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Es temprano para determinar qué tanto de desesperación y qué tanto de estrategia hay en el anuncio de Miguel Ángel Mancera de pasar al pizarrón a los integrantes de su gabinete.

Algo de falso debe haber en el anuncio, ya que resulta inimaginable que el jefe de Gobierno del DF considere despedir a secretarios excepcionales, como Armando Ahued, Patricia Mercado o Salomón Chertorivski. O que la exigencia de presentar la renuncia incluya al coordinador de Asuntos Internacionales, Cuauhtémoc Cárdenas. O que Mancera tenga una mejor carta en la Procuraduría de Justicia que Rodolfo Ríos, o en el Sistema de Aguas que Ramón Aguirre.

Más que para deshacerse de funcionarios ineptos o corruptos, la maniobra parece la vía menos costosa para hacer tres, cuatro ajustes: Héctor Serrano, Rosa Icela Rodríguez, Joel Ortega, quizá el secretario de Movilidad, Rufino León.

Mancera preferiría mantener a un hombre eficaz y leal como el secretario de Gobierno Serrano, pero sabe que es insostenible. Morena lo acusa de haber hecho trampas a favor del PRD y el PRD lo condena por no haber hecho las trampas suficientes. Lo mismo ocurre con la secretaria de Desarrollo Social Rodríguez: unos la acusan porque ganó; otros, porque perdió. Serían fichas descalabradas en el transformado tablero capitalino. No se irán como pago a dos partidos voraces. Se van como parte de una renovación del gabinete.

Lo de Joel Ortega es muy complicado. Mancera necesita con urgencia un director del Metro menos desgastado y menos beligerante, que se entienda con el sindicato y no traiga una losa en la espalda; un político de conciliación concentrado en resolver el problema y no en repartir culpas. Sin embargo, no puede relevarlo sin arreglar el asunto de la Línea 12. Traer a un nuevo director en esta circunstancia sería quemar una carta en balde.

Por lo demás, Mancera podría repasar la segunda mitad del gobierno de Marcelo Ebrard y tranquilizarse. En 2009, después de las elecciones intermedias, tenía mala imagen. Estaban frescos el episodio del News Divine, las historias de Fernando Martí y Silvia Vargas, el trastorno de la influenza. Pero con dos movimientos acertadísimos (llevar al propio Mancera a la Procuraduría y a Manuel Mondragón a la policía), cierta mejoría administrativa, un cambio en la percepción de seguridad, un discurso consistente y comunicación precisa, Ebrard se ganó la fama de gobernante preocupado y eficaz, recuperó popularidad y se quedó a un paso de una candidatura presidencial que pudo haber sido suya.

Esa es la partitura: seguridad, eficacia, orden, proximidad, éxito en objetivos de gran simbolismo, consistencia discursiva. Gobernar bien, pues; comunicar bien. Mancera tiene tiempo para una buena segunda mitad. Con Morena, el PRD, la ALDF, Xóchitl Gálvez, el PRI. Con quien sea.

MENOS DE 140. Desistirse en el caso Mireles era lo correcto y lo decente, procuradora Arely. La decisión de la PGR fue correcta, decente.

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