Por: Daniel Zovatto
Director Regional de IDEA Internacional

No hubo sorpresa. Nayib Bukele, el joven y carismático candidato de la Gran
Alianza por la Unidad Nacional (GANA), venció cómodamente y en primera
vuelta, con el 53%, en las elecciones presidenciales salvadoreñas del pasado
domingo, caracterizadas por su absoluta normalidad y baja participación
electoral (50.02%).

Con una campaña iconoclasta, un mensaje sencillo y a ritmo de un rap: “Que
devuelvan lo robado, que devuelvan lo robado”, y un uso eficaz de las redes
sociales, sacó provecho del marcado enojo de la ciudadanía con la vieja política,
la falta de resultados de un gobierno desgastado, el desprestigio de los partidos
tradicionales que gobernaron al país durante las últimas 3 décadas (el
izquierdista y oficialista FMLN y el opositor y derechista ARENA), los graves
escándalos de corrupción y los altos niveles de inseguridad.

Similar a otros procesos recientes en América latina (México y Brasil entre
otros), este caldo de cultivo facilitó la irrupción de un candidato con un discurso
anti-establishment, quien apoyado en su carisma y juventud (37 años), su
trayectoria como exalcalde de San Salvador (2015-2018), su experiencia como
publicista y un uso inteligente e intensivo de las redes sociales enterró el
bipartidismo que estaba vigente desde 1992.

Sin embargo, y pese a este contundente triunfo (logró más votos que los de
ARENA y del FMLN juntos) Bukele enfrentará importantes desafíos entre ellos,
cumplir con las grandes expectativas generadas durante la campaña, formar un
buen equipo de gobierno y, sobre todo, construir gobernabilidad mediante
acuerdos, debido al débil respaldo que tiene en la Asamblea Legislativa, la cual
fue electa el año pasado y en la que prevalecen las bancadas de los partidos de
oposición.

La próxima elección legislativa tendrá lugar recién en 2021.
En el plano regional, esta elección marca el inicio de la maratón electoral 2019
compuesta de seis elecciones presidenciales: El Salvador; Panamá en mayo;
Guatemala en junio; y Argentina, Uruguay y Bolivia en octubre.

El triunfo de Bukele en primera vuelta rompe con la tendencia de los
competitivos balotajes que definieron las elecciones de Ecuador, Chile, Costa
Rica, Colombia y Brasil; países en los cuales fue necesario ir a una segunda vuelta
para elegir al presidente.

Este resultado representa, asimismo, una nueva y significativa derrota de la
izquierda en la región, que debilita aún más al ALBA y que provocará
importantes cambios en la política exterior salvadoreña con los regímenes
autoritarios de Ortega (a quien Bukele equiparó con Somoza) y de Maduro (a
quien llamó dictador) en un momento en que ambos atraviesan por graves crisis
de legitimidad y un creciente aislamiento internacional. Tampoco debemos descartar el impacto que esta elección pueda tener en los comicios de Guatemala
y Panamá, así como en la lucha contra la corrupción dentro del ámbito centro
americano. Cabe recordar que Bukele ha propuesto establecer una comisión
internacional de lucha contra la corrupción similar a la Cicig de Guatemala.

Resumiendo: el mensaje central que emerge de esta elección es: “fuera lo viejo,
bienvenido lo nuevo”. Pero para dar cumplimiento a este mandato Bukele deberá
resolver una paradoja: la de un presidente que llega al poder gracias a un
discurso anti-sistema, en contra de la vieja política y los partidos tradicionales,
pero que necesitará para poder gobernar, llegar a acuerdos con esos mismos
partidos a los que descalificó, agravió y derrotó, debido a que éstos son los que
tienen, al menos hasta 2021, el control de la Asamblea Legislativa. Tamaño
desafío.