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El documento se ha popularizado intensamente desde el arribo a México de la Cuatrote. Son simplemente, y muy en el estilo del presidente Trump, órdenes ejecutivas sobre cualquier tema que preocupe al presidente. En su caso a la presidente con A de mujer. Tienen la peculiaridad de que no necesitan la aprobación de ninguno de los otros dos poderes. Se toma una decisión, se dicta un texto, se publica en el Diario Oficial de la Federación, y ya está.

En el Obradorato, su líder acudió a esos edictos con frecuencia, para evitar que los mexicanos nos enteráramos de sus barbaridades.

El mejor argumento, desde luego, es la seguridad nacional.

Los mexicanos no tenemos derecho a saber cuál fue el incremento de la deuda que el país contrajo para acicalar las obras faraónicas del sexenio del Peje. Ni cuánto costaron realmente el trenecito maya y la refinería que con dificultades produce algo más que incendios para asustar a su vecindario, que sigue esperando su traslado a viviendas dignas y, sobre todo alejadas del peligro evidente.

La última puntada de este jaez estuvo a cargo del novel canciller mexicano, dando a conocer la disposición presidencial de archivar tras siete llaves todas las constancias de correspondencia diplomática entre México y los Estados Unidos, en torno a la certeza que los primos tienen de que el gobierno mexicano está ligado en diferentes niveles e intensidades al crimen organizado.

Que tenemos un narcogobierno, vaya. El asunto se hizo explosivamente escandaloso cuando el Departamento de Justicia de los Estados Unidos dio a conocer una solicitud al gobierno de México para detener preventivamente a una serie de funcionarios de alto nivel del estado de Sinaloa, de quienes, dijo, tiene evidencia de su complicidad con el narcotráfico en Sinaloa.

La lista está encabezada por el gobernador Rubén Rocha Moya, hoy con licencia y sin que se conozca su paradero, e incluye a su secretario de Gobierno, el de Seguridad Pública y otros hasta llegar a diez. De Rocha Moya nadie sabe dónde está, excepto en Palacio Nacional.

Precisamente de ahí la protección oficial para los presuntos delincuentes, encabezados por quien fue llamado por Andrés Manuel “su hermano”, o más que eso. La presidente ha insistido que quiere pruebas, aunque en las calles de Culiacán no hay duda de la responsabilidad que tienen.

En el segundo round de este encuentro, el gobierno de Estados Unidos viene por el knock out. Con pruebas y todo. El temor a lo que puedan confesar, porque les consta, sobre quiénes de sus mandos superiores, pero muy superiores, en el gobierno de México, han sido y tal vez siguen siendo sus cómplices, ya trascendió. No era necesario que Ken Salazar, quien fue embajador de los Estados Unidos en el México de López Obrador, confiese en su libro de memorias que aparece en estos días, el miedo que tenía El Peje de lo que pudieran confesar los capos, afectando a su gobierno.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO, PORQUE AHÍ NO DEJAN ENTRAR SIN TAPABOCAS: No tarda el presidente de los Estados Unidos en tomar al gobierno mexicano de piñata. Desde la reunión de Ankara (o ¿se escribe Angora?, allá en Turquía), Trump no solo criticó a los países europeos agrupados en la OTAN por no querer obedecer su decisión de dedicar el cinco por ciento de su producto interno bruto —es decir toda la riqueza de un país— a la defensa.

Defensa quiere decir armas. Armas que hace Estados Unidos y que, con su forzada adquisición, va a proporcionar más trabajos y beneficios a ese país.

Por lo pronto, la piñata favorita es el gobierno de España, cuya cabeza, Pedro Sánchez, no pudo llevar a su esposa a la reunión, como hizo la mayoría de los otros, porque está sujeta a proceso por corrupción y no le permitió un juez salir del país.

La amenaza de Trump es escandalosa, como lo son todas. Dice que va a cortar todo nexo comercial de su país con España, incluyendo el turismo.

Sánchez, como la señora Sheinbaum, dice que hay que tomarlo con calma y paciencia.

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