Fiodor
Foto: Itinari.org

“Para relacionarse plenamente con otro, primero hay que relacionarse con uno mismo. Si no podemos abrazar nuestra propia soledad, simplemente usaremos al otro como escudo contra el aislamiento”.

Dr Irvin Yalom 

Conocí a Brigid cuando tenía 30 años, me la presentaron en una tertulia del Salón Literario en Minsk, capital de Biolorrusia. Era una mujer bellísima, tenía una piel de porcelana que cubría con recelo un cuerpo delgado y elegante. Callada, parecía absorber cada frase,  mientras  respiraba las palabras. Comenzamos una amistad extraña, pues ella poco hablaba, pero algunas tardes tomamos café, o asistíamos a alguna exposición en el museo. Yo comencé a sentirme cómoda con su presencia, era alguien que exigía poco, no le interesaba prácticamente nada, pero que generaba una intriga dentro de mi. Había algo en ella que la hacía inalcanzable. 

Foto: Revista Literaria Molonito
Foto: Revista Literaria Molonito

Comencé a observar que cuando Fiodor Dioniskaya se paraba a recitar o a leer, a ella las orejas se le ponían rojas, enmarcando su rostro serio. Un mes de junio él daba lectura a la leyenda de la ciudad: “Se dice que en estas tierras vivía un gigante llamado Menesk, dueño de un molino sobre las riberas del río, muy cerca de  la ciudad. Dicen que molía las piedras para hacer panes con los que nutría sus guerreros”.

Perfectamente derecha, ella escuchaba atenta, como si no hubiera nada más en el mundo, de pronto entró en una especie de trance que provocó que se desvaneciera cayéndose de la silla. Él acudió de inmediato a levantarla y cuando recuperó el conocimiento, se encontró con su mirada. Ahí, en ese segundo se fundieron en uno solo y yo fui testigo. 

Así dio comienzo la historia de amor que todos comenzamos a envidiar. Sus encuentros se dieron paso algunas tardes después de que el saliera de uno de sus trabajos, tenía tres y además estudiaba el postgrado en literatura en la universidad Estatal. 

Yo era asidua del club literario desde hacía dos años, pero era esta historia de amor que todos entintabamos de endorfinas y nos hacía perder el aliento; la que nos impulsaba con más fuerza cada martes a llegar temprano para verlos. Ella sentada y él leyéndole solo a ella mientras los demás éramos simplemente espectadores. Había una extraña danza que me generaba una sensación en el pecho, involuntariamente me arrebataba un par de suspiros. Él la acariciaba con palabras, le hacía el amor en frente de todos, solo con la mirada. 

Era octubre, la temperatura en esas fechas es normalmente por debajo de 0, el clima en esta zona del planeta es inestable, los aires húmedos y secos hacen que la niebla se apodere de las calles, así que ese día al entrar al salón me fui pelando como una cebolla, quitándome una tras otra las prendas que me mantenían caliente. 

Habían llegado casi todos, estábamos reunidos esperando que diera comienzo la tertulia y hoy le tocaba a Fiodor, se había vuelto el favorito, no era que fuera extraordinario orador, tenía una voz gris, desganada y a veces tartamudeaba. Era el halo de su amor por Brigid que nos hechizaba, nos hacía sentir vivos. Una fuente de contemplar que hay quienes encuentran la alquimia solo por estar juntos.

Pero ni él, ni su hermosa compañera aparecieron. Así que Ivanovich se hizo cargo y comenzó a leer las obras del premio nobel  Svetlana Alexiévich, “Hoy engalanaremos el lugar con su magnífica pluma, con sus escritos polifónicos; sin duda un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo.”

Foto: Sicologiasinp.com.
Foto: Sicologiasinp.com.

 

En verdad debo confesar que durante un largo rato las frases comenzaron a arrullarme hasta caer profunda en la silla sin perder el estilo. 

Poco antes de las diez de la noche, llegó corriendo uno de los más jóvenes asiduos asistentes. Venía empapado en sudor. Fiodor se había quitado la vida.

