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Estados Unidos se acaba de convertir en el mayor productor del mundo; en gas natural lo es desde hace tres años.

Estados Unidos producía 5 millones de barriles de petróleo crudo en el 2008. Desde entonces ha sido el país que más ha incrementado su producción, gracias al desarrollo de los campos de shale en Texas y Dakota del Norte. En el 2014 rebasó a Rusia y a Arabia Saudita para convertirse en el mayor productor del planeta. Esto no es un hecho aislado: alcanzó el liderazgo mundial en gas natural hace tres años. En la producción de derivados es número uno mundial desde el 2013.

Si el Estado de Texas fuera un país, sería uno de los 10 mayores productores del mundo. Los tres millones de barriles diarios que produce el estado de la estrella solitaria son 25% mayores que la producción total de México.

Estados Unidos cada vez tiene más músculo en el mercado mundial de energías “tradicionales”. Los efectos del empoderamiento energético del Tío Sam son enormes. Le permiten reducir su dependencia de los combustibles importados y le dan acceso a los costos energéticos más bajos del mundo. Esto abre la puerta a un proceso de reindustrialización de Estados Unidos, que en los próximos años cambiará el mapa mundial de la producción industrial.

México es uno de los países que más sentirán el impacto de esta transformación. No sólo por la integración económica de América del Norte, sino por la intensa correlación que se da entre los mercados energéticos binacionales: Estados Unidos es el principal comprador de petróleo mexicano. El mayor abastecedor de productos petrolíferos para México.

Ya estamos viendo los primeros cuadros de esta nueva película en la balanza energética. Están cayendo nuestras ventas de petróleo a Estados Unidos, mientras crecen las compras de gas y derivados petrolíferos, en particular gasolina y diésel. En diciembre del 2008, México compró 9.5 millones de barriles de derivados de petróleo a Estados Unidos. En diciembre del 2013 esa cifra llegó a 22.4 millones de barriles.

La reforma energética no sólo traerá inversiones para explotar los enormes recursos petrolíferos que están en territorio mexicano. También generará las condiciones para intensificar esta corriente creciente de importaciones provenientes de Estados Unidos. No es casual que, al norte del Río Bravo, uno de los debates más importantes en materia de política energética sea el relacionado con la necesidad de poner fin a la prohibición de exportar petróleo crudo. Las nuevas condiciones le permitirían relajar un poco su obsesión por la seguridad energética, y al mismo tiempo podrían aprovechar los enormes márgenes que ofrece la venta del crudo. Contrario a lo que uno podría imaginar, es mucho mejor negocio vender petróleo sin procesar que entrar en el negocio de los refinados.

La nueva situación fortalece el poder de negociación de Estados Unidos frente a México. La mayor economía del planeta tiene mercados de capital más eficientes para promover la inversión energética y más infraestructura para mover su producción (Texas tiene 20 veces más kilómetros de oleoductos que México). También cuenta con más recursos energéticos. Cada vez necesita menos la producción de México. Éste es un factor a tomar en cuenta para entender algunos de los posibles desenlaces de la reforma energética.