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Una caricatura, esa es la mejor síntesis del sexenio que acaba. No sólo por lo que nunca quiso ser Andrés Manuel López Obrador en todo su tiempo de mandato, sino por la fascinación que produce entre millones de sus feligreses de verlo como un personaje hasta ficticio, entrañable y literalmente adorable.

Acabar su presidencia como un muñequito animado podrá regresarle las glorias al personaje que perdió mercado frente a los peluches del Doctor Simi, pero no lo salvará de una evaluación histórica implacable de este momento en el que México perdió tanto en tan poco tiempo.

López Obrador prepara su futura ex presidencia con esta expresión caricaturesca de la “presentación de las mañaneras”, como si fuera el avance de la siguiente temporada de un show de comedia. Con ello, lo único que hace es faltarle el respeto a la investidura presidencial.

El primer mandatario de México no debe ser una caricatura, tiene que ser quien represente a todo un país de una forma seria, ordenada y respetuosa de la ley.

Está claro que López Obrador se habrá de dedicar durante estos 77 días que le quedan como Presidente a construirse una imagen legendaria, a preparar un clímax histriónico justo antes de que caiga el telón sexenal.

La realidad lo desmiente todo el tiempo, las cifras de delincuencia e impunidad, la imparable inflación que no se ha logrado controlar, una economía con claros signos de desaceleración, litros de gasolina en casi 27 pesos.

Hospitales sin medicinas, nada que ver con Dinamarca, campesinos sin apoyos, pero extorsionados, una refinería que no refina, un Tren Maya devastador e incompleto, el aeropuerto fantasma de Zumpango, una línea aérea con más subsidios que pasajeros y muchos, muchos abrazos a los delincuentes.

Nada de eso escapa a los que tienen la capacidad de evaluar con objetividad la peor administración sexenal en muchas décadas y menos escapa el ambiente de división social que deja sembrado por una conveniencia personal, cuando debió estar llamado a unificar a los mexicanos en torno a un proyecto nacional común.

Para su feligresía, esa que habrá de extrañarlo y que anhelaría verlo de por vida en el poder, para ellos, las caricaturas, y también para ellos los montajes de popularidad y las cifras recetadas en las mañanas que pretenden mostrar que este sexenio que acaba ha sido el más exitoso en la historia de México.

Paradójicamente, todos estos estertores del poder de López Obrador van a facilitar mucho la entrada de la figura presidencial de Claudia Sheinbaum entre los grupos más reflexivos de la sociedad mexicana, incluso entre sus opositores y detractores.

La imagen presidencial de la virtual mandataria electa invariablemente generará un alto contraste con la imagen del Presidente que se va.

Nadie puede hablar todavía de moderación o el regreso del sentido común, de un intento de hacer de un proyecto de gobierno un asunto para todos los mexicanos, sin rencores ni venganzas, pero la imagen, al menos, es otra.

Pero, al mismo tiempo, una imagen presidencial hecha y derecha va a chocar con una feligresía acostumbrada a las caricaturas y a los excesos de las mañaneras, por más que todos los días la siguiente administración se persigne en el nombre del señor López Obrador.

Los estertores del poder de AMLO van a facilitar mucho la entrada de la figura presidencial de Claudia Sheinbaum entre los grupos más reflexivos de la sociedad mexicana.