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La visita del presidente Hollande y la presión diplomática que ejerce el papa Francisco son fundamentales.

Basta con la imagen del presidente de Francia rindiendo pleitesía a Fidel Castro y saliendo del encuentro con el discurso de la urgencia de terminar con el embargo comercial de Estados Unidos a la isla para entender que la Revolución Cubana ha triunfado.

François Hollande se cuelga de las barbas del viejo dictador para ganarse un poco de la gracia perdida por su mala conducción como presidente galo, y usa el golpe a Washington de exigir el fin del embargo económico para cubrir su imposibilidad de hablar de su propio embargo a Cuba tras la suspensión del pago de la deuda cubana a su país.

Francia, como el resto de Europa y del mundo, intuye que el final del embargo estadounidense a la isla está tan cerca como la visita de Obama a La Habana o el puente de 90 millas que sigue construyendo el jerarca de la iglesia católica.

La presión diplomática que ejercen figuras como el papa Francisco puede ser más que suficiente como para que el Congreso estadounidense acceda a terminar con el embargo. Porque si bien está dominado por los republicanos, también es un hecho que hay la certeza de que no ha servido para nada.

Desde una visión pragmática sajona del costo de oportunidad, no es difícil ver que vale la pena el intercambio del indulto histórico de la Revolución Cubana por el territorio virgen de las inversiones en Cuba.

No hay duda pues que en esta larga carrera de resistencia al final triunfó el cerrado círculo gerontocrático encabezado por los hermanos Fidel y Raúl Castro. Vivieron como quisieron y ahora se compran un buen lugar para la historia.

Los cubanos son las verdaderas víctimas de este eterno juego de vencidas. Cada generación se pauperiza y no tienen la libre opción de poderse quejar de la falacia del viejo cuento de que son pobres pero con acceso a la educación y a la salud como nadie.

La visita del presidente francés deja un mensaje de enorme trascendencia en el futuro económico de la isla. Puede ser que los galos le hayan comido el mandado al resto de los europeos en el acercamiento con Cuba, pero no hay duda que tras el aval de Washington, lo que sigue es un efecto dominó de coqueteos diplomáticos para un territorio tan económicamente atractivo como lo es esta isla caribeña.

Lo que no puede ocurrir es que a México lo marginen de la nueva realidad cubana que viene. Porque quitando la plausible congruencia de Zedillo y Fox de no tratar con el dictador, el resto de los gobernantes la han llevado bien con los Castro.

Desde el gobierno federal mexicano el discurso es que todo está muy bien, que tenemos tal cercanía que no hay manera de menguar la relación bilateral.

Es cierto que México ha creído en Cuba, ha invertido y ha mantenido una relación a pesar de Washington. Pero eso hoy y sobre todo en el futuro será parte de la historia como lo es bahía de Cochinos.

Porque el lenguaje posrevolucionario de la Cuba que viene será el idioma de los negocios, donde la historia pesa menos que los buenos vendedores.