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¿A qué época pertenece el peinado de Donald Trump? Imposible adivinar. Es más fácil decir que su política fiscal está inspirada en la de Reagan y que la propuesta comercial que enarbola está basada en el proteccionismo de los años 20 del siglo pasado.

Las políticas fiscal y comercial que impulsa Trump preocupan a algunos de los mejores economistas del mundo. Preocupan, y con razón: nunca se han utilizado estímulos fiscales masivos en una economía que está cerca del pleno empleo. Además, el referente histórico dio malas cuentas. La política fiscal de Reagan hizo crecer la economía a 3 por ciento, pero trajo enormes déficits en las finanzas públicas.

El proteccionismo que propone Trump menguará el comercio mundial y traerá menor crecimiento para todos. Abrirá la puerta a una guerra comercial con gigantes como China y Alemania y justificará agresiones comerciales a países medianos, como México. Este neoproteccionismo tiene antecedentes históricos nefastos. El proteccionismo de los 20 produjo una recesión global y contribuyó al estallamiento de la Segunda Guerra Mundial.

Habría motivos de alarma, si sólo fueran las políticas fiscal y comercial. El problema se agrava, cuando incluimos el estilo personal de Trump. Desde el 8 de noviembre, ha puesto en escena una forma de ejercer el poder donde la intimidación y las amenazas son parte de sus tareas cotidianas. El presidente utiliza el teléfono para hacer bullying. Ford, Carrier, farmacéuticas, México… Nadie quiere estar en el próximo tuit.

La presión que ejerce el presidente Trump hacia las corporaciones obliga a los CEO a tomar decisiones para responder a los requerimientos presidenciales. En el corto plazo, esto significa anuncios que sirven como estandartes para Trump, por ejemplo, el regreso de las plantas de Carrier y Ford a Estados Unidos. En el mediano y largo plazos, esto no produce más que incertidumbre.

“Trump piensa que con intimidar a ciertas empresas impulsará la producción y el empleo (…) Esta política corporativista no se había visto desde las economías fascistas de Alemania e Italia de la década de los 30”, dice el premio Nobel de Economía, Edmund Phelps, quien pronostica: “Si este pensamiento persiste, habrá más interferencia en el sector privado (…) y obstruirá las arterías de innovación y productividad de la economía”.

Cuando Edmund Phelps dice que no se había visto desde los 30, se refiere a los países desarrollados. Así funciona la Rusia de Putin. En América Latina, no es necesario ir tan atrás en las páginas de la historia. Tenemos ejemplos de interferencia presidencial en los negocios en la Venezuela actual, la Argentina de los Kirchner y en el México del presidencialismo absoluto.

La interferencia autoritaria del presidente en la vida de las empresas es nociva, porque anula los parámetros económicos o financieros en la toma de decisiones de los CEO, dice el profesor Nicholas Bloom, catedrático de Stanford, “hay miedo justificado en los CEO (…) Sienten presión para llegar a acuerdos con el Gobierno que no son transparentes ni tienen sentido para los accionistas”.

Nicholas Bloom es autor de un índice que mide la incertidumbre desde el año 1900, “desde la toma de posesión de Trump, vivimos el momento de mayor incertidumbre desde la década de los 20 del siglo pasado…” Advierte: “La incertidumbre inhibe las inversiones y propicia el desempleo”.

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