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El próximo domingo el Presidente de México presentará su primer Informe de gobierno y, como es costumbre, habrá todo tipo de balances sobre su gestión. Si bien el foco estará puesto en los resultados de las políticas públicas, al ser un gobierno de ruptura vale la pena ir más allá para preguntarnos si estamos ante un nuevo régimen político.

Aunque no hay un nuevo arreglo constitucional, la forma de concebir el gobierno y la política es distinta y está modificando los balances de poder en el país.

Dentro de los múltiples cambios, creo que el más evidente se refiere a las relaciones del poder público con el dinero. La influencia del capital en el Gobierno se ha desdibujado y el empresariado ha quedado a la expectativa y sin la ascendencia que tenía en el pasado.

El declive de la tecnocracia es otra señal. Para el Presidente, la política está por encima de la técnica. Así lo hace patente cuando dice que dejar la economía a los economistas es como encomendar la paz a los militares. Ello podría explicar por qué desconfía de los órganos autónomos.

La misma lógica se aprecia en sus relaciones con los sindicatos, los medios de comunicación y las jerarquías eclesiásticas, entre otros actores. Frente al viejo sindicalismo, la nueva ley laboral y el reemplazo de interlocutores. Frente a los medios tradicionales de comunicación, las “benditas redes sociales” y frente a la jerarquía católica, las Iglesias evangélicas.

Al final, todo el impulso va en la misma dirección: fortalecer al Estado ante los intereses privados. Y como este ánimo todavía no cristaliza en nuevas normas, la concentración de poder recae en el Presidente. La fuerza de su victoria electoral y el descrédito de los pactos del pasado explican la relativa facilidad con la que se ha dado este proceso.

Sería exagerado decir que tenemos un nuevo régimen político, pues hasta ahora lo que ha cambiado son las reglas no escritas del poder. Tal vez, las reformas constitucionales que lo consoliden vengan después de 2021, como el propio Presidente lo ha sugerido. En todo caso, para dar cauce institucional a una transformación de este calibre, la pluralidad en el Legislativo y la independencia del Poder Judicial serán esenciales.