Abrazos para un año especial

Abrazos para un año especial - Foto de BBC
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Y llega el fin del año y me quedo con los brazos caídos en son de nostalgia, los siento pesados al no poder usarlos como me gusta

En tu abrazo yo abrazo lo que existe,
la arena, el tiempo, el árbol

Fragmento de un Poema de Pablo Neruda Soneto VIII

 La vida y la muerte

 Quiso Dios y bajando conmovida
el alma a disfrutar humana suerte,
vino a abrazar a la materia inerte
en la remota inmensidad perdida.

De ese abrazo de amor nació la vida.
De otro abrazo de amor nace la muerte.

José Tomás de Cuéllar

Y llega el fin del año y me quedo con los brazos caídos en son de nostalgia, los siento pesados al no poder usarlos como me gusta. Soy de las que abrazan porque me nace del alma y porque en el fondo cuando abrazo me siento abrazada yo también. No me gusta esta sensación de escasez obligada, que acompaña esta navidad.

Este ha sido un año donde lo más difícil ha sido doblegarnos a un pequeño virus que no podemos ver. A mirarlo con temor y ver de frente la posibilidad de que sí somos finitos, de que no somos tan invencibles como nos han hecho creer. Nos hacía falta un baño de humildad y no a todos porque hay los que hoy viven circunstancias profundamente dolorosas. Nos ha tocado usar la creatividad como fuente de adaptación, hacerle frente a los problemas que estaban postergados, porque pareciera que de pronto sale de las cloacas todo aquello que no queríamos ver.

Como colectivo, hoy se abre una vez más la oportunidad de aprender y encarnar la experiencia de lo vivido.

Tal vez nos hace faltar renombrar los cientos de guerras, revoluciones, querellas, terremotos, ciclones, sequías, inundaciones y porque no, pandemias y enfermedades a la que la humanidad ha tenido que hacer frente hasta llegar aquí. Sin duda lo que nos ha permitido seguir pese a las adversidades desde el paleolítico, es la común unión; el estrecharnos y no soltarnos. El unirnos pese a nuestras diferencias en amorosa empatía para impulsarnos otra vez. Somos creadores de la forma en que experimentamos lo que nos pasa y nuestro crecimiento deriva de las experiencias tatuadas en la piel.

Y es desde ahí que nace un instinto afectivo que es tan básico, pero connota una potencia inimaginable.

Ceñirnos entre los brazos es un hermoso acto de cercanía, un momento donde el palpitar del corazón del otro late cerca del nuestro. Esta hermosa manifestación ha sido quizás, una de las expresiones amorosas más antiguas de la humanidad. En ello se teje un lenguaje que no necesita ser expresado a través de las palabras y activa en lo profundo el remanso de una respiración pausada cuando tanto se necesita.

Es un gesto, apretando que constriñe con fuerza o ternura para acomodar los huesos y gesta una sensación que recompone nuestras heridas; como un hilo que sutura, que remienda, cuando brota de lo más profundo.

Pensar que es algo meramente intuitivo, acota la grandeza que encierra, se manifiestan un sinfín de emociones que se transmiten de diferente manera a lo largo de nuestra vida.

Foto de AP

 

Nunca olvidaremos la sensación de sentirnos estrechados por una persona amiga, rodeados de unos brazos fuertes, de un regazo que acoge y que tantas veces marca una despedida. Difícil soltarnos cuando un abrazo envuelve ternura y está lleno de calidez. Son los que se perciben en la distancia los que nos hacen suspirar y están los que son de pareja, de amistad, de reencuentros, de cariño; los que son cortos, largos, apretados, tímidos, los que encierran la pasión de los amantes ahí cuando por un segundo se pierde uno en el otro y ya no importa nada.  Cada uno marca una impronta en nuestra memoria y nos hace sentirnos profundamente vivos.

Un abrazo es una forma de compartir alegrías, y tantas veces, consuelo en el dolor. Es poderse refugiar, sentirnos queridos, protegidos, resguardados. En ocasiones sentimos el vacío de no poder completarlos y se quedan inconclusos en algún rincón de nuestra mente.

