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Ya nadie se acuerda, pero un día hubo una guerra minúscula en Centroamérica a causa del futbol. Fue en 1969, rumbo al mundial de México, al año siguiente. Honduras y El Salvador entraron en guerra y en algunos ámbitos se denomina al conflicto “la guerra de las cien horas”; esa fue su duración. La calificación no demerita a los países involucrados, sino más bien a la esencia: toda guerra es imbécil de origen.

Desde la antigua Grecia, la competición -primero de individuos y luego de colectivos- a fin de demostrar que uno u otros eran mejores en el desempeño de cierta disciplina fuera del campo de guerra, y en su reproducción, en su forma de pancracio. Originalmente era como la lucha libre, que según Carlos Monsiváis es el verdadero teatro popular de México.

Siempre fue un objeto de la atención masiva. Muy pronto la competición en público fue entendida por el mandón como instrumento de convocatoria y -por lo mismo- validación del poder. Por eso existió el Coliseo de Roma, por ejemplo.

En México, la capacidad de seducción del espectáculo deportivo tuvo su manifestación en paralelo con la presencia de la televisión y su mancha creciente de influencia: el Cavernario Galindo, en una representación de la lucha libre, se salió del libreto y le rompió a Gori Guerrero la choya en una de las esquinas. Censura a la tele.

La Copa del Mundo del año que viene, tendrá por sede los Estados Unidos, México y Canadá,ya lo sabemos. Cualquier persona que sea interrogada sobre el mundial de 26 dirá que es Estados Unidos; lo cual es cierto. Con la inflación del número de selecciones nacionales participantes, el número de partidos de tercera clase permite se reparta como migajas, entre los parientes pobres.

Lo que los políticos voraces de aquí han sabido capitalizar. Un bote de la pelota puede ser un voto.

El primero, se debe reconocer, fue el mentiroso de Samuel García, gobernador de Nuevo León, que casó las faraónicas obras públicas que tiene años prometiendo -en transporte urbano, principalmente- con un proyecto ligado a la Copa del Mundo. A estas alturas del calendario ya reconoció que algunas de esas obras estarán listas sólo parcialmente cuando le cantemos las Golondrinas.

La señora presidente con A se subió -un poco tarde- al mismo camión y le puso su impronta: México será digna sede del deporte de las patadas porque la cuatrote feminista está aquí para quedarse.

Hace un rato, desde Palacio Nacional le dieron vuelo al atraco sensual y sexual de un pelado a la señora presidente con A, Sheinbaum. No se trató de la ineficacia de la seguridad del Estado.

Fue simplemente una cortina de humo para que se nos olvidara la violencia asesina de Michoacán y el alcalde de Uruapan.

Por lo pronto, lo lograron.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Supongamos, el verbo supositorio, que el millonario Plan de Paz y Seguridad para Michoacán -muerto el niño- sea realmente un buen camino.

¿Cuándo va a lanzar la señora presidente con A el mismo plan para Guanajuato, Guerrero, Veracruz, Puebla?

¿Que tal uno grandote, para todos nosotros?

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