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Es muy fácil comprender que el futbol sea el más popular deporte en el mundo. Su práctica requiere de mínimos recursos. De hecho, solamente la pelota y los jugadores. Ni redes, tableros, canastas, raquetas, cascos, caretas, albercas, guantes, bates o sables.

Se juega en los lugares más humildes: en las favelas de Río, los barrios pobres de México, cualquier parque de Alemania o Inglaterra, las Coreas o Rusia, y más recientemente en las escuelas secundarias de los Estados Unidos. En los llanos o en las poco frecuentadas calles de todo el mundo, se colocan dos piedras (eventualmente dos chaquetas de los jugadores) para marcar cada una de las porterías y a jugar.

Los mercaderes del deporte entendieron desde 1970 la trascendencia realmente universal del deporte de las patadas. Y su potencial generador de enormes ganancias. De ahí también que la FIFA, autoridad mundial de esa disciplina, haya sido sede de escándalos de corrupción. De los que no escapará el actual mandamás Gianni Infantino, que fue a entregarle a Donald Trump un inventado premio FIFA de la Paz, que tanto anhelaba.

Este año se celebra, como cada cuatro por ahora, la Copa del Mundo. Nuevamente se va a realizar en América del Norte: Estados Unidos, Canadá y México. Para Estados Unidos será su segunda copa; para México, la tercera. Es muy diferente de las anteriores por la codicia evidente, que ha convertido el deporte de los jodidos en un espectáculo caro para disfrute de los ricos. Para comenzar, se amplía el número de países participantes en la etapa final, con lo que exponencialmente crece el número de eventos generadores de ingresos. Está bien, hay más juegos.

Sin embargo, los precios anunciados por la FIFA en su oportunidad son estratosféricos. De salida, lo que se llama face price, o lo que dice el boleto que cuesta, se disparó para los mejores asientos de los mejores partidos a las decenas de miles de dólares; con el cuento de que la entrada incluye —en ciertas categorías VIP— acceso a alimentos y bebidas que la raza de bronce estaba acostumbrada a pedir en el Azteca, al cervecero. El precio real siempre se incrementa por la reventa.

A ese panal de rica miel acudieron muchas moscas. Las aerolíneas que vuelan a las ciudades sedes, para empezar. Los hoteles y prestadores de servicios turísticos, para seguir. Luego, los aeropuertos que le quieren sacar rajada al TUA en la temporada. Finalmente, los gobiernos, como el del mentiroso charlatán Samuel García en Monterrey, que con el pretexto del Mundial ha emprendido obras de relumbrón que de ninguna manera va a terminar.

Nunca pensé que me vería en la situación de pedir tarjeta roja para el futbol. Pero es que las faltas acumuladas, sin tarjeta amarilla de ningún lado, son muchas.

PARA LA MAÑANERA (Porque no me dejan entrar sin tapabocas): Con la entrega de los Golden Globes a lo que consideran lo mejor de la producción audiovisual en Beverly Hills, ha comenzado la serie de premiaciones al espectáculo, que no son más que trucos de mercadotecnia de las casas productoras para reavivar el interés en sus productos y sacarle un poco más a la taquilla. O, en el tiempo actual de las plataformas, a las suscripciones de clientes.

De aquí en adelante vendrán los Goya, que son españolamente locales, así como los BAFTA, que son la versión inglesa de los Óscar, y luego la entrega de estos mismos tan vituperados premios. Es que se les ve el sospechoso lodo en las botas.

De todas maneras, la premiación al espectáculo resulta un espectáculo en sí mismo, con las nominaciones, las especulaciones, la alfombra roja y un par de desafortunados conductores que suelen regarla en la ceremonia final.

En esta época de tan abundantes malas y amenazantes noticias, reconforta —yo diría distrae— la posibilidad de que alguno de nuestros paisanos reciba consideraciones y reconocimientos internacionales. Aun si, como en el caso más reciente de Miss Universo, resulten detonadores de cosas más serias.

Para mi gusto, Guillermo del Toro va a resultar ganador en los premios Óscar. Su película Frankenstein, además de constituir una mirada fresca a un mito viejo, es a mi juicio una obra maestra. Su libreto, dirección, cinematografía, vestuario y actuaciones merecen varios premios. Digo.