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No es sólo el carisma y la habilidad para no hablar con la verdad del presidente saliente Andrés Manuel López Obrador. Él no inventó la dependencia social a los programas paternalistas y el desdén por educar bien a millones de ciudadanos de bajos recursos que han servido de clientelas políticas por varias generaciones.

Los gobiernos de este siglo, previos a la autollamada Cuarta Transformación habían sido más conscientes de la necesidad de dotar a la población de más bajos recursos de herramientas económicas, no solo dádivas, que elevaran su independencia de aquel viejo control diseñado por el PRI.

Pero esos gobernantes de inicios del Siglo XXI fueron totalmente ineptos y mediocres que, lejos de convertirse en líderes de un cambio económicos-social optaron por ser simples administradores de un sexenio que esperaron a que se consumiera y ya.

López Obrador, por el contrario, sí es un líder social, un animal político capaz de mover las aguas de las clases más bajas en la dirección que el deseara. Solo que ese líder acarreaba muchos rencores, una muy baja preparación académica y un cúmulo de pensamientos formados en los más resentidos lugares comunes.

En el moribundo modelo priista encontró la materia prima formada por generaciones: una sociedad empobrecida acostumbrada a recibir y obedecer, un sistema político diseñado en torno a la sumisión ante el Presidente en turno.

Subordinó no solo los que querían vivir de un ingreso directo del presupuesto público, sino muchos de los llamados poderes fácticos que históricamente han encontrado su modus vivendi con cargo al erario.

Los mediocres gobernantes “tecnócratas” de la hoy oposición no desarticularon ese sistema de control de caudillismo institucional. Los muy torpes no pudieron o no quisieron. Y hoy ha derivado en el régimen de una sola persona, ya sin andamiaje institucional, que nos tiene viviendo los peores 100 días de incertidumbre de la historia política reciente.

López Obrador está en la antesala de acumular el poder político del que gozan autócratas del continente como Maduro, Díaz-Canel u Ortega, pero al mismo tiempo, la Constitución vigente lo obliga a entregar el poder pronto, aunque se trate de dejar la banda a su propia candidata.

La virtual presidenta electa trabaja como si su administración fuera a diferenciarse claramente de las improvisaciones y atavismos dogmáticos del gobierno de su mentor. Parecería prometer que en México finalmente conoceríamos lo que es la izquierda.

Pero el Congreso que la habrá de acompañar se prepara para asestar golpes mortales al sistema democrático de división de poderes y de transparencia que le quedan al país.

Frente a nuestros ojos López Obrador ha desmantelado al país de instituciones, de equilibrios y de rendición de cuentas. Hoy rige la opacidad, la corrupción, la falta de Estado de derecho, hoy el crimen cobra impuestos y muy pocos lo quieren ver.

Todo queda cubierto bajo el imponente manto protector del carisma y el descomunal poder político de López Obrador.

Pero el país que ahora mismo le tramita su mayoría legislativa sólo parece compatible con su carácter, con esos rencores y sus dogmas, que no se le han notado a su sucesora.

Estos 100 días serán muy inciertos y, además, con la atención del mundo puesta en el destino democrático de México.