Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

A las orillas del Río Timis

A las orillas del Río Timis - río

Mientras recibía las instrucciones para ir hacia mi regimiento, había algo que me inquietaba, provocando una sensación de vacío en la boca del estómago

Las balas pasaban cerca, la respiración se agitaba, el cuerpo empapado, los tendones y los músculos tensos. Quien dice que un soldado es valiente, lo dice no porque no tenga miedo, sino porque pese a él, sale a hacer lo que le han mandado.

En mi caso el ser soldado siempre llevo una contradicción interna, me enlisté porque era una forma de darle de comer a mi familia, era maestro en la universidad, pero la guerra termina por acabar con todo.

Mientras recibía las instrucciones para ir hacia mi regimiento, había algo que me inquietaba, provocando una sensación de vacío en la boca del estómago.

Algo generaba que las manos me sudaban, que el aire entrara con dificultad, solo con pensar en dispararle a un ser humano, aunque fuera para defender la vida, o por proteger lo que uno cree que es de uno, me sigue pareciendo terrible. Estaba aterrado pensando en que si me acobardaba, las represalias por no obedecer las órdenes incluiría que no le mandaran la paga a mi familia. Entraba también una vergüenza de no estar a la altura, pues era inevitable no tener un sentido nacionalista; uno se juega la pertenencia defendiendo a capa y espada el lugar donde se ha nacido. Pero también estaba la inevitable sensación de respirar la muerte de cerca. Un soldado dividido por dentro respondiendo con toda esa contradicción, genera un individuo angustiado.

Aunado a esta disertación interna, fue lo que aconteció entonces que me generó un estado de locura llevándome a ser un vagabundo, de esos que andan en los pueblos y se les llama locos. Estuve en este estado de no tiempo durante más de diez años después del incidente, comiendo de la basura y de lo que algún parroquiano de buena fe me daba, durmiendo en los callejones con olor a miados tapado por harapos.

“¿Pero qué fue lo que le pasó?” me preguntó la mujer que me había pedido que la acompañara a su casa, me había dado ropa limpia, procurando un baño y saciado el hambre que traía. Terminando de atragantarme el vaso de leche y el pan que me ofreció, fui mirando a la persona con la que estaba. Se llamaba Madam Alice, una mujer cálida, de esas que tratan de ayudar a quien está necesitado.

“Fue una masacre, que mató a cientos de hombres y del que salí ileso, porque el miedo de creer que el brazo que había caído junto a mi, después de la explosión de un cañón era mío, me hizo perder el sentido. Volverme loco después de despertar y ver los intestinos regados, los cuerpos destrozados, una carnicería que no tiene palabras para expresarla; ríos de sangre por todos lados, es entrar en el infierno”.

Madam pidió se me trajera un poco de sopa. La servidumbre me miraba con cautela, alcance a ver cómo se llevaban los candelabros que estaban encima de una cómoda al final del pasillo. Era una casa señorial de esas llenas de muebles que son obras de arte, ubicada cerca del Danubio.

Ella estaba intrigada con mi historia, como lo estaba de todo aquel que recogía para intentar regresarlo a vida, me había externado que detrás de cada vagabundo hay un ser humano que ha sufrido lo inimaginable para convertirse en un pedazo de miseria.
“Resulta que hacía un año que había estallado la enésima guerra entre los imperiosaustriaco y otomano. Ese día era el 17 de septiembre de 1788”. Comencé a relatarle ahora con el estómago lleno.

“Austria había mandado un ejército de 100 000 hombres, con órdenes de dirigirse hacia la ciudad fronteriza de Karánsebes*. Las órdenes era invadir el territorio para anexarlo al nuestro. Como el enemigo se dirigía a la fortaleza de Vidin, el Emperador había dispuesto que nuestras tropas combatiesen contra las turcas en los alrededores de Timisoara, bloqueando el paso en el río Timis.

Dentro de nuestro ejército la mayor parte de los soldados los conformaban aquellos que pertenecían a pueblos sometidos, oriundos de distintas partes; como italianos, serbios, eslovenos, croatas, húngaros y rumanos. Solo algunos hablábamos alemán, la lengua del emperador. ¿Puede Ud puede imaginarse lo que esta dificultad complicaba el dar y recibir instrucciones?

