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Hace no mucho, uno habría supuesto que a horas de que se votaran la ley de ingresos y el presupuesto 2016, el secretario de Hacienda y prometedor candidato del PRI a la Presidencia de la República estaría en el centro de la atención política, recibiendo apoyos y metralla a granel, explicando y defendiendo por todos lados las bondades y alcances del presupuesto base cero. No es así. Se extingue la primera mitad del sexenio y Luis Videgaray parece haber dejado de ser nota. Parece haberse perdido en el espacio.

Desde hace semanas, Videgaray ha estado al margen de la polémica y las acciones llamativas. Quizá sea su estrategia, pero en lo que va del convulso octubre, por ejemplo, acaso acompañó con unas palabras el proyecto de zonas económicas especiales, exhortó a los diputados a no aumentar impuestos, recordó que los precios de las gasolinas deberán bajar en enero, no se metió en honduras con el Acuerdo Transpacífico, pidió reflexionar sobre un necesario aumento a las aportaciones para la jubilación, habló de la educación financiera, del predespacho aduanero. Y así.

Estuvo en Perú como uno más en una reunión del FMI y el Banco Mundial, flanqueó al presidente Peña Nieto en actos de rutina, sus comparecencias en el Senado y la Cámara de Diputados pasaron inadvertidas, en fin. Nada para escribir un libro sobre el único secretario genuinamente funcional del gabinete. El estratega, organizador, operador, negociador, embajador, vocero. Y el hombre a quien algunos analistas y protagonistas siguen viendo en una posición de privilegio en las combinaciones de 2018.

Difícil. No sólo por las secuelas que el escándalo por cómo compró su casa de Malinalco tendrían en su hipotética candidatura, sino porque nada hace pensar que 2016 será un año de oro para la economía mexicana. Y si no lo es, habrán corrido otros cuatro años de crecimiento mínimo. El gobierno persistirá en tratar de ganar pequeños debates sobre las mejores cifras de empleo e ingreso, en exaltar la tasa de inflación más baja en tres generaciones. Pero la percepción de que la economía no marcha es muy fuerte. Difícil imaginar, pues, a un candidato que los opositores descalificarán no sólo como símbolo de oprobio, sino como incapaz de poner a caminar a la economía, su supuesto mole.

Es 2016 o ya no fue. Lo que venturosamente pudiera ocurrir en la economía a partir de 2017, no le serviría de gran cosa al precandidato Videgaray, el hombre que tenía la inteligencia, el poder y las reformas para marcar un punto y aparte.

MENOS DE 140. El gobierno mexicano no piensa dejarse vapulear mañana en Washing-ton en las sesiones de derechos humanos. Va bien armado.

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