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José Antonio Díaz me pide “ofrezcas una disculpa y recules en el uso del término tijuanización…”, empleado  en mi texto del viernes acerca de la fallida propuesta de despenalizar la mariguana en Baja California Sur y Quintana Roo dizque para atraer visitantes y disminuir la narcoviolencia.

“Tijuana no se lo merece”, dice.

Como él (“no escribo para debatir tu contra-provocación”), otros lectores recriminan el uso del término, por más que yo lo apliqué a la época en que esa ciudad cobró mala fama por ser atractiva para centenares de miles de jóvenes estadunidenses que en su país deben tener cumplidos 21 años para comprar, consumir alcohol y entrar a los bares, mientras acá bastan 18.

“Sin abundar con ejemplos de antros en otras ciudades de la República ni soslayar los bares y prostíbulos de Tijuana, te pido corrijas un error de ocurrencia”, solicita José Antonio.

Celebro su inquietud porque la pujante ciudad multicultural es desde hace ya decenios una de las que admiro y aprecio, pero no deseo para cualquier otra la pésima (y en buena medida mítica) reputación que llegó a tener la gran Tijuana.

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