La noticia cayó como un baldado de agua helada arrebatandonos el aliento. Todos guardamos silencio mientras intentábamos procesar lo que nos decía. “¡Cómo es posible!” se escuchó una voz alterada al fondo del salón y así comenzaron los cuchicheos. “ ¿Qué fue lo que pasó?” pregunte al chico y él en tono apesadumbrado respondió. “Se ahorcó en la catedral, sede de la arquidiócesis”. 

Yo me derrumbé en una de las viejas sillas, los libreros en los muros me parecieron que se acercaban y mi corazón palpitaba con fuerza. De pronto las preguntas comenzaron a abarrotarse en mi mente, ¿que podía haber sucedido? 

Salí del salón y me encamine calle arriba en busca de Brígida.  Gran parte de la ciudad fue destruida durante los bombardeos alemanes en la segunda guerra mundial, durante la invasión alemana a la URSS en 1941. Una operación que bautizaron como Barbaroja y que fue muy rápida, pues apenas en cuatro días, los nazis convirtieron la ciudad en el centro administrativo del Reichskommissariat Ostland y comenzaron a reprimir duramente la población, especialmente a la comunista y a la judía. 

Al final de la guerra, conquistada por los soviéticos cerca del 80% de la ciudad estaba en ruinas, así que se dieron manos a la obra reconstruyendo al estilo soviético. De las pocas cosas que quedaron fue justamente la catedral con su estilo gótico. 

Doble a la derecha en Ulitsa Sennitskaya y corriendo entre al hospital, una enfermera con cara de pocos amigos me dijo que Brígida se encontraba en cirugía. Me senté en una silla dura esperando a que saliera, le había puesto un par de llamadas antes de salir pero no había tenido suerte.

Durante dos horas vi desfilar mujeres embarazadas que salían de consulta, vestida con su atuendo de médico cirujano salió a mi encuentro en el pasillo, hoy había tenido que practicar una cesárea de emergencia. La noticia derramó una sola lágrima en su rostro y se dio la media vuelta. Me pidió que la esperara y así lo hice, con una sobriedad apabullante caminamos rumbo al pequeño departamento que ocupaba Fiodor, junto al museo de arte. Subimos los cuatro pisos por una escalera ancha y al llegar a la puerta marcada con el número 409, estaba un oficial que buscaba a algún familiar. “ Solo me tenía a mi” dijo ella con voz entrecortada. Lo seguimos a la comisaría, durante más de una hora de interrogatorio, nos permitieron bajar a reconocer el cuerpo. 

La escena fue desgarradora, la sábana blanca dejaba ver el rostro amoratado, los labios cenizos. Ella tomó su mano y la puso en su pecho, lo miró por un largo rato y me pidió que nos fuéramos. Así, con una frialdad que me cimbró, se despidió de aquel que por algunos meses había sido su amante, su amigo y confidente.

El funeral fue breve, éramos solo unos cuantos, dentro de los que estábamos, solo habíamos un par del círculo de lectura. Fiodor era extraño, de pocos amigos, nunca habló de su familia y era sumamente retraído. Parecía que lograba respirar cuando entraba en la poesía, cuando se perdía en las páginas de los libros o se adueñaba de Brigid entrando en ella con la mirada.

Durante las siguientes semanas la busqué, estuve cerca mientras ella se sostenía en sus silencios y en los turnos exhaustivos del hospital. Pasando el año nuevo, decidí preguntarle qué había pasado y fue cuando ella abrió la puerta de un secreto que apesadumbraba la vida de Fiodor. 

“Es sorprendente saber que los abusadores de niños, son casi siempre de la misma familia”. Comenzó a decirme mientras nos traían un café. 

“El padre de Fiodor comenzó a abusar de él cuando apenas tenía cuatro años. Dentro de las muchas cosas que le sucede a un niño que está siendo sometido a esto, es que entra una confusión donde lo que este le hace no le gusta, le lastima. Le han enseñado que los padres aman a sus hijos y que no les harían nada malo. Así que esta confusión se vuelve un corto circuito”. 

Yo pase saliva, un nudo en la garganta me cortó el paso del aire.

