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Después de tocar un mínimo histórico de 0.54% en julio del 2020, la tasa que paga el bono del Tesoro de Estados Unidos a 10 años ha presentado un alza sostenida que se ha acelerado en las últimas semanas. El mínimo histórico de julio del año pasado se dio en medio de un ambiente deflacionario, provocado por la parálisis de actividades decretada para contener la pandemia, y el anuncio de medidas extraordinarias de política monetaria para combatir la crisis económica.

Dentro de las medidas de política monetaria implementadas por la Fed destacan tres elementos: I) la reducción de la tasa de referencia a cero; II) la decisión de inyectar liquidez a los mercados de manera ilimitada a través de la compra de bonos del Tesoro y bonos hipotecarios; y III) la decisión de privilegiar el objetivo de pleno empleo sobre el de mantener la inflación por debajo de un rango objetivo. Los primeros dos factores, aunados al entorno deflacionario antes mencionado, contribuyeron a que la tasa del bono a 10 años bajara de 1.59 a 0.54% entre el 10 de febrero y el 27 de julio del año pasado.

La parte más pronunciada de la caída se dio a partir de finales de marzo cuando las autoridades financieras de Estados Unidos comenzaron a responder de manera decisiva a la crisis sanitaria y económica con medidas de estímulo fiscal y monetario inéditas. Las medidas contribuyeron a un incremento masivo de la base monetaria para financiar el creciente déficit público.

Entre finales de marzo y mediados de abril la Fed inyectó más de un billón de dólares al mercado mediante la compra de bonos del Tesoro. A partir de abril, la Fed ha comprado aproximadamente 80,000 millones de dólares al mes de bonos del Tesoro de diferentes plazos.

Sin embargo, a partir de finales de agosto que la Fed comunicó al mercado la decisión de tolerar un nivel de inflación por arriba de su objetivo durante un tiempo considerable para asegurar el objetivo de pleno empleo, las tasas de los bonos de largo plazo comenzaron un alza importante.

El anuncio de la Fed no fue el único factor que marcó el inicio de periodo de alza en las tasas de largo plazo ya que la vigorosa reactivación económica observada en el verano también jugó un papel importante. Aunque la tasa del bono a 10 años pasó de 0.54% en julio a 0.97% el 30 de noviembre del año pasado, el cierre parcial de actividades durante diciembre contribuyó a que la tasa bajara a 0.91% para finales de ese mes.

No obstante, desde el comienzo de este año la tasa no ha dejado de subir, alcanzando un máximo post-pandemia de 1.4% al cierre de ayer. Este nivel es similar al que se tenía a principios de febrero del 2020, antes de que el SARS-CoV-2 se convirtiera en pandemia.

El alza reciente está principalmente vinculada a la expectativa de una aceleración en la recuperación económica en forma de “V” en Estados Unidos. Dicha expectativa está a su vez anclada en la aceleración del plan de vacunación y la aprobación del nuevo paquete de estímulo fiscal de 1.9 billones de dólares. Aunque la tasa de largo plazo se encuentra lejos del máximo de los últimos 10 años de 3.15% alcanzado en octubre del 2018, el mercado parece estar apostando a que la combinación de estímulos fiscales y vacunación eficaz, en conjunto con una Fed más permisiva con su objetivo de inflación, se traducirá en presiones inflacionarias que la llevarán a niveles de 2.5 a 3% (superior al objetivo de 2% y por arriba de la inflación promedio de los últimos 10 años de 1.75 por ciento).

Una continua alza en las tasas de largo plazo podría tener consecuencias negativas para la recuperación económica y para los mercados, neutralizando parte del estímulo monetario implementado por la Fed.

La Fed está consciente de esta situación, por lo que podría modificar su plan de inyecciones de liquidez para adquirir más bonos del Tesoro en la parte larga de la curva, poniéndole techo, o por lo menos moderando la trayectoria de alza, a las tasas de los bonos del Tesoro a largo plazo.