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Findhorn

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Yo soy de las que aprendí con la fuerza de una infancia dolorosa, fui testigo de lo que le pasaba a los otros

La sabiduría requiere una nueva orientación de la ciencia y de la tecnología hacia lo orgánico, lo amable, lo no violento, lo elegante y lo hermoso.”

Schumacher(1911 – 1977)

La tierra envía mensajes una y otra vez. Algunos pueden escucharlos porque en su búsqueda de responder las preguntas esenciales de la vida “¿quién soy?, ¿para qué estoy? y ¿hacia dónde voy?,” pasan por cientos de experiencias para responderlas, perdiéndose y encontrándose de nuevo una y otra vez.

 

Fotos: Nuestrofturo.com
Fotos: Nuestrofturo.com

 

Yo soy de las que aprendí con la fuerza de una infancia dolorosa, fui testigo de lo que le pasaba a los otros, observando cómo los ecos del movimiento hippie que tocó a la puerta de la vida de mi madre siendo yo muy niña, dejaba sus estragos en mí.

Así que, como suele suceder, muchas veces buscando cómo NO vivir de esa manera, me perdí también en la anchura sinuosa de una vida rígida, constriñéndome a normas y reglas que en su momento pensé que darían las respuesta a mis preguntas existenciales y a lo que me pasaba. Creo que en su momento me funcionó, aunque también me extravié, buscando lo opuesto de lo vivido.

Hoy mirando hacia atrás me doy cuenta que en esa búsqueda por romper paradigmas y conductas que ya no podían sostenerse, los hippies le dieron respuesta a la rigidez, a la denuncia de las guerras a una sexualidad constreñida, a una búsqueda de sistemas políticos y económicos distintos y hicieron un movimiento contracultural que impulsó la búsqueda también, hacia la reconexión con la tierra. Que por detrás de los excesos también había mucho de nutrición; que la rebeldía incluía una exploración, de un replantearse las ideas y una búsqueda sedienta hacia lo espiritual.

 

Fotos: Nuestrofturo.com
Fotos: Nuestrofturo.com

 

Pero yo, en mi absoluto rechazo, me replegué dejando en un cajón con demasiados juicios mi experiencia. Me volqué hacia lo contrario y olvidé a los hippies de los años 70 que acompañaron mi niñez cuando llegué a México.

La vida a veces nos da una oportunidad de revisar de nuevo, de poder replantearnos si en verdad nuestros juicios, si lo limitante que estos son, nos va constriñendo a una jaula donde la vida se acota a solo eso. Pero al darnos cuenta estos se pueden también romper y que se puede rescatar lo vivido con una mirada más amorosa, las cosas toman una amplitud que ensancha el corazón y se toma lo que sirve y se suelta lo que no.

Ahora puedo agradecer haber tenido la oportunidad de conocer el mundo con esa mirada, con la libertad que implica el hacerse cargo uno de uno mismo sin rechazar categóricamente. Hoy mi trabajo está entintado con aquello que aprendí y que me hace contactar con mi pasión por restaurar, suturar y remendar el entorno en el que vivo.

Una de mis hijas me habló de una aldea en Escocia, una comunidad donde sus habitantes dan cursos de cómo “crear con la naturaleza” un espacio donde viven algunos que participaron en el movimiento de los “happy hippies” de los sesenta.

Fue como un dulce en mi boca, me comenzaron a vibrar los pies, no se puede negar la cuna de donde uno viene. La curiosidad me arrastro, cerré los ojos y me lance a creer que puedo desaparecer e irme a otro lugar y de pronto me vi bordeando la costa de Moray en Escocia y haciendo eses por la ruta del whisky llegue hasta el espacio donde palpita una ecoaldea, un  proyecto colectivo que materializa visiones alternativas sobre la sostenibilidad entre sus verdes prados.

De pronto me fue tan fácil caminar entre sus casas, las de ladrillos, las rodantes y entre algunas cuantas casas construidas con enormes cubas de madera de abeto  donde se fermenta la malta antes de destilar. “Agua de vida” la llaman antes de convertirse en el famoso whisky.  Hoy hay cinco hogares hechos con forma de barril gigante, que crecen en medio del bosque y creando un espacio mágico me da la impresión de estar en el hogar de los “hobbits”. Apenas seis meses tardaron en su construcción y se yerguen con sus ventanucos de barco y sus tejados con claraboyas hacia el cielo azul. Hogares  de paredes redondas que llegaron a contener en algún momento hasta 25.000 litros de malta, que curiosamente no han dejado olor en la madera.

 

Craig Gibsone, sentado junto a su casa. C. FRESNEDA
Craig Gibsone, sentado junto a su casa. C. FRESNEDA.

Como es de esperarse la espiritualidad sobre este suelo mojado es un tema fundamental, tiene la impronta heredada de sus miembros fundadores. Todos los credos son bienvenidos. Vi una casita de techo verde donde había algunos meditando y no pude evitar entrar, sentarme en el suelo y cerrar los ojos. Inhale y exhale los recuerdos de mi infancia mientras el incienso cubría las paredes. Había olvidado como estos seres con los que crecí buscaban también contactar  con la llamada a lo espiritual, en una búsqueda de vivir con creencias que los sustentaran y no con religiones heredadas. En cuanto a mi, el ir buscando un camino que me hiciera sentirme plena, me regaló el ir encontrando maestros que me enraizaron, que me ayudaron a amoldarme hasta ser quien soy hoy. Una mezcla de hippie, bruja y también de amante de lo místico; un envase ecléctico de aquello que me sostiene.

