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Monje por desamor

Monje por desamor - El Beso
Imagen: Especial

Estamos en el siglo XVI en donde vive una bella dama que porta el nombre de Lucinda y ocupa las habitaciones de arriba del hermoso palacio

Querido:

Piensa que te escribo porque confío en que sabiendo como muero, has de quedar amado mío con un mazo de dolor que romperá tu pecho.

El mío está roto con la daga de saber que no te veré antes de que muera. Más aun, espero podrás pisar la tierra donde estará mi carne fiera y esto hará que mi alma descansada, olvide como sueño la sangre del olvido sobre el duro suelo, hay amor que dolorosa desventura.

¿Me querréis siempre? – dijo la joven de un modo implorante y lastimero.

“Siempre, hasta la muerte”. – gritó emocionado él, mientras se alejaba de la muralla cabalgando sobre su espléndido alazán. A campo traviesa, durante un buen trayecto volteaba a ver hacia la muralla y sentía la mirada de su amada, allá en lo alto, mientras sentía el ardor en su joven pecho.

Las palabras se aglutinan y se quedan como espesa niebla sobre el espacio donde aconteció tan bella despedida. Para darles el peso que necesitan, es importante pintar el escenario, así que pongo una vez más mi inquieta mente en modo de dar cabida a un viaje por el tiempo, entrando en las emociones de ver partir al amor y no abrazar su regreso.

Viajamos pues a España y los caminos no son los de ahora, he quitado el asfalto, los túneles y trenes, he borrado los coches autobuses y camiones, así que solo hay campo y caminos empolvados, llenos de mulas y carretas que van hacia los distintos pueblos.

A lo lejos, entre olivos y cipreses, se ve un palacio que lleva el nombre de Núñez Vela, construido en 1541 y situado en la Plaza de la Santa en Ávila, a ochenta y seis kilómetros de la actual Madrid.

La fachada en sillería de granito abre el acceso en arco de medio punto al hermoso recinto. Enmarcadas las ventanas, desfilan lisas columnas rematadas con los escudos que contienen los emblemas de alta alcurnia de la familia. Hay un patio porticado central que tiene doble galería con columnas dóricas y capiteles de zapatas.

Estamos en el siglo XVI en donde vive una bella dama que porta el nombre de Lucinda y ocupa las habitaciones de arriba del hermoso palacio. Es hija de un noble abulense y se ha hecho famosa por su belleza. Es una época donde se destaca la piedad como un valor supremo, la dama en cuestión, reboza de tan preciado don. El padre un hombre cauteloso, sabiendo que su hija le proveería de una gran alianza con un algún duque o príncipe, la hace acompañar de varias hayas con orden de no perderla de vista, en ningún momento.

En un paseo por la ciudad entre los puestos de mercancías que llegan de oriente, se vio un día, la presencia de un apuesto joven que la seguía a la distancia. Ella al percatarse de su atrevimiento, sonrió pues no le fue indiferente. Así durante días jugaban a mirarse cosa que no paso desapercibida por su extensa servidumbre y desde luego dieron aviso al padre.

En las habitaciones de Lucinda había un balcón, que sobresalía por encima de la muralla y contaba con una magnífica perspectiva sobre el Valle de Amblés. Este balcón todavía existe y lleva la impronta de esta historia.  Cada día cuando se asomaba al mismo, abajo observaba apostado al misterioso joven.

La curiosidad que sentía por el doncel se tornó en enamoramiento y lo mismo le paso a él, así impulsados por la pasión, lograran hablar una noche a escondidas cuando ella logró escabullirse vestida de soldado.

Las puertas de la ilusión y el entusiasmo se abrieron de par en par embelesados de tan puro amor y desde ahí dieron paso a la pasión, convirtiendo el entorno en fuente de inspiración, aunque fuera a medias una concepción amatoria insipiente de cercanía.

Cuando comenzaban a conocerse aconteció la tragedia: el joven que dicen no era noble, ni de alta alcurnia, fue acusado de conspiración y obligado al destierro. Por más que el padre negó las acusaciones, era bien sabido que fue una maniobra para alejarle de su hija. Lo cierto es que la noche antes de la partida, los amantes se vieron por última vez y se juraron amor eterno.

Lucinda pasaba varias horas al día asomada al balcón, oteando el horizonte por si regresaba su amado o esperando que algún jinete le trajera noticias. Pero Enrique Blázquez Dávila que era el nombre que portaba el enamorado, no mandaba misiva alguna. Con los meses la alegría comenzó a abandonarla y el apetito se negó a alimentarla, así que dejo de comer y se debilitó no soportando su ausencia. Murió al poco sin causa aparente, posiblemente de amor, dejando tras de sí cartas para él por si algún día regresaba.

Amor:

¿Acaso imaginaste verme acabar en tanto desconsuelo? Recuerdo como con tan tierno gozo te miraba, ahora esta vida ya deshecha de tristura, cansada y dura, no me da contento. Así que dejo cartas tras de mí, para que sepas el punto en que me tiene mi tormento. La pasión de mi amor destruye la razón que me turba y enflaquece. Incapacita mi alma para gobernar el espíritu y mis humores corporales con tan pocas alegrías, desbordándose en una tremenda melancolía. Dime cuando acabaran mis llantos por tu ausencia.

Mientras, en reinos lejanos Enrique fue haciéndose de un nombre a fuerza de batirse en contiendas caballerescas y participando en mil batallas. Con el honor repuesto volvió a Ávila y al llegar al palacio le dieron noticia de la muerte de su amada.

Enloqueció por no haber podido ni siquiera verla antes de morir, así que logró colarse dentro de la iglesia del convento donde descansaban sus restos e intentó abrir su sepulcro.

Era de noche, había poca luz y al querer mover la lápida, por alguna extraña razón sus manos quedaron soldadas a la tapa del sarcófago. Tras unos minutos angustiosos en los que intentó despegarlas del frío granito, logró hacerlo y huyó despavorido.

Días después mientras la tortura de la muerte de su amada lo acechaba, el caballero volvió al Convento de San Francisco y pidió ingresar en el mismo como monje. Y allí pasó el resto de su vida, cerca de la tumba de su amada, viviendo su dolencia enamorada, ondeando a vivir en el sufrimiento, con la esperanza de liberación puesta solo en la muerte:

No puede ser que dure tanto este dolor que no se acabe, entonces me muero porque me muero contigo”.

Dejo escrito sobre una piedra cerca del balcón donde vio a su amada, por última vez.

DZ

La historia lleva el atrevimiento de incluir elementos que no son parte del folklor de la época, lleva palabras sobrepuestas a la historia original que son cosecha mía. Las cartas tampoco no son ciertas, pero ponen de manifiesto el riesgo al que se enfrentan estos amantes que, de este modo, pueden convertirse en auténticos mártires de amor.

Palacio de Núñez Vela
En la foto, el palacio de Núñez Vela en Ávila, España. Foto de Turismo de Ávila

Palacio de Núñez Vela

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