“Cuando nos enamoramos, él no podía sentir ningún gozo, sus caricias torpes terminaban por hacerlo sentir furioso. Entonces tenía que irme, porque ya no quería que estuviera cerca.   

El abuso construye un espacio donde la vergüenza y la culpa toman una forma de capullo interno, los silencios van matando el afecto y cuando uno crece, la oruga se transforma en una mariposa negra, que habita por dentro, abrazando el corazón y entonces uno vive solo a medias. El dolor que habita ahí, por más que el cerebro busque cómo suprimirlo, entinta cada día y los colores se ven opacos. Uno no puede reír, no puede relacionarse profundo con nadie, por más que uno quiera. 

Fiodor  desarrolló una pérdida de autoestima, tenía la sensación de no valer nada y fue adquiriendo una perspectiva anormal de la sexualidad. Se volvio retraído, perdio la confianza en todos los adultos y siempre consideró el suicidio como la única manera de poder descansar de sus demonios”. 

Cerré los ojos, escuchaba sus palabras como cuchillos que abrían heridas dentro mío, cada músculo de mi cuerpo se tensó y sus palabras cubrieron mi rostro de lágrimas. Me sentí insensible, revise mis juicios sobre él, esas etiquetas que se generan con solo mirar a alguien.  Confieso que en algún momento por más que miraba lo mucho que se amaban. Él me parecía raro, me daba la impresión que ella era mucha pieza para él. Aquello del amor de ensueño, también se derrumbó, uno ve lo quiere, se hace ideas locas de lo que anhela y pierde la perspectiva. 

“A Fiodor y a mí nos unía este secreto, cuando niños uno no tiene una idea clara de lo que significa lo que está sucediendo y se mantiene oculto de la conciencia, de pronto al crecer uno se despierta, se da cuenta que aquello fue perverso y la reacción se vuelve amenazadora, cuando comienza uno a querer una vida de pareja y no puede. 

Para mi fue distinto yo lo tenía muy claro, mi padre abusó de mí cuando tenía ocho años y aunque mi abuela me protegió, sus palabras todavía me despiertan en las noches. Abro los ojos bañada en sudor, en el sopor de pesadillas escuchó su respiración agitada, mientras me agarra del cuello diciendome al oido, que no se me ocurra decírselo a nadie, que nadie me creerá, que será su palabra contra la mía. Todavía me despierto con un asco que me hace vomitar. Mi abuela me llevó con un psicólogo y me pidió que nunca hablara de esto pues me generaría mucho daño. Las personas no saben cómo recibir esta información y en el caso de querer casarme, esto podría generar un impedimento. Así que decidí no hacerlo, no tener hijos tampoco.

Para Fiodor fue distinto, su madre conformó una conspiración de silencio, un velo doloroso por miedo a que su esposo los abandonara,  creando un sentido de fidelidad oscuro. Para él, el hecho de que su madre no lo defendería era casi tan doloroso como el abuso de su padre, así que anestesiaba el dolor con vodka. Esto lo fue destruyendo poco a poco como veneno, perdiéndose en las pesadillas de un niño abusado”.

Se hizo un silencio, las palabras se me atragantaron en la garganta, quería decir tantas cosas, pero ninguna era suficiente. Odio la lastima, me revienta decir “cuánto lo siento”. Así que opté por no decir nada y solo escucharla.

“¿Sabes?Tenía asco de sí mismo, se bañaba cada vez que estábamos juntos  y se volcaba con ira hacia mi, como si en ello pudiera gritarle a quien le había hecho tanto daño.  Desde niños nos enseñan a nunca contradecir a un adulto. A ser obedientes y a respetarlos y cuando nos hacen daño, es difícil encontrar a quien nos escuche, a quien nos acune cuando duele tanto, entonces muchos volcamos el odio hacia adentro y no dejamos que nadie se nos acerque, otros repiten lo que les hicieron”.

