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Este “Domingo de Ramos”, el obispo de Irapuato, Guanajuato, monseñor Enrique Díaz Díaz, compartió una reflexión que llamó mi atención.

Este es un fragmento:

“Alguna vez los actores (de la representación de la Pasión de Cristo) me preguntaron si no se podrían cambiar los papeles: ver a un Pilato que no se lave las manos, a un Pedro que no niegue a su amigo o a discípulos que no huyan por miedo. Hoy tenemos esa posibilidad de cambiar el guion… ¡con nuestra vida!”

Más allá de un llamado espiritual, lo dicho por monseñor Díaz encierra —quizá sin proponérselo— una provocación política y social de primer orden. Nos hemos acostumbrado tanto a la representación de nuestra propia tragedia nacional que ya nos sabemos los diálogos de memoria. En el escenario público, el reparto parece inamovible y el final, siempre predecible.

Hagamos un ejercicio de imaginación. En nuestra vida diaria los “Pilatos” abundan: personajes que, ante la injusticia o la crisis, siempre encuentran una forma de lavarse las manos y deslindarse de la responsabilidad. Lo vemos hoy con el derrame de petróleo en el Golfo de México, donde los responsables se pierden en tecnicismos y comunicados vacíos mientras el chapopote asfixia nuestras costas. Para ellos, el guion siempre dicta lo mismo: la culpa es de la fatalidad o del pasado, nunca de la negligencia presente.

También están los “Pedros”, que por conveniencia o temor niegan la verdad cuando el poder los cuestiona. Es el papel que decidió actuar el Tribunal Electoral en el caso de los famosos “sobres amarillos” de Pío López Obrador. Exonerar lo evidente no es justicia; es seguir un libreto de complicidad donde la verdad suele ser el personaje que termina crucificado.

Y si de bajezas hablamos, ahí están los senadores que, en un desplante de miseria humana, prefirieron gritarle “¡Morón!” a la viuda de Carlos Manzo en pleno salón de sesiones, en lugar de mostrar la altura que su cargo exige. Son el ejemplo perfecto de quienes eligen la estridencia para no enfrentar el peso de la realidad ni el dolor de las víctimas.

Cambiar el guion de la vida nacional en 2026 no es una utopía de domingo ni un eco de púlpito: es una urgencia ciudadana. Debemos dejar de ser extras en una obra escrita por el cinismo de quienes nos gobiernan —y de quienes ya gobernaron.

No podemos esperar a que “Pilato” deje su palangana o a que los legisladores recuperen la decencia por iluminación divina; la transformación empieza cuando el espectador se levanta del asiento y cuestiona el libreto.

El destino del país no está escrito; se construye día con día. La posibilidad de cambiar las cosas está en nuestras manos: en esas que hoy se niegan a lavarse frente a la negligencia y que se atreven a escribir una historia distinta. No somos espectadores de una tragedia ajena; somos los autores de una realidad que, por fin, merezca ser vivida.

EN EL TINTERO

La interpretación de la reflexión de monseñor Díaz es exclusivamente mía.

Aunque el SAT dice que no es política la decisión, el que quitara el carácter de donatarias a organizaciones críticas del gobierno, es bastante sospechoso.

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