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Cuando en 1995 el gobierno demócrata de Estados Unidos decidió, sin el permiso del Congreso, hacer un préstamo de emergencia para México, realmente estaba pensando en el propio bienestar de su país.

Bill Clinton tenía muy claro que si su vecino del sur entraba en una suspensión de pagos, el tamaño de la crisis económica empujaría a millones de sus ciudadanos a cruzar la frontera para buscar su supervivencia.

Sacó la chequera y emprendió uno de los rescates financieros unilaterales más grandes de la historia. Pero no lo hizo sin condiciones, lo primero que garantizó fue el pago del préstamo a través de pedir a cambio las facturas petroleras. Si el gobierno mexicano no pagaba, los recursos petroleros pasaban en automático al Tesoro estadounidense.

Además de ese seguro, Washington junto con el resto de los organismos que salieron al rescate de México tras la crisis que se desató en diciembre de 1994 impusieron condiciones muy específicas de conducta financiera para este país. Cambios estructurales, disciplina financiera, mayor regulación bancaria, en fin, controles no sólo impuestos sino monitoreados desde el exterior.

México cayó en una profunda crisis, millones cruzaron la frontera, se perdieron millones de empleos, y una generación más de mexicanos padeció los efectos permanentes en su economía personal por las malas decisiones gubernamentales.

A pesar de ello, las consecuencias de largo plazo de la disciplina fueron mucho mejores que si hubiera privado una visión populista de indisciplina, como la que de hecho provocó la crisis de principios de los 90.

Hoy el gobierno demócrata de Washington llama a Alemania a no ser tan estricta con Grecia como ellos mismos lo fueron con México. No pueden seguir estrujando a un país que está en depresión, dijo Barack Obama respecto de la situación helénica.

Washington tolera y respalda un gobierno como el de Syriza y Alexis Tsipras porque no lo tiene de vecino. Que les pregunten lo que pensaban del eventual triunfo de la opción radical de izquierda que estuvo a punto de triunfar en México.

Quizá lo que pierde de vista Washington respecto de la situación de Grecia es que los recursos que hoy tiene el gobierno de Tsipras son prestados por la troika, después de que los gobiernos helenos habían dilapidado hasta el último centavo de euro de sus propios recursos.

Y esta conjunción de la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, tuvo la misma motivación que Estados Unidos tuvo en su momento para rescatar a México: no hacerlo habría implicado un suicidio financiero para ellos mismos.

La injerencia estadounidense deber ser irritante para alemanes, o para los españoles que tanto trabajo les ha costado hacer bien las cosas, pero más allá de lo mal que pueda caer que los demócratas vean la paja ajena, es un elemento que puede contaminar más una negociación con posiciones tan radicalmente opuestas.