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¿La revisión del T-MEC pondrá fin a la incertidumbre o la agravará? Esa es la cuestión. El artículo 34.7 del acuerdo establece que habrá una revisión conjunta (joint review) seis años después de que el tratado entró en vigor, esto es, el primero de julio de 2026.

El procedimiento exacto de la revisión no está definido en el texto que acordaron Ildefonso Guajardo, Robert Lighthizer y Chrystia Freeland hace ocho años. No se necesita una bola de cristal para anticipar que veremos muchas cosas que saldrán de la caja. No hay un precedente y, además, está Donald Trump acompañado de personajes como Peter Navarro, su gran gurú y China hater.

A México y Canadá nos conviene que se adelante la revisión, porque estamos viviendo una situación en la que Estados Unidos está implementando cambios en las reglas del comercio regional, sin utilizar los mecanismos previstos por el T-MEC. Tenemos madruguetes, en vez de diálogo y negociación.

En un escenario ideal para México, el gobierno de Trump reconocería que el acuerdo ha sido un éxito y que ha convertido a América del Norte en la región más competitiva del mundo. La renegociación se centraría en poner al día las reglas de la integración económica y establecer objetivos comunes.

Es necesario, por ejemplo, incluir de manera más detallada y ambiciosa una agenda para el sector minero, incluyendo la exploración trinacional de minerales raros, tal y como propone Armando Ortega, un experto mexicano en el sector minero. Hay mucho que hacer para integrar más el sector financiero, dice Emilio Romano, de BofA México y presidente de la ABM. El sector financiero no tiene una integración equivalente a la que tiene la manufactura, el campo o la logística.

Estamos muy lejos de vivir el mejor momento de la relación con Estados Unidos. Eso quiere decir que entramos a la revisión con cautela, más que con optimismo. La prioridad es salvar el T-MEC. Mejorarlo, por ahora, es más bien un sueño guajiro. La revisión se convertirá en una cirugía mayor y hay una posibilidad real de que el T-MEC no sobreviva. Lo curioso del caso es que el acuerdo podría ser finiquitado a la manera Trump y no en los términos previstos por México, Canadá y Estados Unidos en 2018. Hay que recordar que, en el acuerdo vigente, el T-MEC tiene una vigencia hasta 2036. La revisión está prevista para poner por escrito la voluntad de extenderlo por 16 años más, hasta 2042.

¿Qué es lo que quiere Trump? Los cambios están en el aire, algunos en proceso de implementación: nuevas reglas de origen para la industria automotriz; medidas que garanticen un “bloqueo” efectivo a la presencia china y una reducción drástica del déficit comercial con México. En la práctica, convierte la relación comercial en un arma de negociación para obtener concesiones en asuntos migratorios o de combate al crimen organizado.

¿Será la revisión del T-MEC el espacio en el que el gobierno de Trump planteará su inconformidad por algunas de las decisiones que ha tomado la 4T en los últimos meses? No está claro que será así, ni siquiera es posible saber cuál es el tamaño de la molestia estadounidense. En esta categoría tenemos las medidas contra el maíz genéticamente modificado; la reforma energética que otorga preponderancia a Pemex y CFE, y la reforma al poder judicial.

Estas acciones podrían ser impugnadas por Estados Unidos en el contexto del T-MEC. Del mismo modo, México y Canadá podrían utilizar el USMCA para litigar contra Estados Unidos por los aranceles que impuso al acero y al aluminio, y por los cambios que está implementando en las reglas de origen del sector automotriz. México podría también usar los mecanismos del T-MEC para impugnar barreras no arancelarias contra el tomate.

¿Veremos esas broncas litigarse en el marco del T-MEC? Lo dudo. Si Donald Trump se pasa a los jueces estadounidenses por el arco del triunfo, ¿por qué habría de someterse a la autoridad de los árbitros de los paneles del USMCA o ceder ante las exigencias de los gobiernos de México y Canadá?

¿Qué pasa si Donald Trump apuesta por convertir el T-MEC en un zombi? Un escenario de insomnio es que el T-MEC siga vivo formalmente, pero las cosas importantes se decidan unilateralmente en la Casa Blanca, Silicon Valley o Wall Street. Nos quedaría la opción de decir no al mercado más grande del mundo o tragar sapos.