Lady Muerte

Un rifle Tokarev SVT-40 semiautomático situado a unos 400 metros en distintos lugares. Coloca el dedo en el gatillo, el termómetro marca 30 grados bajo cero, dispara a mansalva, las balas alcanzan sus objetivos surcando el aire helado, caen uno, dos, tres, cada proyectil da en su objetivo, no se desperdicia ni una sola bala. Más de trescientos cayeron; los cuenta y anota en una bitácora. Dicen que fue justo en el trescientos nueve, que con el ataque de un mortero fue alcanzada, de pronto Pavlichenko cae, queda inconsciente y comienza el tejido de un mito.

La narrativa de las guerras ha estado prácticamente centrada en la imagen de un soldado valiente, las mujeres en una cultura patriarcal están destinadas a la cocina y al cuidado de la casa y los hijos, no fueron importantes para los libros. A veces alguna se las ingenia para escudriñarse en los anales de la historia, pero encontrar ese resquicio que le de a su nombre un distintivo, algo que no la haga diluirse, se vuelve un arte cuando la pluma se ha empuñado en su gran mayoría por el sexo masculino, o cuando hay algún propósito oculto para incluirlas.

Se dice que alrededor de dos mil mujeres lucharon en el ejército rojo durante la segunda guerra mundial, sobreviviendo unas quinientas. ¿Dónde quedaron los millones del sexo opuesto que también estuvieron de otras formas y que no se mencionan? ¿O entran en el global de las cifras que se estiran o se aflojan según la necesidad? Tal vez una mujer que trabaja haciendo uniformes, cuidando heridos, sembrando el campo para el alimento, no cuenta.

La historia de nuestra heroína se teje con hilos dorados, se engrandece, se barniza, se moldea. Quizá si existió, si fue francotiradora, pero acaso ¿sirvió para otros propósitos?

Con 14 años Lyudmila y su familia llegaron a Kiev, pronto se hicieron en el vecindario. La leyenda cuenta que un chico que solía fanfarronear de su puntería, le picó la cresta y avivó su carácter competitivo. Con ganas de callarle la boca, se unió a un club de tiro de DOSAAF, una sociedad paramilitar cuyo nombre significa “Sociedad voluntaria de ayuda al ejército, fuerza aérea y marina”, donde comenzó a destacar como tiradora amateur.

Nació el 12 de julio de 1916 en Bila Tserkva, entonces parte del Imperio Ruso. Hoy este territorio se encuentra en Ucrania. Con solo 16 años se casó con un estudiante de medicina con quien tendría un hijo ese mismo año, pero la relación no funcionó y no tardaron en divorciarse. En aquella época combinaba sus prácticas de tiro, con su trabajo en una fábrica de armas y sus estudios de historia.

El domingo 22 de junio de 1941 el mundo sacudiría a millones, dándole un giro radical. Cuatro millones de soldados del ejército alemán y sus aliados, cuatro mil cuatrocientos tanques y cuatro mil aviones, comenzaron la Operación Barbarroja sobre las 3:15 de la madrugada. A Stalin la invasión alemana le había pillado desprevenido, creyendo que Hitler no estaría tan loco como para iniciar una guerra de dos frentes; caro pagaría su incredulidad.

Lyudmila de inmediato dejó la universidad, corrió a la 25ª División de Infantería del Ejército Rojo y se presentó como voluntaria. Al llegar se le ofreció servir como enfermera, pero en sus biografías aparece que ella se negó. Tras una dura discusión con el registrador, logró ser aceptada como francotiradora demostrando lo capaz que era. En sus memorias relata las primeras semanas en el frente, enviada a cavar trincheras, la frustración se le convirtió en rabia según contaba, pues todo el armamento del que disponía era el de una granada de mano. En medio de un combate interminable, un compañero fue alcanzando por una esquirla de metralla e incapaz de seguir usando su rifle, se lo dio a ella. Es justo en ese momento donde comienza la leyenda, el mito; su nombre se convertiría en el de Lady Muerte.

Fue ascendida a sargento y luego a teniente. Llevada a unirse a las unidades de reconocimiento oficiales y al menos según relatan, sacó de combate a 36 francotiradores enemigos que cayeron ante su mira telescópica. Su mito se extendió como fuego de mortero, llegando a oídos del enemigo.

Tras participar en la batalla de Odesa y en el sitio de Sebastopol, en junio de 1942 fue alcanzada por la metralla del mortero, con ello no quedó más remedio que sacarla del frente. Pero su leyenda cobraba connotaciones que crecían y se volvían exageradas, los soldados contaban en las trincheras de sus hazañas y un rumor corrió; se contaba que los nazis transmitían mensajes por radio que decían: “Lyudmila Pavlichenko, ven con nosotros. Te daremos muchos chocolates y te haremos oficial alemana, pero si no vienes voluntariamente y te atrapamos, te despedazaremos en 309 partes y las dispersaremos a los vientos”.

