Ahí, donde las llamas no te alcancen

Ahí, donde las llamas no te alcancen

Entonces cierro los ojos y me recuerdo bajando la montaña, volteando a verte y me despido como si pudieras verme

Mides quizá 15 o 20 metros de altura, el diámetro en tu ancho pecho, será quizá de un metro y medio.

Con majestuosidad te presentas casi al llegar a la cima de la Reserva Ecológica El Mirador, también conocida como “la Montaña de Don Lauro”, ubicada al sur de la ciudad de San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

Junto a pinos, encinos, una vasta flora y diversa fauna, cuidas del lugar que para muchos es sagrado. En esta zona boscosa donde compartes el espacio con cientos de tu estirpe, te yergues altanero y así te llaman Madroño, para no usar tu nombre técnico.  A las hormigas les das permiso de treparse y ahí en lo alto hay un enjambre de avispas que zumban llenando de música el entorno.

De pronto en el suelo, una de tus raíces grades nos sirven de escaño para subir. Así que nos detenemos y honramos tu espacio y agradecemos, el día se presenta brillante en nuestro camino subiendo la cuesta, mientras Galy y yo a palabras, vamos tejiendo la forma de arreglar los males que aquejan al mundo. Entonces tú corteza rojiza me llama la atención, se despega de tu tronco en láminas delgadas y tu superficie de tronco añejo me deja fascinada. Miro hacia arriba y tus hojas de forma abovedada se levantan al cielo cubriéndonos con una suave sombra, que mitiga el calor durante la subida al mirador.

Llegando a la cima, ahí donde la cornisa se impulsa majestuosa hacia el valle, se contempla una serranía que seguramente fue otra en otro tiempo y que hoy a manos de nuestra especie se dibuja dolorosa, llena de heridas infligidas por nuestra desconexión con la tierra.

Entonces abro los ojos y me doy cuenta que esto fue en marzo y que hoy estamos viviendo un mayo de esos que duelen y hundiendo los dedos en mi teclado, busco palabras y se me dificulta como plasmar la  impronta que quedó guardada en mi corazón como postal, hoy mi aflicción por lo que acontece en materia del medio ambiente, te recuerda. Observo con tristeza las imágenes que se asoman en los periódicos sobre los incendios que arden en gran parte del territorio nacional y me duelo pensando que en algunos lugares los provocan, y en tu caso tantos han acaecido para usarlos como carbón, por su dura consistencia y deseo que ahí donde estés las llamas no te alcancen.

Me pregunto que mas puedo hacer para revertir este daño que nos impulsa y se ha volteado contra nosotros como látigo fustigante cobrándose las facturas. El cambio climático hoy ocupa la agenda mas importante para nuestra supervivencia, aunque no queramos verlo. Siento un peso que oprime los hombros y de pronto brota la palabra eco-fobia que constriñe a tantos a no moverse, al mirar la fiereza de lo que se nos deja venir en apenas once años si no respondamos con presteza.

De donde se saca el impulso para saber que se puede, que quizá alguien en algún lugar lucho contra lo infranqueable y salió fructuoso y de ahí se encuentre la fuerza para hacer algo. De pronto recuerdo que una de las primeras personas que comenzó el trabajo de volverse activista ambiental fue mujer y en ella encuentro la inspiración para hacer algo más.

En 1962 Rachel Louise Carson, contribuyó a la puesta en marcha de la moderna conciencia ambiental. Su trabajo no puede explicarse si no tenia una conexión amorosa con la tierra que adquirió siendo niña en la granja en el estado de Pensilvania en Estados Unidos, donde creció. El amor por el planeta la llevo a estudiar biología marina y se transformó en una conservacionista aguerrida, que dejó su impronta sobre cientos de hojas de investigaciones, donde además de hablar sobre la exploración de la vida en los océanos desde las costas hasta las profundidades, perpetuaba una profunda denuncia sobre el daño que la especie humana estaba generándole al planeta.

Como era de esperarse, su postura no fue muy bien recibida entre aquellos sectores de la sociedad que resultaban económicamente afectados por su tenacidad para evidenciar el peligro de los agentes que se usaban para fumigar. Dedicó mucho tiempo haciendo investigaciones sobre el compuesto llamado DDT, usado  en la agricultura.

Incomodó tanto que comenzó a recibir un gran número de críticas tachándola de mentirosa y comunista, algo que en esa época era usado como herramienta coercitiva para desvirtuar a alguna persona, ya que ser rojo los volvía enemigos de  la nación. Pero ella, convencida de que su lugar en el mundo era el de no doblarse aun sintiéndose amedrentada, arremetió con todo para demostrar que el uso indiscriminado de los plaguicidas químicos sintetizados,  que comenzaron a popularizarse después de la Segunda Guerra Mundial, eran un peligro para todas las especies incluyendo la nuestra.

Buscando alianzas, se reunió con otros científicos que mostraban la misma preocupación y en conjunto idearon acciones concretas iniciando una campaña para cambiar la mentalidad de la época. Comenzó alzando su voz contra grandes y poderosas compañías que afectaban el ambiente con sus producciones.  Publicó un libro al que titulo Primavera Silenciosa (1962) donde cuestionó muchas prácticas agrícolas y las acciones del gobierno. Aunque perdió la batalla contra el cáncer dos años después, hoy su voz se alza cuando se nos indica que hemos acabado con un 75% de los insectos del planeta en algunas partes del globo terráqueo, en menos de tres décadas. El cambio climático, la pérdida de hábitats de insectos y potencialmente el uso de pesticidas, están detrás del alarmante descenso en la población de los insectos.

Con la mente en tierra chapaneca, miro las noticias que hablan al menos de unos 82 incendios forestales en 21 estados de la república Mexicana, al menos ocho están en Chiapas derrumbado en llamas las zonas boscosas, donde Madroños caen al suelo carbonizados. Entonces me pregunto donde están estos seres que como Rachel no se dan por vencidos para formar un ejercito y ponernos a luchar hombro con hombro dejando aun lado nuestras diferencias, en un combate del que depende nuestra especie.

Me recuerdo bajando la montaña tocando de nuevo tu tronco sabio Madroño, un anciano que extiende sus raíces por debajo del suelo para no caer de las alturas. El olor de tus flores de pronto invade  el cuarto donde escribo, me parece que emanan una fragancia dulce y distrae  el aire con olor a quemado que se apodera por los incendios que aquejan la gran Ciudad de México.

Entonces cierro los ojos y me recuerdo bajando la montaña, volteando a verte y me despido como si pudieras verme, deseando que estés bien ahí donde te deje una mañana de marzo, mientras hundo mis dedos en solitario a cientos de kilómetros de donde estás.

DZ

A Galy quien acompaño mis pies impulsándolos por el camino rumbo al corazón de la montaña, un marzo de 2019.

https://cnnespanol.cnn.com/2017/10/19/la-poblacion-de-insectos-se-ha-reducido-en-un-75-en-tres-decadas-dice-un-estudio/

www.animalpolitico.com/2019/05/incendios-forestales-estados-conafor/

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