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La nota no es tanto el debut de la División de Gendarmería para aplacar el miedo por una ola de secuestros en Valle de Bravo, sino el duro golpe que recibió en el plexo solar la cultura del “aquí no pasa nada”.

A principio de agosto comenzamos a difundir noticias que nos llegaban de primera mano de dos familias que estaban padeciendo la agonía del secuestro en Valle de Bravo. Nos dieron datos exactos sobre la forma de operar de los criminales y precisaron los lugares: las brechas en Pinal del Marquezado y Pinal de los Osorios, en los límites con el municipio de Otzoloapan.

En ambos casos, luego de pagar, recuperaron a los suyos. Nos narraron, siempre en privado, en dónde y cómo entregaron el dinero. Por la cabeza de las familias nunca pasó ir a denunciar ante las autoridades del Estado de México. Lo hicieron en el ministerio público federal.

El jueves 14, el presidente municipal de Valle de Bravo, Francisco Reynoso, nos aseguró y nos peleó que no había denuncias, que solo eran rumores. Algo por el estilo nos dijo el gobierno de Eruviel Ávila.

Cuando las evidencias de secuestro se multiplicaron, la autoridad no tuvo más que reconocer el problema. Cualquier controversia terminó de disiparse ayer con la entrada de 350 elementos de la Gendarmería. Trabajarán especialmente en la región señalada. Ojalá atiendan también el drama de los habitantes pobres de las zonas altas de Avándaro, víctimas de secuestro, extorsión, trata.

Y ojalá el próximo gobernante que recurra al “aquí no pasa nada, porque aquí no hay denuncias”, corra la suerte del señor Reynoso: la lona, el descrédito, el ridículo.