Siempre necesitamos héroes, pero si ésta es mujer, enardece el orgullo masculino, se vuelve un líder ideal para el desgaste y la moral arrasada de un ejército que sumó, más de veinte seis millones de caídos según Mijaíl Gorbachov, quien condujo a una nueva revisión de los siete millones contabilizados por Stalin. Al parecer durante su gobierno se jugaba con otras cifras, números subestimados que alimentaban el culto a la personalidad e imagen de generalísimo brillante; así en sus reportes aparecían sólo siete millones.

Lady muerte una vez restablecida, se le puso a entrenar a nuevos tiradores, pero pronto se le dio un nuevo rol: la propaganda. Esta se teje con gran rapidez, se hacen fotos, afiches y se distribuyen.

Ese mismo año fue enviada a Estados Unidos para reunir apoyo para el envío de más tropas a Europa. Fue recibida en la Casa Blanca, convirtiéndose en la primera ciudadana soviética en ser recibida por el presidente de EEUU Franklin D. Roosevelt. Con alfombra roja fue galardonada con los más grandes honores, la prensa cubrió en sus portadas las fotografías de la dama con su rifle brillante.

La maquinaria propagandista fue en crescendo y la primera dama Eleanor Roosevelt la invitó a una gira por todo el país, entre un destino y otro nació una amistad entre ellas. De hecho, en 1957, durante una visita que hizo a la URSS, la ex primera dama la visitó en su apartamento en Moscú.

Es duro abrirse paso en un mundo donde la testosterona reina, pero lo es más cuando hay que defenderse de las balas mediáticas, esas entrevistas que dedicaron su atención por orden presidencial, sin tiento clavaron sus colmillos afilados, y gastaron tinta en criticar su falda demasiado larga para el gusto americano, su talle ancho debido a que las medallas de la Orden de Lenin y de Héroe de la Unión Soviética, las dos máximas distinciones otorgadas en la URSS, pero que le hacían parecer más gorda. Incluso alguno le preguntó en una entrevista si se ponía pólvora en el esmalte de uñas. Pero al final ganó la imagen, se le subió a los cielos, se irguieron monumentos, se adoraba la estatua de la grandiosa y cumplió su cometido; se enviaron más tropas.

Tras pasar por Canadá y Reino Unido, volvió a la Unión Soviética, donde siguió entrenando reclutas, alcanzando el grado de mayor y recibiendo el tratamiento de heroína. Tras la guerra, terminó la carrera y trabajó como historiadora para la Marina.

Ser un héroe de guerra conlleva efectos secundarios de lo vivido, se cargan las heridas a cuestas y los recuerdos de lo vivido. Para ella se sumaba la muerte entre sus brazos, de una pareja romántica. Fue el alcohol quien acompañó el tránsito por esos momentos, y la llevó a las garras del alcoholismo.

La visitó la muerte el 10 de octubre de 1974, cuando apenas tenía 58 años de edad, un derrame cerebral la derribó. Se realizó un gran entierro, y se le dio el honor de ser enterrada en el Cementerio Novodévichi de Moscú, donde también descansan los restos de personalidades como el director de cine Serguéi Eisenstein, o los presidentes de la URSS Nikolái Bulganin y Nikita Kruschev, el premio Nobel de Física Lev Landau o la esposa de Stalin Nadezhda Aliúyeva.

En noviembre de 1942, Woody Guthrie compuso una canción: Miss Pavlichenko como tributo de admiración a su coraje;

La señorita Pavlichenko es muy conocida.

Rusia es tu país, luchar es tu juego.

El mundo entero te amará por siempre por todo el tiempo por venir.

Trescientos nazis cayeron por tu fusil.

En las montañas y hondonadas, tan silenciosa como un ciervo,

En los bosques extendiéndose, sin conocer el miedo.

La vista se levantó – Fritz cayó al suelo,

Trescientos nazis cayeron ante ti…

Me queda un sabor amargo en la boca, una duda sobre el tamaño de la veracidad de su historia, siempre me abraza la posibilidad de escribir sobre mujeres, de contar su historia, pero en un resquicio en mi mente brotan preguntas, ¿habrá sido cierta su historia?, ¿habrá sido fabricada con algún propósito?, ¿no te parece raro que haya cientos de fotografías de ella con su rifle? No lo sé, me quedo con la idea que, como ella, más de dos mil mujeres se enlistaron en el ejército, pero millones cosieron uniformes, alimentaron soldados, cuidaron a los heridos, y a ellas nadie les dio medallas, no les tomaron fotografías, ni las llevaron por el mundo a mostrar su valentía, nadie les compuso canciones, ni tampoco las llevaron a la pantalla grande. Quedaron enterradas en las barracas bajo los soldados, no a su lado.

Así que por decisión propia, entonces Lady Muerte cobra al menos para mí, el reconocimiento que conlleva a los otros millones de mujeres, no solo de Russia, sino del mundo. Esas que se juegan la vida a diario en tareas dolorosas sin importar de qué bando se encuentren. Ella lleva por alto el nombre de las migrantes, de las que cosen la ropa de las grandes industrias, las mineras, las que crían hijos, las que barren y limpian las calles. Se vuelve entonces así, no en un símbolo de propaganda de guerra, sino en reconocimiento a aquellas que están guardadas en el silencio de la pluma de la historia.

Por DZ

Claudia Gómez

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