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Kaspar Hauser
Kaspar Hauser. Foto: Wikicommons.

El hombre sin el lenguaje es un ser socialmente mutilado. Y, cuando hay defectos en esta cualidad, viene a ser no sólo un impedimento para el habla, sino también para la vida. Este, “moldeado” y limitado por una “lengua torpe”, piensa, obra y vive de manera diferente a los demás, incluso postrado y expuesto al ostracismo.

Si el hombre es bueno o no por naturaleza, ha sido un debate que ha cruzado la historia. Algunos filósofos y pensadores, como Rousseau (francés del siglo XVIII), han argumentado que somos inherentemente buenos en nuestro estado natural, y que la sociedad y las instituciones sociales son las que corrompen esta bondad.

Según esta mirada, la agresión, la competencia y otros comportamientos negativos, son el resultado de influencias externas. A mí me da la impresión qué el hombre como especie, es como la naturaleza en su esencia: no es ni bueno ni malo, simplemente es.

Desde una perspectiva evolutiva, el debate se abre, ya que algunos científicos argumentan que la cooperación y la empatía tienen una base biológica y evolutiva en los seres humanos. Según investigaciones de estos rubros, la cooperación y la reciprocidad pueden ser características innatas en los humanos, y pueden haber contribuido al éxito de nuestra especie.

Abraham Maslow desarrolló la idea de una jerarquía de necesidades que incluye la autorrealización, sugiriendo que los seres humanos tienen la capacidad innata de buscarla, y con ello impulsar el crecimiento personal.

Hobbes un inglés del siglo XVII afirmaba que, en el supuesto estado de naturaleza, “el hombre es un lobo para el hombre”, y que en ese estado pre civilizado lo que impera es la guerra de todos contra todos. Porque el ser humano, según esta postura, es agresivo y egoísta: si quiero una manzana y tú la tienes, yo te la voy a quitar. En ese estado natural no hay ley, ni hay límites que lo impidan. Para él, el ser humano es malo por naturaleza, de modo que para poder convivir se necesita un poder absoluto, una ley autoritaria que controle el impulso agresivo que surge de la motivación egoísta de todos los seres.

También hay quien sostiene que el instinto de la crueldad está asociado a un cromosoma llamado X, que fabrica un factor denominado MAO-A. Para el doctor Nigel Blackwood, miembro del Instituto de Psiquiatría en King College, el MAO-A no es el promotor de crimen en sí, pues también influyen las vivencias personales de especial desarraigo, sobre todo una infancia traumática; y está el doctor Kent Kiehl, neurocientífico de la Universidad de Nuevo México, que descubrió que los psicópatas tienen menor densidad neuronal en la zona cerebral donde se registran las emociones.

Yo, siendo un ciudadano de a pie común y corriente, estoy de acuerdo en que uno se convierte en un ser nutricio para el entorno dependiendo de la cultura, de la historia y de las experiencias personales. En consulta he visto que las fracturas que nos llevan a dañarnos o dañar a otros, están enraizadas en cómo atravesamos aquello que nos duele, y cómo se transforman en heridas internas que dejan una impronta emocional con la que salimos al mundo. Por eso me cuesta trabajo pensar que un recién nacido pueda tener algo de maldad en él. Que la desarrolle es distinto, y por lo que me ha tocado observar, está ligado al entorno y a las creencias culturales. Siendo una niña me preguntaba qué pasaría si a un ser humano se le privaba del contacto humano y éste sobrevivía, ¿Algunas de estas teorías podrían seguir siendo plausibles?

Tarzán y el niño de la selva ya eran parte de mi acervo literario, pero fue la imagen de Kaspar Hauser quien en 1975 me embrujó. El cineasta Werner Herzog llevó a la pantalla grande una película sobre su vida y, a partir de ahí comencé a buscar historias que tocaran esta narrativa.

Encontré muchos casos documentados de estos niños ferales o niños salvajes, que han vivido fuera de la sociedad durante un largo período de su infancia, incluyendo a aquellos que fueron confinados y han sobrevivido. También me topé con algunos que han sido considerados fraudes.

Desde luego, muchos de estos casos, rozan a pinceladas las conspiraciones que tanto nos apasionan. Estas creencias infundadas sugieren eventos importantes, o situaciones que están siendo controladas de manera secreta por un grupo de personas o entidades. Se vuelven dulces en la boca, suelen carecer de evidencia sólida y se basan en suposiciones, conjeturas, y a menudo, desinformación. Lo que es sorprendente, es que en todos los casos que he revisado, no hay indicios de maldad, son seres asustados, con dificultad para relacionarse debido a la falta de lenguaje y no se menciona que sonríen, como si esta fuera una expresión de afecto aprendida.

