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El general que llega para apoderarse de la Seguridad Pública del país, trabajó en las áreas de inteligencia durante el gobierno de Ernesto Zedillo; y ha sido diplomático militar: el cierre de pinza de los militares sobre el poder en México, es con profesionales.

Pero, sobre todo, viene de ser jefe de la Guardia Nacional, el cuerpo militar creado por el actual presidente… un presidente que, dicho por él mismo, quería eliminar el Ejército tradicional mexicano. No lo eliminó, pero creó uno propio: la Guardia Nacional.

José Luis Rodríguez Bucio, el hasta ayer jefe de ese ejercito creado por el presidente, es hoy el segundo mando de la Seguridad Pública del país, pero pronto acabará siendo el primero, porque la civil que por ahora es su jefa se irá a hacer campaña a la CDMX.

Con Rodríguez Bucio en Seguridad Pública, los militares cierran la pinza sobre el poder en México, pues durante el actual gobierno pasaron a controlar casi 200 áreas de la administración civil. Cualquier diseño de nación, tendrá que pasar por su criba.

Porque los servicios de inteligencia civiles son dirigidos por ellos, como el ex CISEN, dirigido por un militar, bajo el nuevo nombre de Centro Nacional de Inteligencia. La Guardia Nacional también sigue en manos de un general.

Son, además, la mayor empresa del Estado: su emporio Olmeca maneja 300 mil millones de pesos. Controlan fortunas en total opacidad; y construyen aeropuertos, puertos, plantas, con ganancias extra a sus 770 mil millones de Presupuesto.

Los militares manejan hasta la vida privada del Jefe del Ejecutivo y de los miembros del Gabinete según las filtraciones de Guacamaya Leaks: desde exámenes y terapias médicas, hasta la colocación de orquídeas de ornato los aposentos privados del presidente.

Guardan la información sobre el estado de salud de miembros del círculo más cerrado del presidente y de legisladores de Morena y partidos aliados: saben cuándo son atendidos, a qué procedimientos se sometieron, qué padecen y cuál es el diagnóstico.

Disciplinados, poderosos, adinerados, dados a mover los hilos en las sombras y ajenos a los reflectores, los militares le han dado estructura burocrática al inmenso poder que les regaló la autollamada “Cuarta Transformación”.

Aunque el control de los militares sobre la sociedad y el poder en México no va de la mano con la calidad para cumplir su mandato constitucional de guardar la seguridad del país. Al menos, no en los hechos, como demostró la segunda versión del Culiacanazo.

Tuvieron tres años para preparar la recaptura del capo, incluido el tiempo necesario para que Washington les diera información extra sobre el blanco. Pero en el operativo perdieron la vida 10 efectivos y 35 soldados fueron heridos.

Les falta mejorar.