Fue en ese momento que caí en cuenta lo que pasaba cuando no se tocaban, cuando la expresión del anhelo de querer estar juntos y no poder; se desbordaba en la lectura, en las miradas donde lograban alcanzarse en lo profundo del alma. La piel era el recuerdo, el reservorio del daño perpetrado, la impronta del sufrimiento.  Era eso lo que veíamos, un amor que abrazaba un dolor profundo, que buscaba alivio y que no podía ser expresado de otra manera.

Por DZ

Claudia Gómez

Twitter: @claudia56044195      

 

Sanar es tocar con amor las heridas que fueron perpetradas por miedo.” 

Stephen Levine

 

Las cifras sólo son números que no llevan el dolor de los delitos sexuales contra menores. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) México ocupa el primer lugar en el ámbito mundial en abuso sexual infantil con 5.4 millones de casos al año y esto son los que se denuncian.

Dicen que una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños sufre de alguna violación antes de cumplir la mayoría de edad. Sin embargo hay un silencio que aplasta en cuanto al abuso de los niños, sobre todo cuando son de sexo masculino.

La violencia y abuso sexual contra menores se ha agravado durante el auto confinamiento generado por la pandemia ocasionada por el Covid-19, según información reciente de la propia Secretaría de Gobernación que señala que en más del 60 por ciento de los casos, ha ocurrido en el hogar. 

Este es un fenómeno multifactorial que cruza las fronteras de países desarrollados y aquellos con mayor pobreza. No respeta culturas y los castigos no terminan por dar con una respuesta que realmente dé con la raíz del problema para aliviarlo.  

No hay una explicación sencilla sobre el porqué alguien abusa de un menor para tener relaciones sexuales.  Las respuestas no solo son complejas sino también son tan diferentes como las situaciones y personas involucradas.

Buscar inferir la fenomenología y entender a la otra persona no roza en los pretextos o el perdón y no se trata de convertir a la otra persona en un demonio.

Igual que crear pretextos, demonizar puede crear la ilusión de entendimiento y de tener una resolución emocional sobre lo que pasó.  Esto se revela a través de los estereotipos simplistas que acompañan al proceso de demonizar a las personas que tienen experiencias sexuales con niños, como si esto pudiera dar una solución al problema. 

Estas etiquetas expresan la rabia justificada que surge debido a lo que estas personas han hecho, pero no ofrecen ninguna explicación del porqué. Se pierde uno en los laberintos de la conducta humana buscando cómo prevenir algo que es tan viejo como la historia misma.

Las personas que abusan de niños sexualmente están  profundamente confundidas sobre lo que necesitan, por lo menos en el campo de las experiencias sexuales.  Y son extremadamente destructivas en su búsqueda por satisfacer dichas “necesidades.”   En tantos casos ellos mismos fueron víctimas, no solo de abuso sexual, si no que fueron desatendidos física y/o emocionalmente sufriendo de negligencia o de golpes y palabras asesinas, entonces el daño se vacia intoxicado, en conductas dolorosas o buscando poder sobre los demás.  

Tantas veces se da en atletas famosos, músicos, un jefe o un miembro prominente de la comunidad. Se inflaman  de admiración y elogios constantes, entonces empiezan a creer que están por encima de las reglas.

Se ha observado que para quienes tienen esta conducta,  durante períodos estresantes, como la pérdida  de un trabajo, de un matrimonio; atravesar una experiencia de bancarrota, la muerte de una pareja, de un amigo cercano o de un miembro de la familia; algo se detona por dentro que busca saciarse de esa manera, creyendo que así llenan el vacío.  

Cabe notar que el uso del alcohol y las drogas reduce la capacidad de controlar estos impulsos. Sin embargo ninguna de estas motivaciones u otras, justifican el uso o abuso sexual de un niño.

En terapia se observa como muchas veces la experiencia y entendimiento de esa persona sobre lo que pasó, tanto en aquel momento como  ahora,  son muy diferentes a quien sufrió el daño, llegando incluso a no creer que esto fue algo que causó daño. Pareciera una disociación de lo ocurrido, llevando dentro de sí las emociones y las esperanzas del niño herido, pero su vulnerabilidad y la capacidad de amar han sido suprimidas por otras personas y por ellos mismos como una “estrategia de supervivencia” que termina por dañarlos.