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Es muy ochentero eso de presumir la supuesta fortaleza del tipo de cambio como el logro de un gobierno. Suena a que el siguiente paso sería asegurar que se defenderá al peso como un perro.

La moneda mexicana que recuerdan los nostálgicos de esos modelos económicos del pasado no se parece en nada a la divisa que hoy opera en el mundo con gran éxito y sin controles gubernamentales.

Ciertamente, el peso mexicano es capaz de reflejar cambios internos. Ahí está el inmejorable ejemplo de la depreciación por cancelar el aeropuerto de Texcoco, pero el peso es hoy un pasajero de muchos asuntos financieros globales.

Porque si atendiéramos sólo a las declaraciones del presidente Andrés Manuel López Obrador, que cuando habla de la economía siempre presume que el peso es la moneda que más se ha apreciado, como si se tratara de un triunfo de la 4T, bien podríamos reclamarle una explicación sobre qué pasó la semana pasada que tan mal le fue a la paridad cambiaria.

Porque la relación peso-dólar empezó la semana pasada en 19.05 y terminó en 19.35. Y si vemos el nivel que tenía hace menos de un mes, en 18.90, podríamos suponer, bajo la lógica de ser un espejo de la conducción del actual gobierno, que algo hicieron mal.

Pero no. No va por ahí. Ciertamente los reportes corporativos de las empresas, que dejan ver en sus resultados la mala condición de la economía, le pesan en algo al tipo de cambio. No hay duda que la constante revisión a la baja en las previsiones económicas para éste y el próximo año en México también cuentan.

Otros asuntos internos, como eso que llaman el Plan de Negocios de Pemex, también genera dudas que hacen escala en la paridad. Y la verdad, los movimientos han sido marginales, dentro de una clara estabilidad cambiaria.

Lo que ha depreciado al peso frente al dólar en estas últimas sesiones no tiene mucho que ver con la conducción del país del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, tiene que ver con factores totalmente ajenos a nuestro control.

Pero como la moda está en repartir culpas, no hace falta revivir a los viejos adversarios de la campaña presidencial del 2006. Es suficiente con voltear al ver al presidente de Estados Unidos.

Es responsabilidad de Donald Trump la guerra comercial que se ha intensificado con China para explicar que hay temor en los mercados y que la reacción es vender este tipo de activos de países emergentes. Eso le pegó al peso, sin duda.

Ya lejos del reparto de culpas. Hay que ver que la política monetaria en Estados Unidos, que se permite una baja en el costo del dinero, pero no cambia el rumbo de priorizar la estabilidad inflacionaria sobre los incentivos al crecimiento, también provocó una depreciación del peso.

Para que realmente se pudiera dar una influencia positiva en el tipo de cambio por factores internos, habría que cambiar las perspectivas de crecimiento actuales, cercanas al cero, a niveles de verdadero desarrollo, y todo con una pulcra estabilidad macroeconómica.

Hay que sacar al peso de los símbolos patrios, porque es muy sencillo sentirse frustrado con su comportamiento y puede dejar mal parado al presidente si se le vincula con una futura depreciación que sí sea importante.