Y ahora ¿qué le voy a decir a mi hijo?

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Norma Meraz¡Digamos la verdad!

Diana Laura, la mujer que lloraba la ausencia de su adorado esposo; la madre que sufría por no saber cómo decirle a su hijo que su padre Luis Donaldo Colosio había sido asesinado

“Es el día más feliz”. ¡Estoy muy bien! Mira: “no tengo ni orzuela -enseñándome las puntas de su cabello-, me acaban de dar los resultados de mi chequeo y ¡todo salió perfecto!

Eso me repetía sentada en el asiento de avión que la transportaba a Tijuana. Era el 23 de marzo de 1994 a las cinco de la tarde.

En el Lear Jet propiedad de Ricardo Canavati, ella seguía como chiquilla traviesa regodeándose por el resultado de su revisión médica que la había tenido nerviosa, inquieta y tensa.

Treinta minutos antes, había aterrizado un avión procedente de La Paz, Baja California; ahí estaba él y por última vez me preguntaría “¿ya viene la Flaca?”.

Ella, se retoca los labios con un tono rosa pálido que le combinaba muy bien con su traje color perla.

Desciende la escalerilla y declara al reportero Fernando del Monte de Televisa : “estoy feliz en Tijuana con la gente que  siempre me recibe y trata con mucho gusto; estoy segura que esta será una jornada inolvidable”.

Como había tiempo antes de reunirse con un grupo de mujeres, hicimos parada en el hotel donde se hospedarían.

Minutos más tarde, llegaría Beto Villaescuza para decirnos que, le habían dado un garrotazo a Luis Donaldo y se lo habían llevado al hospital.

Sin esperar el elevador, bajamos por las escaleras y nos enfilamos al Hospital General.

A ‘matacaballo’ bajamos del vehículo y al llegar a la puerta de entrada, escucho un grito: “¡momis!”, de inmediato me doy cuenta que era Talina Fernández que quería entrar y no la dejaban pasar.

Llegamos hasta donde estaban los quirófanos; ahí el doctor de cabecera del candidato, le informa del estado que guarda su marido .

Irrumpe en llanto y a voz en cuello dice: “¡pero esto no era así, esto no era así!“.

El día que ella auguraba tener como una “jornada inolvidable”, empezaba a escribirse en la historia política de México.

Transcurren lentos los minutos y las horas se hacen eternas.

Mientras tanto llegaba el obispo de apellido Obeso -con quien iban a cenar esa noche-, y le entrega un rosario con el que de inmediato comienza a rezar.

Llega la hora del desenlace, le avisan y se apresura a entrar al quirófano donde yace el amor de su vida.

Más tarde entramos a un cuartito con lockers y pupitres que usaban los médicos.

Hasta ahí llegaba el gemido de dolor del general Domiro García Reyes, responsable de la seguridad del candidato asesinado.

Era el 23 de marzo de 1994. Ella Diana Laura Riojas ya, en ese instante viuda de Luis Ronaldo Colosio Murrieta, candidato del PRI a la Presidencia de la República. Un día como hoy hace 24 años. Los sueños del candidato se esfumaron y hoy el país está mucho peor que el que Colosio diagnosticó con valentía y crudeza. Eso pudo haberle costado la vida: decir la verdad.

De pronto, Ella me sorprende con dos preguntas: “¿quiero donar sus  órganos?,  ¿qué hay qué hacer?” y “¿cómo se  le hace  para contratar el funeral?”.

Yo con la cabeza revuelta y esas preguntas me ponía más nerviosa.

Acudí a indagar los trámites acerca de la donación de órganos y la respuesta fue que ya no era posible por haber transcurrido mucho tiempo.

Respecto de la otra pregunta, de los funerales, simplemente le respondí que ya se estaban haciendo cargo.

Luego me pide que, le diga al general García Reyes que: “quiere la navaja y el reloj de su marido”, porque serán para su hijo Luis Donaldo.

El edificio del hospital estaba abarrotado de periodistas, fotógrafos y camarógrafos.

Pide no ser vista y salimos por el sótano con rumbo a la casa de Talina con el fin de pasar lo que quedaba de la noche, en un lugar más cómodo.

Diana no había comido pero se resistía a tomar hasta una sopa caliente.

De pronto, con un grito ahogado, decía; ”¡y ahora qué le voy a decir a mi hijo, qué le voy a decir!” Y lo repetía sin parar.

Después de muchas peticiones y súplicas, acepta recostarse y apenas permite cubrirla con una manta, pues la noche era muy fría y ella no lograba entibiar los pies, los tenía helados.

Me pide que encienda la tv; le digo ‘¿para qué quieres verla?’ y me contesta: ”quiero ver todo”.

Así se mantuvo atenta a la pantalla hasta que terminaron las transmisiones. Alrededor de las tres de la madrugada, me llama un oficial del Estado Mayor Presidencial y me entrega un celular, “le llama el presidente Carlos Salinas”. Le entrego el teléfono, ella toma aire y ordena sus ideas antes de empezar a hablar.

“Bueno”; dice con voz firme y habla con una serenidad pasmosa y luego descargó las condiciones respecto de cómo quería que fueran el traslado y las exequias.

Horas más tarde nos avisan que ya está listo el avión para salir a la Ciudad de México.

Nos enfilamos hacia el aeropuerto y coincidimos a la entrada de la plataforma con la carroza funeraria.

Fue muy doloroso el trayecto llevando en la delantera el cuerpo inerte de aquel hombre que ella amaba.

Me comentó que estaba enterada de la llegada de Manlio Fabio Beltrones pero que su suegro no había llegado con él. Más tarde, don Luis me comentaría que Manlio no quiso llevarlo.

Diana Laura no cesaba de repetir: “y ahora qué le voy a decir a mi hijo“.

Al pie de la escalerilla del avión, aguardaba Diego Valadez, procurador General de la República .

Durante el vuelo instruye a Alfonso Durazo que se comunique a México y transmita los nombres de quienes estén a recibirla y los nombres de quienes no quería ver; a Manuel Camacho Solís y José Córdova Montoya.

Ya en el hangar presidencial esperaba el presidente Carlos Salinas y su esposa Cecilia Occeli.

Luego de un breve saludo, subimos a los vehículos que nos conducirían por la avenida Hangares hasta el edificio del PRI.

Fue impresionante ver que a lo largo del recorrido había gente esperando para despedir al hombre que soñaba con cambiar a México.

Era Diana Laura, si Diana Laura, la mujer que lloraba la ausencia de su adorado esposo; la madre que sufría por no saber cómo decirle a su hijo que su padre había sido asesinado.

Quienes atestiguamos estos hechos:

¡Digamos la verdad!