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El presidente Peña Nieto echó mano de uno de los poderes que le quedan para tratar de contener sus daños.

Ese poder es el de nombrar y remover a los miembros de su gabinete. La remoción que hizo ayer del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, fue algo más que despedir a alguien.

Quitó a uno de los dos pilares en que se asentaba hasta hoy su Presidencia: Videgaray en Hacienda, Osorio en Gobernación.

Que la “vicepresidencia bicéfala” tenga ahora solo una cabeza, es un triunfo para el secretario de Gobernación, cuya disputa con Videgaray por la candidatura presidencial priista era la pelea estelar del sexenio. Del sexenio que habíamos visto hasta ahora.

Aquel sexenio pasó a la historia, sin embargo, precisamente porque el presidente Peña Nieto cambió uno de sus pilares. Imposible saber si dejará intacto el otro.

Sabemos en cambio lo que el nuevo secretario de Hacienda tiene por delante, según la encomienda presidencial: regresar las finanzas públicas a un superávit primario. Eso supone un corte del gasto público cercano a los 500 mil millones de pesos.

Esta es la tarea asignada al nuevo secretario de Hacienda, José Antonio Meade. La tarea correspondiente del secretario de Gobernación será contener la protesta política que producirá un recorte de ese tamaño.

Mi impresión es que se trata de un recorte imposible de hacer sin grandes turbulencias en la arena política, de por sí agitada por el horizonte de la sucesión presidencial de 2018.

El Presidente ha tenido el reflejo político de contener su caída mostrando que puede tomar decisiones de las que se le juzgaba incapaz.

El mensaje implícito en su decisión, para priistas y no priistas, es que, si pudo prescindir de Videgaray, puede prescindir de cualquiera.

Solo las decisiones siguientes de Peña Nieto mostrarán el sentido de la tomada ayer. La impresión desde fuera es que lo que el presidente Peña Nieto necesita para el tercio que le falta no es solo replantear sus finanzas, sino replantear su gobierno.

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