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Las casas acumulan polvo, ropa, platos sucios, juguetes tirados, libros fuera del librero, ropa doblada en el sillón, y lápices distribuidos entre la cocina, el cuarto, la sala y la mesa para poder tener con qué anotar lo que nos pide el jefe, lo que necesita mamá para comprar o lo que va haciendo falta en el refrigerador.

Todo lo que se queda estático, acumula.

Igual uno, mientras uno se queda en casa tantos días comienzan a acumularse emociones y pensamientos que debemos de aprender a encontrarles salida para no enloquecer.

Ahora imagínense todo lo que puede almacenar un niño en su interior. Según especialistas, un niño de entre 2 y 4 años puede llegar a hacerse hasta 500 preguntas al día, y si consideramos que su cotidianidad cambió, que ahora ya no ve a sus amigos, que no va a la escuela, que no puede ir al parque con los columpios de color rojo o ir por un helado, cuántas preguntas más se hará.

Tras 42 días de estar en casa, con preguntas amontonadas en esos pequeños y torbellinitos cuerpecitos y las emociones de los padres, en Madrid pudieron salir a la calle.

Aunque sonara a la libertad, en realidad se pudo salir con ciertos lineamientos y restricciones. Así que lo que llamamos “normalidad” tuvo unas ligeras adaptaciones, pero al menos, las paredes de casa dejaron de ser el único panorama a ver.

El tiempo fue de una hora y tan solo a un kilómetro de distancia de casa. Por los distintos medios, pudimos leer que hubieron niños que no supieron qué hacer, que olvidaron pedalear y por lo tanto no pudieron subirse a su triciclo, hubieron niños que corrieron, patinaron, visitaron a los abuelos desde el balcón y volvieron a ser eso, niños.

Retomo otra fotografía de Olmo Calvo quien participa en un proyecto interesante en Instagram con el nombre de @CovidPhotoDiaries.

Una imagen enmarcada por dos ojos desconocidos que miran y vigilan el andar de una pequeña, su perro y su madre. Un instante, un encuadre exacto de espera y paciencia para que este trío caminaran justo en medio del grafiti.

Cerremos los ojos, e imaginemos esa sensación de libertad, de paz, de e s p a c i o.

Hasta la mamá, que con todo y su cansancio y angustia luce sonriente al ver que su hija vuelve a descubrir las calles, los autos, la gente y quizá del otro lado de la cera a otra niña como ella.

Imaginemos que, tras seguir la orden de estar en casa, puedes salir con más certeza y aunque ahora con más reglas de distancia y convivencia, puedes incorporar nuevos paisajes de conversación a tu charla diaria.

En México pocos hemos sido los que nos hemos quedado en casa, y esas pequeñas salidas a comprar el súper o ir a la farmacia, y se han vuelto oxígeno mental para volver con nuevas ganas de jugar, trabajar, estudiar, cocinar y la interminable tarea de limpiar.

Espero con ansias, que pronto todas las mamás podamos ser como ella, como esta mujer de chamarra negra, con jeans rotos, con sus tennis y su cabello largo sin ningún tratamiento de salón de belleza, pero allí, sonriendo, caminando sin la angustia de que nos falte el aire.

Y con más ganas confío en que los niños en casa, puedan salir de nuevo a andar en bici sin descanso, que lo que hayan olvidado se quede en el pasado, y que vuelvan esas primeras veces para ellos y sus padres.

Que los perros, caminen y también se des estresen oliendo las esquinas sucias y haciendo sus necesidades donde quieran.

Que cuando salgamos, descubramos como esta niña al mundo, al vecino, a los amigos y a la gente.

Una hora para redescubrir - screen-shot-2020-05-04-at-123001
Foto: Olmo Calvo (@olmoCalvo)