#LaPeorMamá. ¿Cómo les enseño a pedir perdón?
Foto de Archivo

Una escena común en cualquier lugar donde hay 2 o más mamás y 2 o más niños:

Llega Luisito con su mamá. – ¡Mamá! Pablito me pegó.
En automático la mamá de Pablito, muerta de vergüenza, corre por él y le pregunta – ¿por qué le
pegaste a Luisito?
– Es que me quitó mi carrito.
– No se debe de pegar. Pídele perdón, le dolió.
– No quiero.
– Le pegaste, lo lastimaste. Pídele perdón.

Mientras tanto la mamá de Luisito, mientras lo soba le dice que no debe arrebatar las cosas.
Después de unos minutos de discusión Pablito se acerca a Luisito y con los dientes apretados y mirando para el otro lado le dice: – Perdón.
¿Ustedes sienten esa disculpa sincera? Luisito tampoco.

Si ustedes tienen hijos seguramente han presenciado o vivido este tipo de situaciones y probablemente también hayan obligado a sus hijos, como alguna vez lo hice yo, a pedir disculpas. Una disculpa que no nace más que del miedo a que mamá me regañe, que no viene de donde debe venir una disculpa. De la empatía y el arrepentimiento. De pensar “creo que me equivoqué”.

Muchas veces mis alumnos (papás o mamás) me preguntan cómo hacer para que sus hijos pidan disculpas. Y como a mí me encanta dar consejos les paso al costo lo que les digo:
Los niños solo aprenden a pedir disculpas cuando las reciben sinceramente. Somos su ejemplo.

Somos padres y nos enseñaron, desde mi punto de vista de forma errónea, que somos perfectos ante los ojos de nuestros hijos; que nunca debemos pedirles disculpas.

Somos humanos. Nos equivocamos. Y con nuestros hijos mucho más, porque nadie nos enseñó a ser papás.

Si cometemos un error y hacemos como que no pasó, ¿qué creen que van a hacer nuestros hijos cuando se equivoquen?

En cambio, si cuando nos equivocamos nos acercamos y de forma sincera aceptamos nuestro error y pedimos disculpa por el mismo, nuestros hijos aprenderán a hacer lo mismo.

Equivocarse y pedir perdón no es señal de debilidad, al contrario, es una muestra de responsabilidad, yo me hago responsable de mis actos y decisiones y cuando me equivoco pido una disculpa.

Ejemplos se me ocurren muchísimos pero vámonos con uno parecido al ejemplo de Luisito y Pablito.

Supongamos que mi hijo está jugando con una pelota dentro de la casa, lo cual sabe que no debería de hacer y rompe una lámpara. Mi reacción es gritarle a todo pulmón: – ¿Cuántas veces te he dicho que no juegues con las pelotas dentro de la casa? ¿Qué no entiendes? Ve nada más lo que hiciste.

Tengo razón de estar enojada porque no siguió las reglas pero no tengo por qué herir de esa forma sus sentimientos. Él, por supuesto, se pone a llorar descontrolado.

Al rato, ya que estoy un poco más tranquila, pienso que igual y grité mucho. La mayoría de las veces tendemos a ya no decir nada cuando en realidad lo que yo debería hacer es acercarme y decirle: – Discúlpame, no debí haberte gritado así. Estaba (o estoy) muy enojada porque no seguiste las reglas y rompiste la lámpara.

Muy probablemente la respuesta que recibiré será un sincero: – Perdón mamá, no quería romper tu lámpara.

Sé que no es fácil romper con nuestras ideas pero de pronto estos pequeños cambios llevan a grandes cambios.

Espero les sirva.

Gracias por leer
#LaPeorMamá