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“No”, me gritó el único taxista que atendió mi señal de parada aquella tarde en el este de Islamabad, en los días previos a la guerra de Afganistán, después de que Osama bin Laden derribó las Torres Gemelas.
—¿Por qué?
—¡Fuera, fuera América! —respondió, y señaló mi gorra de los Yanquis de NY.
—Calma, me la quito.
Mohamed Eusoph, el taxista, aceptó llevarme a la sala de prensa del hotel Marriott. Hasta me aconsejó: “Amigo, no lleve eso en su cabeza. No queremos a América. Somos musulmanes”.
Total, luego un musulmán, Mohamed al-Bibi, llevaba puesta una gorra de los Yanquis cuando mató en una alcantarilla al dictador musulmán Muamar el Gadafi.
Llegué a Islamabad con mi gorra: la clásica de los Mulos de Manhattan, negra, con las letras en blanco. El logotipo que, en origen, diseñó Tiffany & Co. para una medalla de honor otorgada a John McDowell, un policía herido en servicio.
Me gustaba usarla en Islamabad. Le aportaba algo de alegría a la imagen fantasmal de sus habitantes: cubiertos con los trajes tradicionales, daban la impresión de haberse recién despertado y de arrastrar aún la cobija por el suelo.
Tengo una historia de apego con esa gorra. Me acompañó en las guerras de Asia Central y Medio Oriente, y en otros periplos. Pero se extravió en alguna de nuestras mudanzas de los años recientes. Tiene que estar en alguna caja cerrada.
Y la busco casi cada día en la legión de mis recuerdos. Dondequiera levanto una tapa, abro un cajón, registro una bolsa: no me doy por vencido. Hay cosas que todavía me resisto a sumar al universo de mis cosas perdidas.
Porque esa gorra me recuerda cuando la apuesta estaba en una libreta y un lápiz. Aún puedo leer papelitos con recados de mi madre. Pero no puedo escuchar su voz en los mensajes grabados en mini-cassettes, porque ya no hay aparatos para reproducirlos.
Esa gorra es más que una prenda: es el dazibao andante de una época en que viajaba ligero de equipaje, con más hambre de historias que certezas. Pensaba que me abría los caminos, aunque a veces me los cerraba, como en Islamabad.
Pero siempre me recordaba quién era y de dónde venía. Por eso la sigo buscando. En la foto que más le gusta a Santino de mí, aparezco con esa gorra puesta, bajo una ventisca de otoño, en el mirador del Arco de Triunfo, en París.
Uno, a veces, no busca cosas: uno busca el tiempo que se le fue dentro de las cosas. Uno no extraña los lugares donde estuvo. Extraña cómo era el mundo cuando estuvo en esos lugares.
Por eso quiero encontrar mi gorra de los Yanquis.