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Decía el locutor en la radio: “Como aquí se lo adelantamos hace algunas semanas, hoy el dólar llegó a los 17 pesos. Acto seguido, refrendó su pronóstico basado —dijo— en el sentido común de que llegará a los 20 pesos.

Hoy, después de que vimos transitar la relación peso-dólar por el camino de las 14, las 15 y ahora 16 unidades por uno, no hay un solo argumento válido para frenar las voces histéricas que llaman al caos cambiario.

El lunes vamos a conocer el comportamiento de los precios durante la primera quincena de agosto y podremos saber si la depreciación del peso frente al dólar ya empezó a dejar huella en el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC).

Sin embargo, lo más probable es que no; que los precios de la mayoría de los productos de esta economía se mantengan estables y sin acusar recibo de lo que tanto angustia a determinados sectores de la sociedad.

Evidentemente que en el análisis a detalle de las mercancías veremos rubros como el automotriz, el de equipos de cómputo y electrónicos de consumo que mantendrán el impacto cambiario, seguiremos viendo tasas inflacionarias de dos dígitos en estos rubros, pero de ahí a un impacto general habrá una gran distancia.

Por la dependencia de la economía mexicana de la de Estados Unidos y de su dólar, resulta inevitable pensar en efectos inflacionarios más generales. Puede ser que la baja demanda haya contenido ese traspaso. Pero hoy no hay contaminación inflacionaria.

Hasta antes de China y su devaluación y las evidencias de que el gigante asiático quiere apostar a exportar barato, no parecía mala idea adelantarse a subir las tasas de interés. Tomar la iniciativa ante lo inevitable del aumento de las tasas en EU sonaba bien para frenar la especulación. Pero en medio de la guerra de divisas en curso hay que pensar muy bien esos tiempos.

Porque en el papel no hay razones para una reacción monetaria. Hasta julio pasado la inflación está en mínimos históricos de 2.7% anual. Lo sí que hay, y al alza, son clases medias y altas histéricas.

Porque es evidente que hasta hoy la preocupación por el tipo de cambio es algo elitista. Cuando vemos que el impacto se da en los smartphones, en las laptops, en las pantallas de 50 pulgadas, en los autos de lujo y en las descargas de música para el iPod, evidentemente que se angustian los que pueden acceder a esos bienes.

Si la materia prima para ir de shopping se encarece, evidentemente que los afectados ponen el grito en el cielo y así lo expresan en las reuniones, en la familia, en la radio.

Por ejemplo, los miles de mexicanos que reciben remesas y que hoy están de lo más contentos con la situación del dólar no pueden compartir el sentimiento de buena fortuna, porque no tienen tanto acceso a los medios.

La angustia sectorial alimenta un proceso especulativo (el pronóstico de los 20) entre todos aquéllos que se protegen con dólares para evitar una crisis. Es un hecho que hay quien sí ha tenido ganancias cambiarias significativas a estas alturas, pero el grueso de la población que ha comprado dólares en las últimas semanas saldrá tablas con su apuesta.

Hoy, pues, no quedan argumentos válidos para no adelantar una nueva depreciación. Hay una histeria colectiva con la paridad peso-dólar, lo que no hay es inflación.