Entré al comedor comunitario, donde se sirven los alimentos que se cosechan con el sudor de la frente. Hay un plato de alimento para todos y el agradecimiento se recibe en las sonrisas de quienes se sientan uno junto al otro mirándose a los ojos. Me llama la atención que no tienen en sus manos celulares, que el comer es también es una experiencia amorosa de compartirse y veo que en la cocina no se desperdicia nada. El sabor de los vegetales es una explosión en el paladar, acostumbrada a comer pedazos de fertilizantes, insecticidas cultivados en tierras agotadas por la agricultura comercial, olvidé el sabor de una acelga orgánica, el olor de sus verdes hojas y recuerdo que desde hace algún tiempo busco alimentarme mejor, como lo hacia en mi casa cuando se hablaba de lo dañino que era la comida llena de conservadores.

La aldea hoy tiene unos trescientos habitantes. En una entrevista hecha en 2013 a Carig Gibson un australiano de los primeros habitantes que llegaron aquí, leí como narraba su travesía por la época de la rebeldía de la Europa frenética y como vivió a fondo la explosión cultural de esos años. Recordé de pronto a los amigos de mi madre. Estos como él fueron  bailarines, actores, músicos, poetas y ceramistas. Subieron al escenario de la psicodelia y de los excesos y los que no se perdieron del todo ahí; lograron re direccionarse. Craig se enfiló hacia el norte de Inglaterra con un espíritu de colonizador en las venas. Llegó a Findhorn en 1968 donde solo había un huerto y un puñado de caravanas. Cultivaban repollos de 20 kilos y prodigiosos vegetales con los que se alimentaban y vendían el resto en los mercados locales.

Mientras leo la entrevista, me pregunto donde quedaron todos ellos, aquellos con los que compartí mi infancia, que hablaban de Carlos Marx y de Engels, que estaban convencidos que la respuestas a lo político y económico estaba en el socialismo. Conocí a los exiliados de Chile, a los sandinistas a tantos otros que llegaron a México en los setenta. Vi el rechazo de la sociedad a su comportamiento rupturista; hacia el planteamiento de cómo romper statu quo  con amor y paz. Los acompañé mientras daban un paso para exponer la rigidez de los convencionalismos, al reconectarse con el sentido de comuna cantando y fumando. Y yo como muchos otros los rechace, hasta olvidarlos.

Hoy que vuelvo a encontrármelos de otra manera, me gusta pensar que los que no desaparecieron en los excesos, están en una aldea como esta, continuando con su búsqueda, pero más tranquilos. Los vi rebelarse contra todo y contra todos, sentí su pasión, pero también vi a muchos hundirse en el mundo de las drogas cayendo en un pozo obscuro del que muchos no pudieron salir. Quisiera pensar que así como Craig algunos siguen construyendo mejores espacios, dejando huella de su experiencia. Quisiera pensar que tienen una sonrisa de una vida bien vivida.

En los sesenta Finhorn era una comunidad con una explosión de fertilidad, en un pedazo de tierra. Una muestra de la posibilidad de ver nacer la agricultura ecológica, la energía solar, la energía eólica, los tejados verdes, y la capacidad de construir máquinas que depuran el agua y que hoy se encargan de usar las aguas residuales para su consumo. La comunidad hoy cuenta con su propia moneda llamada Eko,  gestionada por Ekopia Resource Exchange, que es una especie de banco interno cooperativo. Con ello les permite realizar transacciones económicas de manera local, contribuyendo a generar y mantener la riqueza dentro de la comunidad.

Caminar por esta tierra con olor a humedad, observando la neblina ocupar las tardes, me hace testigo de  un mundo lleno de posibilidades, donde  la tierra manda mensajes cada vez más rotundos, más claros y es inevitable no escuchar que es imperante y ya no es postergable el cambiar radicalmente nuestros hábitos o la tierra lo hará por nosotros.

Con mi sweater de lana regrese a hundirme en el teclado, mientras fue inevitable escuchar “Love me two times” de los Doors, las imágenes vivas de ese tiempo que guarde también por rebelde, se me presentan más amables menos dramáticas, pero sobre todo con menos con menos juicios.

El hippismo finalmente se fue difuminando en la sociedad a la que se oponía, seguimos sumergidos en guerras sin sentido, la avaricia sigue cubriendo cada espacio de la tierra, seguimos discriminando, generando sociedades de consumo más frenéticas, la destrucción de la naturaleza ahora sin precedentes, es testigo de la anestesia de la población mundial. Por más que se les ridiculice como fumadores, inconscientes, gregarios, ingenuos y manipulables, quedó viva su filosofía en el inconsciente colectivo: como una SEMILLA, demostraron que existe una vida alternativa, que el pacifismo, el ecologismo, la simplicidad y el amor pueden ser banderas en la vida y en Findhorn se vive su legado.

 

Por DZ

Claudia Gómez

Twitter: @claudia56044195

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