Con esta mirada, un documento de 1998 que habla de una prueba de ADN realizada a la ropa de Kaspar Hauser, me invitó a indagar un poco más sobre su historia. Sabiendo que mucho de lo que encontré se contradice o se desmiente, así que decantando un poco la tejo en una leyenda que cuenta más o menos así.

Un 26 de mayo de 1828, un chico de unos 16 años, caminaba por las calles de la localidad alemana de Nürenberg, vestía pantalones, corbata de seda, chaleco, chaqueta gris y un pañuelo con las iniciales “KH” bordadas. Las botas rotas, mostraban pies que habían resultado dañados durante el viaje, pero eran tan suaves como la palma de una mano. Otros relatos lo colocan en el mismo espacio, pero con la ropa hecha girones, sucio y lleno de costras. Podríamos entonces, juntar las dos y vestirlo a medias, pero no tan sucio para hacer un combo entre las dos.

Traía consigo dos cartas o una, según cuentan, y el contenido varía demasiado, así que mejor omitimos su contenido. Me gusta pensar que es verdad que no hablaba, a menos que fuera para repetir palabras y frases, como cuentan algunos. Una fuente afirma que tenía un vocabulario muy reducido, que consistía principalmente en palabras referidas a caballos. Así que vamos a quedarnos con esta idea. Al parecer, estuvo recluido en la prisión de la ciudad como vagabundo, durante los dos meses siguientes de su aparición.

Si era un niño feral, es probable que se presentara como una criatura que respondía a sus instintos más básicos, pero no se le observaba odio de ese que se transparenta en los ojos, ya que éste aparece cuando se han vivido cosas traumáticas, y se han entendido suficientemente, como para condenar, sentir resentimiento y sed de venganza. Podría ser que tampoco sintiera tristeza, pues ésta forma parte del gran cuarto de emociones, cuando se han vivido las alegrías de la infancia. Tampoco habría cabida para el olvido, pues es difícil que haya recuerdos, pero en su caso si los había.

Mientras estuvo bajo custodia, Hauser continuó desconcertando a la población. Aunque el alcalde afirmaba que estaba haciendo progresos, aparentemente le repugnaba toda comida y bebida excepto el pan y el agua. Cuando le trajeron una vela encendida, la miró con asombro y trató de agarrarla, solo para quemarse la mano. Estaba igualmente fascinado por su propio reflejo en un espejo, al que también intentó agarrar en vano.

Finalmente fue nombrado pupilo de la ciudad, y quedó bajo la custodia de Lord Stanhope, un noble británico.

Desprovisto de un idioma, y la supuesta exclusión social a la que fue sometido, no solo lo privó del habla, sino también de una serie de conceptos y raciocinios elementales, algo que hacía que, por ejemplo, fuera incapaz de diferenciar entre la realidad y los sueños durante el periodo que pasó prisionero. A cargo de Stanhope, aprendió a comunicarse eficazmente y comenzó a tejer una extraña historia sobre su crianza, que había tenido lugar en una prisión.

Según la historia, había estado en dos lugares distintos, una de sus celdas medía alrededor de seis pies de largo, tres pies de ancho y tres y medio de alto, y solo tenía una cama de paja para dormir. Afirmó que le dejaban pan y agua para comer y beber. Decía que el agua tenía un sabor amargo cuando la bebía, lo que le hacía dormir mucho.

Describió un sueño con mucho detalle, en el que se encontraba en un enorme castillo, en compañía de una mujer elegantemente vestida y un hombre todo de negro con una espada. Un profesor que había estado tratando y observando a Hauser, teorizó que esto podría haber sido un vago recuerdo de sus primeros años de vida antes de la prisión.

Finalmente, fue puesto en libertad. Contó que a las afueras de Nuremberg lo había llevado un hombre, pero no había visto su rostro, aludiendo que lo había obligado a mirar al suelo durante todo el viaje, antes de que le entregaran las famosas cartas, que no vamos a mencionar, y lo dejaran solo.

Quedó bajo el cuidado del profesor que lo estudiaba, un hombre llamado Friedrich Daumer, maestro de escuela y filósofo especulativo. Éste descubrió que el chico tenía talento para el dibujo y aprendió un poco más sobre sus antecedentes.