En cada uno, se esconde un lenguaje simbólico que alberga los secretos del afecto, entonces el alma se hace cómplice del silencio y los sentimientos fluyen a borbotones. Sin darnos cuenta, un abrazo tantas veces mira de frente a la soledad y la vence por tímidos instantes.

Me parece que en verdad se necesitan muchos abrazos diarios para sobrevivir, para mantenernos y crecer. Al final nos llevamos el amor vivido, y con él, los miles de abrazos que nos hayamos atrevido a dar y a recibir.

A veces, hay algunos que nos cuestan; estos, sobre todo estos, tienen mucho de humano y pueden cambiar el sentido de protocolo, si pensamos que a veces nosotros mismos los necesitamos, aunque no los merezcamos. Esos abrazos nos engrandecen, porque nos acercan a la misericordia y a la compasión. Son abrazos difíciles, que nacen de la voluntad y se transforman en luz.

Tal vez los que más nos costaron, tengan mayor valor.  Podría ser, que estos nos acerquen un poco a la inocencia original, ahí donde nace el amor con el que fuimos creados.

Hay abrazos inolvidables, sentidos y también en su polaridad existen de los otros; los fríos, metálicos, hipócritas, los que son de traición y algunos que no debieron ser.

Sin afecto no hay sinapsis y no hay manifestación más grande que aquella que acompaña a un niño al nacer, cuando puede ser recibido por unos brazos, prolongación del corazón cálido de su madre envolviéndolo de honda humanidad.

Durante la vida hay abrazos que llevan la transmisión de un corazón que perdona incondicionalmente, sin importar lo que haya hecho y estos tienen alma de tejernos a retazos de nuevo, para continuar de otro modo.

Foto de litoralpuntocom

 

En todo el año, hay grandes excusas para darlos, pero sobre todo en el tiempo de la Navidad. Para aquellos que somos cristianos, esta época abre un espacio especial para los abrazos de extrañarnos, pues buscamos estas fechas para reunirnos, encontrarnos y estrecharnos.

Este año, se nos ha relegado a no hacerlo, se nos ha colocado en la disyuntiva de replegarnos para cuidarnos los unos a los otros del contagio y entonces duele. Duele no poder acompañarnos, y utilizar nuestras extremidades como están acostumbradas para dar y recibir tan hermosa manifestación de cariño.

Me gusta pensar que en estas fechas generación tras generación quedó en el alma como si fuera un código genético, el amor de Dios y que se manifiesta a través de aquellos brazos que nos abrieron la posibilidad de vivir.

Para los que hoy celebramos el nacimiento del niño Dios, su venida al mundo nos impulsa a ponernos de pie y nos posibilita a seguir en el camino rectificando, aprendiendo y buscando nuestro lugar para lo que sigue.

Resulta que esta vez los abrazos son fuente de contagio y es razón suficiente para no estrecharnos. Se recibe como el peor de los castigos, pero es causa de nuestra indiferencia por el planeta en el que vivimos. No podemos ignorar que somos los responsables y con ello llevamos el dolor de la sanción, al no poder estar cerca.

Así que mis abrazos están postergados, los brazos agachados en son de desconsuelo, con un halo de insuficiencia. No me queda de otra, los daré virtuales como si estuvieran exiliados, sabiendo que apenas pueda, en cada encuentro resarciré poder darlos con la escusa de recibirlos. Estrechando a cada uno como quiero que lo hagan conmigo, porque me hacen falta, completan mi necesidad de afecto, son mi refugio, se vuelven parte de mi trinchera para atravesar tiempos tan duros.

Y yo, espero el llamado para que después, cuando se pueda, llenemos de nuevo las calles de nuestros barrios, las alamedas, y salgamos a abrazarnos porque estamos hechos para evocar la esperanza y la fe en que somos mucho más que nuestras fracturas. Y también porque no, estamos hechos para llorar cuando no haya de otra y a pelear aún en forzadas y pequeñas soledades amistosas. Estaremos llamados a impulsar y reconstruir esas redes que nos permitirán tocarnos, retornar al roce, a la libertad del disfrute entre iguales.

DZ​

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