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Pagar impuestos nos hace mejores ciudadanos y eso incluye exigir más.

Aristóteles Núñez, “el nuevo villano favorito”, se tituló un reportaje a principios del 2014. No hubo secuela, pero parte del estigma quedó en el aire, con un añadido. Ahora se habla del Servicio de Administración Tributaria (SAT) como Big Brother.

El edificio central de las oficinas del órgano recaudatorio es blanco y bajito. Son tres pisos, pero la sombra que proyecta es larga y negra. Las decisiones recientes del SAT generan miedo, indignación y/o incertidumbre.

El SAT ha multiplicado las acciones de fiscalización y creado un ritual de publicación de listas negras de contribuyentes. Ha implementado los convenios de intercambio de información financiera y fiscal con 51 países, para verificar las inversiones de mexicanos en el extranjero y de foráneos en México. Adicionalmente ha instrumentado una serie de medidas para aprovechar la información que se encuentra fuera de los sistemas del SAT.

¿Les asusta saber que tiene los registros de los boletos de avión de más de 50 aerolíneas que operan en México? Busque un curso de yoga y encuentre un contador: el SAT tiene acceso a sus cuentas de banco; a la información que usted o sus patrones han entregado al IMSS o el Infonavit y también la relacionada con sus compras de bienes inmuebles, joyería o arte. “Podemos mapear el comportamiento de los contribuyentes y casi anticiparlo”, me dice el jefe del SAT. El organismo de recaudación se parece menos al SAT de hace 15 años que a Amazon, Google o Facebook. El uso de la minería de datos los asemeja. La misma tecnología que impulsa el comercio electrónico hace posible una fiscalización sin precedentes.

Bajo cierta luz, estamos en una lucha sin cuartel por recursos escasos. Es un fenómeno mundial. También Brasil, Italia y España hablan del Big Brother fiscal. Son los derechos de la autoridad fiscal contra los derechos de los ciudadanos. ¿Dónde están los límites? “Todos debemos apegarnos a lo que marca la ley, la autoridad y los contribuyentes”, dice el jefe del SAT. Se siente incómodo con lo de Big Brother y, por supuesto, con lo del villano favorito. No se altera, tampoco levanta la voz. Eso llama la atención. Mantiene la calma en el ojo de la tormenta.

No habrá pausa en las tareas de fiscalización, éstas se incrementarán 25% por ciento en el 2015. La baja en el precio del petróleo mete presión para incrementar la recaudación. Por eso en el SAT no se habla de recortes de personal. Ahí crecerá un área especializada en materia energética.

La presión fiscal continuará. El jefe del SAT se compromete a informar mejor y a facilitar el pago de impuestos, pero advierte que no se relajará. En los próximos años, la recaudación está proyectada para crecer más que la economía.

La sociedad mexicana está empezando a vivir esta nueva realidad fiscal. El despertar es difícil. El debate reciente deja claro que es necesario aprender a ejercer nuestros derechos, en materia fiscal y en otros asuntos relacionados con el uso de nuestra información personal. En este contexto, es imposible perder de vista que seguimos siendo un país donde la recaudación fiscal es muy baja con respecto al PIB, menos de 15 por ciento, comparado con más de 40 por ciento en Europa y arriba de 20 por ciento de países como Argentina, Chile o Brasil.

¿Cómo conseguir que la política fiscal nos haga un mejor país? Ésa es la cuestión. Pagar impuestos nos hace mejores ciudadanos y eso incluye exigir más. Esto no es Big Brother. Puede llegar a serlo, si dejamos que ocurra.