fobaproas” y “primero los pobres”.

De ese mantra populista de siempre, lo que por ahora más pesa es esa cerrazón ideológica al respaldo de la planta productiva.

Para el presidente, hasta hoy, el brindar facilidades fiscales a las empresas de todo tamaño implica caer en los rescates de los neoliberales. Y la realidad es que, sin apoyos fiscales en este momento de la peor recesión en casi 100 años, la dimensión de la caída económica de México es todavía incalculable.

El punto de partida de cualquier plan gubernamental tiene que ser su propia realidad de una caída en los ingresos públicos. Una vez contabilizados los pocos recursos que tenga disponibles, debería usarlos en la generación de riqueza para buscar la recuperación.

Estados Unidos es un país que puede incurrir en déficits fiscales descomunales sin que el mercado lo castigue y con su propia actividad económica, cuando logre la fase de expansión, lo pague.

Un país como México tiene que tomar medidas fiscales que después se tendrían que cubrir con un incremento en los ingresos. Ésa a la que le llaman “reforma fiscal”. Algo que es políticamente impopular, pero necesario.

Aumentar el dinero en los programas asistencialistas sería insostenible a la vuelta de poco tiempo. De nada sirve otorgar préstamos a tasas preferenciales para ciertos grupos productivos si no hay una actividad económica que sustente pedir prestado.

Quiera o no este gobierno, su plan de acción tiene que partir del apoyo a las empresas, a esos agentes económicos que crean el empleo en este país, aunque lo vean como un asunto neoliberal. Y su forma de respaldo es por la vía fiscal.

Cualquier otro tipo de adorno retórico que quiera usar el presidente en su plan económico emergente sólo servirá para hacer que México se quede atrás frente al mundo en el momento en que pueda iniciar la recuperación económica tras la recesión mundial.