Al llegar al lugar mandaron por delante a una caballería ligera conformada por veinte hombres a los que se les llamamos húsares. Ellos tenían la misión de explorar y limpiar el territorio de posibles enemigos. La verdad es que no encontraron un solo soldado turco a su paso, pero se toparon con un grupo de gitanos valacos, que vendían aguardiente en unos barriles de madera.

Como no regresaban, se mandó a un contingente de infantería, cruzaron el río y los encontraron completamente borrachos. Cosa que generó de inmediato las ganas de unirse al festín y saciar la sed bebiendo, pero los húsares se negaron a darles.
Los primeros, en ese estado de alcoholismo lograron construir una barricada en torno a los barriles de licor. Comenzó la discusión cada vez más acalorada, lo que gestionó un primer disparo al aire.

Unos pensaron que el disparo lo había hecho un soldado turco. ¿Por qué?, porque era lo lógico. Así los gritos comenzaron; “¡Turcii! ¡Turcii!” (“¡Los turcos!”). El descontrol comenzó; unos gritaban, otros corrían y nuestros oficiales entraron en la escena gritando “¡Halt!”, que es “Alto” en alemán. Sin embargo, los soldados creyeron oír

“¡Alá!”, el grito de guerra de los otomanos, y el caos se acrecentó apoderarse del espacio.

Las tropas seguían llegando y desde la distancia, un oficial vio a los húsares dando vueltas alrededor del campamento revuelto, por lo que supuso que debía ser un ataque de los turcos y ahora sable en mano nos fuimos contra lo que creíamos era el enemigo.

Al mismo tiempo, la carga de caballería fue vista desde otro punto por un cuerpo de artillería, creyendo que estábamos siendo atacados por los turcos y los artilleros abrieron fuego contra los jinetes.

Enloquecidos, todos nos dispersamos en pequeñas bandas y disparábamos a todo lo que se movía, creyendo que los turcos estaban por todas partes.”

La cara de madame Alice estaba helada, tenía los ojos de plato, las cejas levantadas y la boca semi abierta. Era inaudito lo que estaba escuchando.

“Así se sucedieron las horas de batalla hasta que en un momento dado todos decidieron que había llegado el momento de emprender la huida. Durante ésta el caballo del emperador se espantó y José II de Habsburgo-Lorena, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico acabó en un riachuelo. Esto es lo que se cuenta, quizá sea una exageración.

Dos jornadas más tarde, el Ejército turco al mando del gran visir Halil se presentó en el lugar y lo halló regado con los cadáveres de unos 10.000 soldados, para entonces yo ya había corrido como diablo hacia el monte y me perdí por muchos años.”

Madame Alice era una mujer educada y con mucho dinero, pues su esposo la había dejado con una herencia envidiable. Ella se había dedicado a sanar a personas enfermas, las ayudaba recogiéndolas de la calle, buscando regresarles su dignidad. no siempre lo conseguía, pues cuando algo se ha roto por dentro es difícil poder remendarlo. Tenía una cofradía de mujeres que cuidaban personas en condiciones de calle y enfermos. La mayor parte de ellos eran soldados, viudas o mujeres repudiadas.
“Las Guerras son absurdas porque se desatan por conflictos sin sentido desde una óptica racional, pero este desastre que ustedes me narra es realmente inverosímil. un ejército que se aniquila así mismo por unos barriles de alcohol; realmente me ha dejado Ud. anonadada.”

Llevo casi tres meses en este lugar, ahora un poco mejor, me he dado a la tarea de enseñar a leer y a escribir a muchos de mis hermanos en desgracia a limpiar y a cuidar a los enfermos. Así desquito el alimento y el techo que hay sobre mis hombros. He pensado incluso ir a algún monasterio y vivir lo que me queda de vida rezando.

Yo tuve suerte pues mis capacidades intelectuales casi no se afectaron. Me ayudó no recurrir al opio o a otras sustancias que anestesian el alma, tampoco me dio por beber hasta ahogarme en alcohol. Lo que no se me quitaban eran los terrores nocturnos, me hacían despertar bañado en sudor, desorientado tardaba tiempo en saber dónde estaba.

Una mañana Madame Alice me entregó una carta, tenía un sello con la casa de Bohemia. Sentí que perdía el piso, un mareo se apoderó de mí. La carta era de mi esposa. No la abrí.

DZ
*esto queda hoy en Rumania

DZ
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