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El NAFTA es el peor acuerdo comercial que se ha firmado en cualquier parte del mundo… lo voy a derogar, dijo Donald Trump.

Así abrió el debate. No fue una frase suelta, sino la reiteración de un mensaje que ha emitido desde hace meses y ha cambiado poco. El candidato republicano afirma que el Tratado de Libre Comercio es un problema de la economía de Estados Unidos. Mencionó, otra vez, el traslado de la fábrica de Carrier a México, enfatizando los empleos perdidos en Estados Unidos. Falsamente se refirió a un impuesto de 16% que pagan las exportaciones de Estados Unidos en México. Quizá se refiere al IVA.

¿Qué hizo Hillary Clinton? Evadió el tema. Pudo haber hablado de los beneficios que el Tratado de Libre Comercio ha traído a Estados Unidos y a la región de América del Norte, pero no lo hizo. No rebatió ninguno de los argumentos de Trump, como lo hizo para marcar diferencia con el republicano en terrorismo, cuestiones raciales y política fiscal. Tampoco dijo con claridad qué piensa acerca de la relación comercial con México. Su silencio y sus evasivas en el debate no implican un cambio de línea discursiva de la señora Clinton. Son preocupantes porque dan derecho a alimentar la sospecha de que en relación al TLCAN, la abanderada demócrata coincide más con Trump de lo que nos gustaría a los mexicanos.

Estamos ante una verdad incómoda: en las relaciones económicas de México con Estados Unidos la campaña no enfrenta una posición amigable y una hostil hacia México. Son dos formas de proteccionismo que darán muchos dolores de cabeza a México. Lo cierto es que no estamos preparados para una renegociación del NAFTA ni para dejar de soñar con el desarrollo de una plataforma económica norteamericana. Y ahora, ¿Quién podrá defendernos?