Con el correr de los meses, se supone que pudieron saber, que este joven había pasado toda su niñez y parte su adolescencia, encadenado y sin conocer el exterior, que desconocía prácticamente el lenguaje y cualquier vínculo social y que por ende, hasta ser recogido en la calle, no tenía prácticamente más conocimiento sobre el mundo que el de un bebé recién nacido. Algunos relatos dicen que al chico lo golpeaban brutalmente, pero otros o no lo mencionan, o lo desmienten.

Este chico fue y sigue siendo un misterio ambulante, suscitando cientos de hipótesis, y la verdad es que no se supo ni quién, ni por qué lo mantuvieron en cautiverio tantos años, cuál fue la razón para soltarlo, ni quiénes eran sus padres.

En 1829 fue encontrado en el sótano de Daumer sangrando profusamente por una herida en la cabeza. Afirmó que había reconocido la voz de su atacante, el mismo hombre que lo había llevado a Nuremberg, antes de ser apaleado por una figura encapuchada. Al parecer, esta fue una de las muchas agresiones que recibió durante un tiempo.

Su historia cautivó a toda Europa; donde corrían rumores de toda índole ¿era un conde o un príncipe robado? Mucha gente, sin embargo, pensó que era sólo un impostor que buscaba fama y fortuna. De hecho, se dice que las dos cartas con las que llegó, parecían haber sido escritas por la misma mano, y algunos argumentaron que era la letra del propio Kaspar Hauser.

El 3 de abril de 1833, irrumpió por la puerta de su casa en Ansbach agarrándose el costado, y balbuceando que un extraño lo había atraído al parque, y luego lo apuñaló en el costado. Al principio se puso en duda su historia, pero cuando Hauser intentó llevar a sus amigos de regreso al lugar del apuñalamiento, se desplomó a mitad del camino y murió a causa de su herida.

Las circunstancias y el móvil del crimen jamás fueron esclarecidos, pese a la recompensa de 10,000 gulden ofrecida por Luis I de Baviera, para quien entregara al asesino.

Al parecer el chico estuvo encarcelado en dos lugares distintos, siendo la segunda parte de su cautividad probablemente en el Palacio de Pilsach, que quedaba a tan solo 35 kilómetros de Nuremberg. En 1924 se descubrió en este lugar por azar, una habitación escondida que concordaba con la descripción que Kaspar había dado. Más tarde en 1984 se encontró ropa y un caballo de juguete que era igual al que el chico describía.

Se hizo un primer análisis de ADN que no dio positivo con nada, pero un análisis posterior realizado en 2002, sobre material genético de otra prenda guardada en el Museo de Kaspar Hauser y de la herencia de Anselm Von Feuerbach, se desmintieron las primeras pruebas realizadas en 1998, según este resultado había una gran concordancia, aunque no del 100%, con la genética de Astrid Von Medinger, una descendiente de la esposa de Carlos II de Baden; Estefanía de Beauharnais. Por tanto, se apuntó a una posibilidad bastante plausible. Según esta teoría, podría tratarse del hijo ilegítimo de Napoleón Bonaparte con la esposa de Carlos II de Baden.

Según se narra, el matrimonio no era muy feliz y la posibilidad de un encuentro de ella con Napoleón antes de la guerra con Rusia es muy probable, ya que ella era su gran admiradora. Así que Kaspar Hauser podría tratarse de un hijo ilegítimo de los dos. Las especulaciones llegan al punto de decir que existen similitudes físicas entre Napoleón y Kaspar, la misma distancia entre la nariz y el labio superior, las barbillas son similares y la frente también.

Es seguro que un hijo de este par hubiera sido poco deseado. Esta idea podría explicar porque el chico habría pasado sus primeros años en palacios según sus propios recuerdos, y tras la caída de Napoleón, se le escondió. Podría ser también, que la primera parte de su cautiverio lo haya pasado en las mazmorras cerca de Laufenburg.

Ahora hay nuevo material para escribir y hacer una nueva película, nuevas obras de teatro y literarias. A mí me ayuda a fortalecer mi idea de que, si alguien que vive en estas circunstancias, pierde mucho de lo humano que se aprende, y que es justo ese aprendizaje el que encuentra la fina línea entre nuestra gran oscuridad y la luz, por no usar palabras que me parecen trilladas como las de bueno y malo.

Por DZ

Claudia Gómez

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