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¿Cómo habrá sido la infancia de Donald Trump? Es una pregunta que intriga a psicólogos, historiadores y hasta a los guionistas de películas de terror. Uno imagina al pequeño Donald en el patio de la escuela, mientras los demás niños jugaban a las canicas, él seguramente declaraba sanciones contra el recreo y ordenaba bombardear el arenero porque sospechaba que escondía armas de destrucción masiva.

No es fácil reconstruir aquella etapa formativa. Tal vez, cuando sus compañeros construían castillos de arena, el pequeño Trump ya practicaba su deporte favorito: derribarlos para luego anunciar que se trataba de una “operación estratégica muy exitosa”. El caso es que algo en esa infancia —algún juguete perdido, algún oso de peluche que se negó a firmar un tratado comercial— debió marcarlo profundamente. Porque lo cierto es que, ya convertido en magnate y presidente, Trump parece sentir una peculiar incomodidad ante la niñez.

Ahí está, por ejemplo, la llamada Operación Furia Épica, justificada por las supuestas ambiciones nucleares de Irán. El resultado de aquella demostración de músculo militar fue devastador: un hospital destruido y 160 niñas muertas. Ciento sesenta. Una cifra que en cualquier conciencia normal retumbaría como una alarma moral. Pero en el lenguaje de la geopolítica trumpiana esos números suelen archivarse bajo el rubro burocrático de incidentes lamentables o daños colaterales.

Pero no hace falta cruzar océanos para encontrar el peculiar “afecto” del trumpismo por la infancia. Basta con revisar lo que ha ocurrido dentro de Estados Unidos. En poco más de un año, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) ha encarcelado a casi cuatro mil niñas y niños en ciudades como Nueva York y Washington.

No hablamos de delincuentes curtidos ni de mafiosos internacionales. Hablamos de menores de 18 años, algunos detenidos en la calle, otros arrancados de sus casas o incluso de sus escuelas. Y entre ellos, para completar la escena que haría llorar hasta a Dickens, se encuentran 22 bebés. Sí, bebés. Esos peligrosos criminales de alta peligrosidad que suelen ocultar armas en los pañales

La lógica detrás de estas detenciones es tan simple como brutal: si los padres son sospechosos o indocumentados, los hijos también entran al paquete. Una especie de política migratoria que parece inspirada en la vieja idea medieval de que la culpa se hereda por vía sanguínea.

Mientras tanto, desde la Casa Blanca —o desde el escenario político que Trump convierte siempre en espectáculo— se insiste en que todo esto es parte de una estrategia para proteger la seguridad nacional. Porque nada defiende mejor a una nación poderosa que encerrar a niños.

Lo paradójico es que la primera dama, Melania Trump, encabezó una sesión del Consejo de Seguridad de la ONU dedicada a los niños atrapados en conflictos bélicos. El gesto era solemne, casi conmovedor. Discursos sobre la protección de la infancia, llamados a la conciencia internacional, preocupación por los menores víctimas de la guerra. Todo muy digno, muy diplomático, muy fotogénico. Lo único que faltó mencionar -un pequeño detalle, digamos- fue a las 160 niñas asesinadas en aquel hospital bombardeado durante la Operación Furia Épica.

Pero ya se sabe que la memoria política tiene una curiosa capacidad selectiva. Recuerda lo que conviene y olvida lo que incomoda. Así funciona muchas veces la moral en la política internacional: los niños son muy importantes siempre y cuando no aparezcan en la lista de víctimas de nuestras propias —furiosas y épicas— decisiones.

Regreso a la pregunta inicial: ¿cómo habrá sido la infancia de Donald Trump? Tal vez fue una infancia perfectamente normal. Tal vez tuvo juguetes, cumpleaños y pasteles con velitas. Quizá incluso le enseñaron las mismas lecciones que todos los niños aprenden: no se golpea a los más pequeños, no se abusa del más débil y que los niños merecen protección.

Pero algo de lo enseñado debió perderse en el camino entre el patio de recreo y el despacho presidencial.