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Cuando en 1498 Cristóbal Colón andaba buscando el camino a la China, sin arse cuenta de que había descubierto un mundo nuevo,  don Alonso de  Ojeda seguía buscando el oro y no precisamente el moro. Un año más tarde que el genovés, Ojeda no le tuvo miedo al estrecho que le ofrecían las costas que veía al sur y se metió a lo que hoy llamamos Golfo de Maracaibo. Se encontró con algo que no era ni mar ni lago, sino una inmensa y bella laguna. En su entorno los locales habían construído sobre pilotes de madera sus casas endebles. Al originario del pinchurriento pueblo de  Torrejoncillo  del Rey, contagiado de la grandeza ilusoria de los descubridores,  se le cayó la baba y se inventó ua nueva Venecia.

Venezziola, esto es Venecia chiquita, se le quedó a esta tierra, que Ojeda domeñó al igual que todo lo que hoy conocemos como el norte del subcontinente sur nuestro. Vespucci adoptó inmediatamente el nombre.

Desde luego que las aguas del golfo de Maracaibo están lejos de ser tan pestilentes como las del Gran Canale veneciano. Y, por sus riquezas naturales aquella Venezziola acabó siendo uno de los países más ricos en reservas petrolíferas, de este lado de los árabes.

Puestos a administrar esa riqueza, que diría López Portillo, a los gobiernos venezolanos de reciente cuño se les olvidó trabajar. Antes de que Echerverría inventara Cancún, Venezuela era una economía que presagiaba el destino turístico mexicano.

Al igual que en Cancún hoy, todo lo que se consumían los venezolanos era importado. Eran tan pobres que lo único que tenían era dinero.

La economía, como a los mexicanos nos acaba de dar un zarpazo la bolsa de Tokio, no perdona ni deja para después. La llamada revolución chavista fue apartando paso a paso a la nueva versión de Cuba rebelde y -siguiendo la muestra anterior- los Estados Unidos comenzaron a cortarle el suministro que se compra con docilidad.

La consecuencia es un pueblo que no solamente está depauperado, hambriento, en crisis y con una migración de millones ciudadanos a dónde se les reciba. Sobre todo, es un país bajo una dictadura que no soporta una voz de disidencia ni una marcha de desacato.

Si no gano, dice el presunto presidente reelecto Niciolás Maduro sobre las elecciones de hace dos semanas, Venezuela entrará a un baño de sangre.

Ya entró.

Las posibilidades de un arreglo concertado con Maduro, como piensa el presidente López y otros mandatarios ingenuos, no tienen futuro. El derrocamiento de Maduro por parte de sus militares envidiosos es la única posibilidad de que se resuelva este asunto. El tiempo corre en favor de Maduro, porque nos estamos acostumbrando a que las cosas son así. Salvo que, si triunfa Trump, en un tris repique la operación “cara de piña” que llevó a la cárcel a Noriega, el de Panamá.

PARA LA MAÑANERA, (porque no me dejan entrar sin tapabocas): Si a dos semanas de distancia el presidente López no sabe quién, cómo, por qué, y a cambio de qué el Mayo Zambada está en el bote gringo y sigue repitiendo que la economía mexicana está de poca, sin saber lo que pasa en las bolsas de Oriente ni lo que realmente son las reservas del país ¿por qué no de una vez no nos ponen como la estrella 51 de la bandera de los Estaados Unidos?

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