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#LaPeorMamá #miniplausi me puso a dieta
Foto de Archivo

Tengo que decirlo, es algo que siempre he sabido y algunos de ustedes también: Jamás he sido flaca, o sea siempre he tenido digamos carnita de más. Todas mis primas siempre estuvieron flaquitas y yo pues no. No estaba gorda pero digamos que siempre tuve pancilla.

Nunca fui una niña obesa, simplemente tenía otra constitución, eso lo entiendo ahora. De niña era diferente.

Gordita, me ha dicho siempre mi abuela. Y, ¡ah, cómo nos creemos las etiquetas!

Además, siempre me ha gustado comer. Mi mamá jamás tuvo problemas conmigo porque todo me comía. Mi verdura favorita siempre han sido y serán los nopales. Hubo un tiempo que la carne no me gustaba pero era más por la dificultad de comerla que por otra cosa, se me hacía chicle, lo mismo les pasa a mis hijos.

Recuerdo perfecto que cuando íbamos de vacaciones a Acapulco, en las noches que íbamos al buffet yo lo super desquitaba y jamás olvidaré el comentario acertadísimo de mi tía de:

  • ¡Éntrale! – O sea, había nadado todo el día, tenía hambre. Pero ella no estaba acostumbrada a ver a un niño comer bien, mi prima no comía casi nada.

Conforme fui creciendo y llegué a la pubertad, adolescencia medio me estilicé, y la verdad es que no estaba de mal ver. Creo. Tenía lo mío.

Entré a la universidad y sobreviví de sopas Maruchan, tortas cochinas de la esquina, gorditas de chicharrón de la otra esquina, cafés con leche condensada de Don Pablito, los sandwiches de la cafetería que eran una delicia, hot dogs y hamburguesas. Tenía una dieta super nutritiva, claramente. Así que digamos que gané un poquito de lonja. Pero pues es que fueron 4 años y medio de escuela. ¿Qué podíamos esperar?

Entré a mi primer trabajo. Había comedor. Yo no sé si ustedes hayan trabajado en algún lugar con comedor. Habrá seguramente quien diga que la comida de los comedores es horrible. Pues yo les voy a decir que nunca he probado comida tan deliciosa, bueno sí, pero era riquísima. Bien me advirtieron, todos los que entran aquí suben de peso. Y sí, subí de peso.

Llegó el momento en que me casé y me puse a dieta, ya me había puesto alguna vez pero esta es la vez que tengo como muy grabada en mi mente. Bajé, no muchísimo pero bajé. “Con los nervios de la boda vas a bajar” decían. Pero si uno come por nervios esa regla no se cumple.

Me casé y como bien dicen: el amor engorda. Y los dos, no quiero ventanear al marido pero, los dos engordamos a gusto. Dieta de nuevo.

¡Ah sí! Olvidé algo muy importante. Jamás me ha gustado hacer ejercicio. Sí, ya sé que es por mi bien, pero siempre odié sudar. En realidad tengo como 3 o 4 años que empecé a correr, y sí me gusta pero a veces me gana la flojera, por eso estoy en retos donde si no corro pago, porque mi fuerza de voluntad es bastante pequeña. Así que ya se imaginaran las dietas.

Total, toda mi vida adulta ha habido una lucha constante contra el sobrepeso, pero pues ahí la he ido llevando. De pronto me pongo a dieta y bajo y luego subo y así, pero pues digamos que soy una “gordita feliz”.

Pero hace más o menos una semana, me metí a bañar con #miniplausi. Sí, me baño con ella. Y de pronto voltea y me dice:

  • Mami. ¿por qué tu panza está tan grande?

¡Plop!

Nunca me había dolido tanto que alguien me dijera gorda. Digo, no es que tanta gente me lo haya dicho así en mi cara, pero esta vez me dolió en lo más profundo de mi ser.

Salí de la regadera y le dije al hombre de la casa:

  • Mañana vamos al nutriólogo.

Ah sí, porque aquí si uno hace dieta el otro también. Hay que sufrir parejo.

Así que fuimos al nutriólogo, nos mandó nuestro nuevo régimen y empezamos con todo. Por supuesto la comida de los niños y la nuestra no es igual y preguntaron qué pasaba, ¿por qué no tomábamos de la misma agua? por ejemplo.

  • Es que no podemos comer azúcar.
  • ¿Por qué?
  • Pues porque la dieta que estamos haciendo no lo permite.
  • Y ¿para qué es la dieta?
  • Pues para que mi panza no esté tan grande.
  • Ah, ¿ya vas a tener la panza chiquita?
  • Pues eso pretendo.

Así andamos, comiendo solo lo que podemos, intentando no caer en tentaciones y bajando gramo por gramo. Pero tenemos a los mejores policías de dieta porque están bien atentos a que por ningún motivo nos salgamos de nuestro régimen.

Y digo yo: Quien diga que los hijos no motivan, que vengan a platicar con la mía.

Gracias por leer

#LaPeorMamá